Eran las seis de la tarde y desde el trece de marzo, no
había salido de casa. Hoy hablo en primera persona. He llevado el confinamiento
al pie de la letra, he intentado aprovechar el tiempo al máximo, he vivido en
familia, me he dedicado a estudiar, escribir, hablar, compartir muchos ratos
con personas que necesitaban conversar, haciendo posible que los días pasaran con
la mayor vehemencia posible.
Como diría Alaska en sus mejores momentos, alguien podrá
pensar: “¿A quién le importa lo que yo haga? ¿A quién le importa lo que yo
diga? Y efectivamente así es, pero la canción nos sigue advirtiendo: “Yo
soy así, y así seguiré, nunca cambiare ” y al
pasear en este primer contacto con mi Casinos, con NUESTRO CASINOS, me he encontrado
con la cruda realidad, que me transportó a la mente otra estrofa de una canción
de Alaska y Dinarama: “¿Cómo pudiste hacerme eso a mí?” y la canción
lo narra: “La calle desierta, la noche ideal. Un coche sin luces no pudo
esquivar. Un golpe certero y todo terminó entre ellos de repente.” Me
quedo con la primera frase, la calle desierta, el pueblo desierto apenas casi nadie por las calles y todos atendiendo las
medidas de seguridad. Somos un pueblo obediente.
Pero el camino que une el respeto con la prosperidad, ofrece
aspectos que a mi entender han de ser tenidos en cuenta. Vuelvo al Casinos de
1970, cuando el periódico las Provincias publicaba en julio de ese año una
página dedicada a Casinos escrita por Mª Ángeles Arazo, que ensalzaba así a Casinos:
“La entrada al pueblo, discurre entre escaparates de bolsitas de
peladillas; se huele a dulce, a <coques ensaxinaes> recién cocidas con la
sabia medida del azúcar, la canela y la manteca de cerdo. Aunque es de noche,
reina animación en las calles y de un modo especial en el casinos, que hoy citó
a los músicos para el ensayo de las 11 ”
Hoy cincuenta años después, el día dos de mayo, la carretera
desierta, ni un solo coche, las casas de dulces cerradas, sin olor a coques
ensaxianes, no reinaba ninguna animación por ningún sitio, y con esa mezcla
agri-dulce de un de todo sin luces y todo encerrado, como lo expresa la canción
“de repente.” De repente, todo se paró.
Creo que ese Casinos, no lo queremos nadie, pienso que es el
momento de reinventarnos, creo que tal como vayan avanzando las fases para
volver a la vida normal, hay que replantarnos el presente y fortalecer el
futuro. Nunca fue buena la resignación: ni ante una muerte es bueno resignarse.
Nunca hay que tirar la toalla, siempre tenemos la opción del paso al frente, si
hay marchar hacia atrás que sea para coger impulso y seguir adelante.
Igual que cuando llega agosto decimos ante las fiestas
patronales, ¡Es tu hora Casinos! Y lo damos todo, en estos momentos que tenemos
que son el inicio, el volver a despertar, también es la hora de darlo todo. En
muchos comentarios, escritos, normas, he leído la aterradora expresión del 30%,
pero yo pienso que a esa cifra hay que añadirle un cero más y actuar, ¡es la
hora de dar el 300 por cien!
Hemos de ser incisivos, elocuentes, pasar del pensar al
actuar, porque un Casinos en blanco y negro, es un Casinos triste. El futuro,
las generaciones que vienen, necesitan un Casinos en color, ya sabemos que las
cifras del PIB son malas, ya sabemos que no hay un dato bueno, ya sabemos casi
todo lo que nos dicen, los malos mensajes que recibimos, pero la voluntad es
más fuerte que todo eso.
Casinos es un pueblo trabajador, próspero, luchador, noble,
un pueblo que supo nacer rodeado de gigantes, y que se ha consolidado como un
referente, tenemos potencial, tenemos historia, tenemos un nombre que nos lo
hemos ganado a pulso, es el momento de hacerlo valer y es el momento de volver
a plantearnos como vamos a seguir adelante, eso solo lo podemos hacer luchando
para ser nosotros los que lo hagamos posible dando el trescientos por ciento,
porque es la única fórmula para prosperar.
La hidalguía de los pueblos se mide por la tenacidad de sus
habitantes, todas y todos queremos salir de esta, que no nos duelan prendas
para no caer en la tristeza, que toda nuestra energía sea para que Casinos,
vuelva a ser el centro de todas las miradas con la fuerza de la prosperidad.
Estoy seguro, que lo vamos a conseguir, porque la esperanza es la primera razón
para darlo todo.
La Caixa Rural de Almassora acordó suspender los
tradicionales actos que cada año organiza durante estos días en honor a San
José Obrero, que congregaban a numerosos vecinos, a causa de la crisis
sanitaria del coronavirus.
Habrá que esperar al próximo ejercicio para poder disfrutar
de eventos como las competiciones de cros escolar o las exposiciones. Ahora
bien, la organización estudia una nueva fecha para el reparto de regalos que
realizan a los niños y en el que participan más de un millar de personas.
Mientras, la directora de la entidad, Mariàn Llop, explica
que destinarán la consignación económica prevista a otros fines, como la compra
de 15.000 mascarillas, que repartirán este mes. «Vamos a invertir de otra
manera el dinero para que revierta igualmente en el bien de Almassora», señala
al respecto Llop.
Por otra parte, en l’Alcora se han visto obligados a
suspender el programa previsto por la Caixa Rural. En él figuraba el homenaje a
JOSÉ MANUEL PUCHOL, CRONISTA OFICIAL DE
LA LOCALIDAD, así como la actuación de grupos locales.
Tampoco se podrá llevar adelante la celebración de San Isidro
en Benicarló, que estaba prevista para el domingo 17 de mayo. La festividad
congrega a más de 1.600 personas cada año en las instalaciones de la
cooperativa y en ella rinden homenaje a los socios jubilados de ambas entidades
benicarlandas, entre otros muchos actos. Informan J. Nomdedeu y M. J. Sánchez.
Iniciem el mes de maig commemorant el Dia del Treball, un
dels aspectes que més afectats s’han vist per la crisi del coronavirus. Les
xifres macroeconòmiques indiquen que el PIB espanyol ha caigut un 5,8% a
Espanya durant el primer trimestre de l’any i que s’han destruit 285.600 llocs
de treball. De la mateixa forma que ocorre amb el recompte de víctimes de la
Covid-19, les grans estadístiques són impactants però quan baixem a l’escala de
les persones i coneixem les situacions concretes del conegut que ha faltat o de
la casa on cap dels seus membres treballen i no tenen suficients recursos per
viure amb condicions les grans xifres es
fan dramàtiques.
Arribats a este punt cal esperar que per pal·liar la
situació els grans damnificats no siguen només els de baix, com sol passar, i
que els treballadors no vegen retallats els seus drets aprofitant la cojuntura
de la crisi. Això necessita de molta voluntat entre empresaris, govern i
treballadors, així com diàleg i empatia. Però ara mateix les aigües estan molt
tèrboles a escala mundial (mirem per exemple al president Trump), també a
l’europea (s’ha reeditat la batalla entre els països del nord que consideren
PIGS als mediterranis del sud) i com no a l’espanyola (mirem els agres
enfrontaments al Congrés). Sembla que a la valenciana hi ha un poc més
d’enteniment i a la municipal només hi ha un partit i té escàs marge d’acció.
S’ha imposat una sensació d’incertesa, del ja vorem i nosaltres com a persones
també cal que actuem defenent els nostres drets, informant-nos de les
situacions i actuant amb consciència.
I, ara que ha començat la desescalada, inevitablement ens
fem moltes preguntes que afecten als treballs que ens ofereixen serveis que
utilitzem com a consumidors. Per exemple, després de suspendre les festes
d’Ontinyent de 2020celebrarem les nostres a principi d’agost? Quan obrirà el
bar i com ens podrem prendre el desitjat café? Els que volen combregar com ho
faran? Com seran les classes presencials el pròxim curs? El servei de correus
que ara ve retallat 3 dies per setmana tornarà a repartir per Otos de dilluns a
divendres? Obriran la piscina com cada estiu? Em retallaran la pensió o la
nòmina? I els músics quan tornaran a actuar i a obtindre ingressos? I… com
respondrem a estes mateixes preguntes l’any 2022 quan ho hàgem ja viscut?
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
Se casaron un 2 de mayo de 1970 y hoy, como suele decirse,
celebrarán sus Bodas de Oro “en la intimidad”. O sea a puerta cerrada,
encerraditos en su casa como otros miles y miles de españoles. Pepe y Carmina,
Mari Carmen Belloch y José Ignacio Pérez, van a cumplir hoy cincuenta años de
casados y mañana cincuenta días de confinamiento.
Nos conocemos desde siempre. O sea de familia. Mi primo y yo
salíamos juntos a ver fallas en los cincuenta y disfrutamos juntos de cien
tardes de sesión continua en salas tan
respetables como el Versalles, el Turia y el Español. El Cinemascope lo
inventamos nosotros. Un poco más tarde, Pepe y yo nos buscamos novia casi a la
vez. Eran los tiempos de Los Milos y Bruno Lomas, de Paul Anka y aquel Adamo de
“Mis manos en tu cintura” con pocas luces en aquella planta baja dominical.
Yo me casé en septiembre de 1969 y Pepe, como queda dicho,
el 2 de mayo de 1970. En la capilla del Santo Cáliz, en una ceremonia
entrañable, se dieron cita muchos invitados, entre lágrimas de los padres,
emoción de las amigas, arroz, ramos blancos y todo lo demás. Nos casábamos muy
jóvenes, casi deprisa; muy espoleados de prohibiciones y horarios. Lo de Serrat
y “el vint anys” parecía escrito especialmente para nosotros. Y es que en realidad
íbamos de modernos pero éramos gente de lo más responsable porque queríamos
tener una familia y, si se podía, ser algo en un trabajo respetable.
Pepe había estudiado en dos universidades laborales y yo me
quedé en Valencia. Pepe se fue a trabajar a la Hidrola de Alicante y yo me
quedé en Valencia. Pero la Navidad y la Pascua, las escapadas y el verano,
propiciaban encuentros de mucha mayor intensidad porque eran siempre cortos. El
Seiscientos, o aquel inolvidable “Dauphine” que en los sesenta nos llevaban al
Saler y a Líria y poco más, propiciaron luego inolvidables rutas por el Pirineo
y Castilla, de avería en avería, de románico a gótico, de chuletas a besugo,
qué te voy a contar…
“Esta noche no cenamos”, nos prometíamos cada tarde. Pero
terminábamos por cenar, más que nada por no hacerle un feo al esfuerzo nacional
de promoción del turismo. De aquel viaje en que los cuatro vimos las auténticas
cuevas de Altamira con su cartel de “recién pintado” conservo una factura de
Santillana del Mar: una comida para cuatro costó 654 pesetas.
Carmina quería que hicieran carreteras especiales en las que
no hubiera camiones; pero las autopistas aún tardaron en llegar. Cuando las
hicieron era más fácil ir de Alicante a Valencia; pero entonces ya teníamos
niños, estaban los colegios, el trabajo se complicaba, llegaron nuevas
responsabilidades que obligaban a que los encuentros se espaciaran. Como en un
acordeón, nos hemos distanciado más o menos, según las épocas; pero nunca hemos
dejado de sonar bien en los momentos del reencuentro, por escasos y fugaces que
fueran. Cada pareja tuvo su colonia de amigos en Valencia o Alicante, pero
cuando llegaban los Reyes, cuando la Navidad propiciaba el reencuentro, todo
volvía siempre a funcionar.
Años y leguas. Kilómetros, bautizos, excursiones, playas,
restaurantes, libros, paseos, confidencias, intimidad… Padres que se nos
esfuman en la niebla e hijos que nos crecen sin permiso. Hay familias
compuestas a base de amigos, y amigos que son de la familia. E incluso hay
familias que se refuerzan con bodas de familia, un asunto que sería ya muy
largo de explicar. O no, porque todo es tan sencillo como la vida misma, como
esa rueda que gira en medio del tiempo –abuelos, padres, nietos…– y vuelve a
empezar.
Cuando te das cuenta, ya te han jubilado. Cuando vienes a echar
la vista atrás, tienes nietos. O eres miembro de lo que ahora se llama, qué
delicadeza, “población de riesgo”. Por eso mismo, estas Bodas de Oro se han
quedado paradas de momento, sin misa ni cóctel, sin el viaje a Pedraza que
habíamos estado planeando como culminación de las Bodas de Oro.
Pero todo pasará. Saldremos a la calle sin licencia y
podremos abrazarnos con muchas palmadas en la espalda, como siempre hicimos.
Pepe y Carmina, cincuenta años casados; cincuenta años de amor, familia, afecto
y amistad. Unas Bodas de Oro a puerta cerrada y corazón abierto.
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
Todo empezó en Chicago, en mayo de 1886. Y en la fábrica
McCormik, donde los sindicalistas de pensamiento anarquista habían organizado
una protesta en demanda de una jornada de ocho horas de trabajo. La zona de
Haymarket Square estaba abarrotada, con casi quince mil asistentes, y los
ánimos bastante caldeados. Fue entonces cuando estalló una bomba, lanzada por
no se sabe quién.
Lo que se sabe es que cundió el pánico, cargó violentamente
la policía y se desarrollaron unos incidentes terribles, con un saldo de 38
muertos y 115 heridos. Salvo un policía, todos los muertos en la tragedia
fueron del lado obrero. Pero lo peor estaba por llegar. Todos los dirigentes
anarquistas de Chicago fueron detenidos y procesados; y todos juzgados en el
curso de una vista en la que juez y jurados estaban descaradamente en contra de
los movimientos de protesta sindical. El resultado fue el de largas penas de
prisión y cinco condenas a muerte: el 11 de noviembre de 1887 ahorcaron en la
cárcel a cuatro de los líderes obreros, el quinto se había suicidado el día
antes.
De estos hechos de Chicago parte la fiesta internacional de
Trabajo del 1º de mayo, celebrada en Europa muy pronto, a partir de 1890. Se
reivindicaba en ella, al principio, un trabajo menos penoso para los niños y
las mujeres; la causa más idealista, la aspiración más remota, fue la jornada
de ocho horas, que tardó muchos años en llegar a las legislaciones del mundo.
Pero se fue implantando a fuerza de años de manifestaciones, protestas y
huelgas cuando fue preciso.
Los mártires de Chicago tienen un monumento en la zona de
Haymarket y un túmulo especial en uno de los cementerios de la ciudad. Los
mártires de Chicago fueron el origen de una celebración que curiosamente, en
Canadá y Estados Unidos, tiene otra fecha porque el Día del Trabajo se celebra
el 1 de septiembre.
Ciento treinta años después, el mundo celebra hoy el más
raro y asombroso Día del Trabajo. No habrá manifestaciones, al menos en Europa.
No se verán aquellas demostraciones obreras multitudinarias que llenaban Moscú
y Pekín hace no tantos años. No asistiremos en España a las demostraciones de
fuerza contra los recortes y la crisis. Las escaleras de la plaza de América no
serán, como de costumbre, la tribuna de la reclamación obrera. Una epidemia
universal lo va a impedir y los líderes sindicales hablarán a sus afiliados por
videoconferencia.
El mundo es otro. La situación de los trabajadores, con
millones de parados a causa del virus, es más dramática incluso que la que
podría ser en 1886. En dos semanas, una espantosa crisis económica ha dejado
sin trabajo a cien, doscientos, quinientos millones de obreros en el mundo. Y
nadie es capaz de predecir por dónde va a ir la brújula de las protestas, la
recuperación y los derechos laborales en el futuro…
Queda, al menos, el símbolo viejo del 1º de Mayo. Que
honradamente considerado encierra un mensaje respetable: la unidad de los
trabajadores es su única fuerza en los momentos de prueba.
Manifestación obrera en el paseo de Vista Alegre de Torrevieja.
FRANCISCO SALA ANIORTE, CRONISTA OFICIAL DE TORREVIEJA
En el sentido moderno del término ‘socialismo’, no aparece
hasta 1830 en Gran Bretaña y en Francia. Las doctrinas sociales no surgen
casualmente a principios del siglo XIX. Tienen como origen inmediato la
revolución industrial y la miseria que le acompaña, denunciando los
acaparamientos de los bienes de subsistencia: «los productos de la tierra, como
los elementos, pertenecen a todos los hombres. El comercio y el derecho de propiedad
no pueden consistir en hacer morir de miseria y de inacción a nuestros
semejantes».
El Partido Socialista Obrero Español se fundó
clandestinamente en la madrileña taberna ‘Casa Labra’ de Madrid, el 2 de mayo
de 1879, en torno a 25 personas: 16 tipógrafos, cuatro médicos, un doctor en
ciencias, dos joyeros, un marmolista y un zapatero. Encabezados por Pablo
Iglesias, con lo que es el partido político más antiguo de España con
funcionamiento ininterrumpido hasta la actualidad. Se adhirió a la II Internacional,
que agrupaba a los partidos socialistas marxistas y entre las acciones más
famosas de la Segunda Internacional está la declaración del 1° de mayo como
‘Día Internacional de los Trabajadores’ en 1889. En el segundo congreso del
partido, en 1890, se decidió la participación en las elecciones, no obteniendo
ningún diputado.
Los últimos años del siglo XIX estuvieron marcados en
Torrevieja por el signo de la crisis y la calamitosa situación de los obreros
sin trabajo, así sucedió en 1887; en enero de 1890, cuando la bahía estaba
desierta de buques para cargar sal y la clase jornalera sin trabajo; en julio
del mismo año el alcalde la población telegrafió a las autoridades asegurando
que la situación era “sumamente angustiosa” asegurando que eran numerosos los
obreros que imploraban la caridad pública; en 1894 y 1895 la clase trabajadora
de Torrevieja seguía sin trabajo.
Ante esta crónica situación de paro, los obreros
reaccionaron de muy diversas formas: al parecer, en 1890 se efectuó en
Torrevieja, sin que se sepa su alcance, la manifestación obrera del Primero de
Mayo, como en otros lugares de la provincia y tal como había sido acordado por
el proletariado mundial. De ser verdad esto, indicaría cierto grado de
organización obrera, la existencia de algún pequeño núcleo de obreros
intentando establecer sociedades obreras.
A finales de abril de 1891, llego a Torrevieja un redactor
de ‘El Liberal’ de Madrid, conocedor del intento de manifestación obrera del 1º
de Mayo del año anterior, con el objeto de “enterarse sobre la conducta que han
de seguir los pueblos de esta provincia respecto a la huelga del próximo
primero de Mayo”.
En 1895 se manifestaron para que no se llevase a cabo la
construcción de un tranvía desde las salinas al muelle porque ello supondría la
miseria de muchos obreros que vivían del acarreo de las sales.
Estas muy repetidas situaciones de paro y la propaganda de
‘núcleos conscientes’ de trabajadores, que pronto fueron apoyados desde las
organizaciones socialistas de Elche, Crevillente y Alicante, provocó la
organización de sociedades obreras de resistencia al capital: así se sabe que
una de las primeras, si no la primera, se organizó a principios de 1901, pues
poco después esa misma ‘Sociedad de Obreros Cargadores de las Salinas’ planteó
una huelga, en la que tomaron parte más de trescientos obreros, aunque quedaban
otros trescientos no asociados, que siguieron trabajando en la carga de buques.
Los huelguistas pedían que se les aumentase el jornal y se
les disminuyera la jornada de trabajo. Se inició el día 28, continuando los
días siguientes en el mismo estado. En las salinas trabajaban otros trescientos
cargadores que no estaban asociados.
El gobernador civil de la provincia, Antonio Galdó Chapulí,
ordenó la reconcentración de la guardia civil de los pueblos cercanos en
Torrevieja, con la finalidad de evitar coacciones a los trabajadores que se unieron
a la huelga.
Durante 1902, comenzó la instalación del socialismo en
Torrevieja de una forma ya importante: en ese año, ingresaron en la Unión
General de Trabajadores la ‘Sociedad de Albañiles’, en julio; y la ‘Sociedad de
Marineros’ y la ‘Sociedad de Salineros’ en noviembre.
Se celebró, en 1902, por primera vez la Fiesta del Trabajo
el Primero de Mayo –dejando al margen el intento de 1890- y en preparación de
tal conmemoración se llevó a cabo el primer mitin socialista, al que asistieron
unos quinientos obreros asociados e incluso los que todavía no lo estaban
comenzaron a presentar peticiones con objeto de mejorar sus condiciones de
trabajo, que quedó limitada así a diez horas, en tanto que los albañiles, que
trabajaban trece horas, solicitaron una jornada de nueve, utilizando la presión
de su recién fundada ‘Sociedad de Resistencia’. Intervino en el mitin el
dirigente socialista ilicitano Germán Penalva y el catedrático del Instituto de
alicante y destacado militante del PSOE, José Verdes Montenegro.
Los patronos se resistieron a conceder tal reducción de
jornada y emplearon a esquiroles de Orihuela, sin que sepamos si los obreros de
‘La Prosperidad’, que así se llamaba la sociedad de albañiles, consiguieron o
no sus propósitos.
El 10 de octubre de ese mismo año, se declararon en huelga
ochocientos obreros de las salinas. El motivo fue el haber despedido a cuatro
barqueros que se negaron a trabajar en domingo.
El alcalde, Rafael Sala García, tuvo que interceder de nuevo
por sus vecinos enviando un informe al gobernador civil, junto con una
instancia firmada por gran número de socios de ‘La Unión’, solicitando el
descanso dominical.
Reinó tranquilidad. Al día siguiente, a las nueve y media de
la mañana el gobernador civil López Oyarzabal telegrafió al alcalde de
Torrevieja ordenando que se reuniera la Junta de Reformas Sociales y que se
practicara cuantas gestiones fueran necesarias para conseguir una avenencia
entre el director de las salinas y los huelguistas. También se giraron órdenes
de concentración de la benemérita en los puestos inmediatos a Torrevieja,
resolviéndose sin incidentes.
ANTONIO LUIS GALIANO PÉREZ/ CRONISTA OFICIAL DE ORIHUELA
El ser humano conserva en su memoria ya no solo hechos y
personas que han pasado por su vida como secuencias de una película, sino
también sonidos y olores que impregnaron sus vivencias. Es consustancial con el
oriolano llevar dentro de sí el almibarado sonido de «las gemelas» escondidas
en el carrico de la Convocatoria, o las voces de ángeles roncos entonando en
las noches de los días previos a la Semana Santa, «El Canto de la Pasión». Por
cierto, felicitarnos por su reciente declaración como Bien de Interés Cultural
(BIC) Inmaterial por la Generalitat Valenciana. Así mismo, es difícil que los
hijos de esta tierra olviden la aroma proveniente de los hornos, que se respira
en algunas calles de nuestra ciudad en esta época del año, en que van cayendo
las hojas del calendario y agotándose la cera de la Corona de Adviento.
Pero, ahora que se consumen tantos productos navideños
fabricados industrialmente, en Orihuela y sus pedanías aún podemos disfrutar de
los dulces elaborados artesanalmente. Algo que era generalizado, allá en 1776,
en que dentro de la ciudad, según Montesinos, existían 21 hornos, de los que
cuatro pertenecían a eclesiásticos individuales, seis a conventos y once a
particulares, de los que, entre estos últimos propietarios, el marqués de Rafal
poseía uno en la calle Santiago. En concreto, cincuenta y nueve años antes,
dicho horno era propiedad de la Condesa de la Cueva que, al parecer pasó a su
poder al serle confiscado al citado marqués. Así, el 8 de febrero de 1717 se
llevaba a cabo el remate del arrendamiento del mismo a favor de Juan Bautista
Fillol, a instancia de Fernando Quiles apoderado de dicha condesa. El proceso
para materializar el arrendamiento seguía prácticamente el mismo ceremonial que
cualquier otro efectuado en dicha época. Así, ante el notario Joseph Martínez
de Rodríguez y encontrándose como testigos Joseph Rivera, oficial de cirujano y
los horneros Diego Gil y Luis Juan; se llevaba a cabo el remate para lo cual comparecían
el citado apoderado y el interesado en el arrendamiento del horno que estaba
situado, como decíamos en la calle y parroquia de Santiago.
Con anterioridad, el pregonero público Juan Bautista Fontana
durante más de un mes había pregonado por toda la ciudad el arrendamiento del
horno, encontrando que la mejor postura era la de Fillol que la estableció en 3
sueldos y 4 dineros por día durante cuatro años.
El marco para llevar a cabo el remate fue la Plaza Nueva y
Rabal de San Agustín, y una vez emplazados todos los interesados; notario,
testigos, arrendador y arrendatario, este último solicitó al pregonero que
encendiera una «vela de cera parda», y a son de trompeta convocó al pueblo con
«altas e inteligibles voces» anunció las condiciones y capítulos con los que se
iba a efectuar el arrendamiento, realizando varios apercibimientos, y comprobar
si habían otras pujas. Después de ello y consumida la vela, quedó como mejor
postor Juan Bautista Fillol, hornero de profesión de Orihuela, y por la
cantidad antes indicada. A requerimiento del notario, tanto arrendador como
arrendatario se obligaron a cumplir con su persona y bienes los capítulos del
arrendamiento. En los cuales se establecía que el mismo sería por cuatro años
forzosos iniciándose el día de San Juan de junio, abonándose los pagos
semanalmente los sábados. Por otro lado, el arrendador se hacía cargo de los
pertrechos existentes en el horno en las condiciones en que se encontrase en
esos momentos, los cuales debía de devolverlos en su mismo estado al finalizar
el tiempo. Así mismo, el precio estipulado no sería rebajado por ninguna causa
imprevista que pudiera suceder, al igual que se hacía en los hornos que
arrendaban los cabildos civil y eclesiástico.
De esta forma, el hornero Juan Bautista Fillol se hacía
cargo de este horno de pan de la calle Santiago, y presumiblemente a los seis
meses de tenerlo en su poder, también elaboraría los dulces navideños de
aquella época, envolviendo con el aroma procedente de su pequeña industria las
calles de Orihuela en vísperas de la Navidad.
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
Setenta y cinco años del final de la Guerra Mundial. Se cumplen tres cuartos de siglo del suicidio de Hitler en el búnker berlinés, de la muerte de Mussolini en las calles de Milán, de ese encuentro de soldados americanos y soviéticos que daba fin a una terrible guerra de casi seis años. Los días finales de abril de 1945 fueron jornadas para la historia, días de periódicos difíciles en los que el mundo estaba cambiando y se hacía evidente la sensación de componer páginas inolvidables. Muchos años después, en otro mundo y en otro contexto, las imágenes valen más que las palabras y la pregunta puede ser si los hombres aprendieron algo de aquellos tiempos difíciles.
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
Abrí la ventana y entró un insecto volador. Tate, esto ha
cambiado. Era la primavera, claro. Las banderas de las torres de Quart
indicaban poniente y no había duda: la temperatura, el ambiente, invitaban a
dejar la ventana abierta y permitir que la casa se inundara de aire nuevo. En
el fondo, más allá de la pandemia y el confinamiento, lo que nos ha ocurrido
por añadidura es que hemos pasado mes y medio de clima otoñal, fresco y muy
lluvioso. El que tenga notas o mejor memoria que lo revise: de 45 días ha
habido sol “a la valenciana” no más de cuatro; ha llovido catorce días al menos
y ha estado cubierto como mínimo durante treinta plomizas fechas, algo que un
valenciano soporta mal.
El insecto no era una mosca, si un trabajador del polen
despistado, abejorro o lo que fuera. Le invito a salir y se va, yo creo que
hacia el jardín del Turia, donde a estas horas hay un hombre que fumiga y al
menos dos máquinas que ronronean mientras van cortando un césped que a los
niños del domingo les llegaba a la rodilla. El tráfico en la calle ha aumentado
mucho, llega aroma a pasto recién cortado y ya no se oyen las ambulancias que
ponían una nota lúgubre en las noches tremendas de primeros de abril.
Los que saben han empezado a hablar de “desescalada”, la
palabra nueva de moda, el término técnico para la vuelta a una normalidad,
mucho ojo, que califican de “nueva”. La normalidad “vieja”, o sea la de toda la
puñetera vida, ya no la contempla nadie por lo que se ve. Los que saben, por lo
que veo, han empezado a estudiar cómo la epidemia ha sido dueña y señora de la
situación, al menos en España, durante unas semanas de clima especialmente
fresco y lluvioso, con lo que eso pueda comportar. ¿Prolifera el bicho menos si
hay más insolación y temperatura? En eso están algunos, expertos en clima y en
virología, encajando datos que podrían dar algunas conclusiones. Hasta los más
tontos entendemos que un día frío y húmedo propio del enero valenciano no es
igual que un día de “ponentá” de julio; ningún ser vivo responde igual y es más
que probable que la respuesta del virus se vea alterada, a favor y en contra,
po r esos factores.
Igual los expertos
encuentran pautas. Igual eso sirve para prevenir un otoño que estará
lleno de cautelas ante una previsible segunda oleada. No hay nada cierto, y ahí
reside la perversión de esta epidemia en un mundo que se creía asentado sobre
certezas y tecnología. Curiosamente, lo del cambio de clima es un escenario del
lenguaje en el que nos movemos con la misma facilidad para hablar de lo
atmosférico que de lo moral. Hay mal clima cuando hay “mal rollo”, mejora el
clima cuando dos personas cambian su relación a mejor. La llegada del clima
primaveral, ahora, coincide con la mejora del clima depresivo de los malos días
de la epidemia.
Mientras tanto, a esperar las etapas de la burocrática fase
de salida. Y a ver cómo, dónde y cuándo puedo encajar, en que agujerito coloco
el sueño de mi pequeña libertad. Porque esa es otra: cada cual tiene su anhelo
y entiende la vida a su modo. Por ejemplo ¿cuándo podremos volver a pedir un
bocadillo gigante en El Pastoret o La Pascuala? ¿Cuándo podremos pedir el
manhattan de siempre en el Harry’s Bar?
Año 1885. La adquisición de productos para fumigar.
FRANCISCO SALA ANIORTE/CRONISTA OFICIAL DE TORREVIEJA
Un lazareto es una instalación sanitaria, más o menos
aislada, donde a lo largo de la historia se han tratado enfermedades
infecciosas. Históricamente se han utilizado para enfermedades como la lepra,
la tuberculosis o la fiebre amarilla, y se solían instalar en los puertos de
las grandes ciudades costeras para tener en cuarentena a las embarcaciones o
personas procedentes de otros países contaminados o sospechosos de contagio.
Hoy, en plena pandemia de Corvid-19, se les ha rebautizado con el nombre de
“Arcas de Noé”, aunque siga teniendo la misma utilidad. En otras
épocas se han llamado salas de infecto-contagiosos o habitaciones de aislados.
Aquellas instalaciones contaban con un amplio equipo médico que debía cuidar de
los enfermos, aunque en muchas ocasiones, y debido al contacto directo, el
propio equipo médico también caía enfermo. Vemos actualmente no han cambiado
tanto.
Si atendemos a la palabra “confinado”, se dice de
la persona condenada a vivir en una residencia obligatoria. Obligada a residir
en una residencia y dentro de unos límites. Es una pena por la que se obliga al
condenado a vivir temporalmente en libertad, en un lugar determinado, bajo la
vigilancia de la autoridad. En 1971, los sentenciados a confinamiento serán
conducidos a un pueblo o distrito situado en la Península o en las islas
Baleares o Canarias, en el cual permanecerán en libertad, bajo la vigilancia de
la autoridad, incurriendo en la pena de confinamiento los que promovieren,
dirigieren o presidieren manifestaciones u otra clase de reuniones al aire
libre en los alrededores del Palacio de las Cortes cuando estén reunidas;
siendo considerados como promovedores o directores de dichas reuniones o
manifestaciones los que por los discursos que en las mismas pronunciaren,
impresos que publicaren o en ellas repartieren, por los lemas, banderas u otros
signos que ostentaren o por cualesquiera otros hechos, deban ser considerados
como inspiradores de los actos de aquéllas. Esta pena estuvo en el código penal
hasta entrada la era democrática.
Si atendemos al término “cuarentena” tiene su
origen porque consiste en el aislamiento de un enfermo durante un plazo de
cuarenta días. La razón, sin embargo, de este plazo de tiempo dista de tener
fundamento científico: se escogió simplemente porque fueron los días que Jesucristo
pasó de ayuno en el desierto y vivió el episodio en el que fue tentado por el
diablo, así como fueron también los días de diversos eventos de los libros
sagrados.
Pero, yendo más atrás, en la epidemia de cólera sufrida en
gran parte de España, Torrevieja quedó indemne, perteneciendo a la zona
abarcada por el Lazareto de Mahón, y por donde pasaban los marineros que
llegaban por el mar aquejados de algún tipo de infección.
La sanidad marítima trataba de evitar el contagio exterior
imponiendo férreas medidas de control. En los puertos aparece la figura del
Director de Sanidad, un médico, que tiene a su disposición una falúa con una
tripulación más o menos numerosa según la importancia del puerto. Su misión
consistía en el reconocimiento de los buques a su llegada a puerto antes de
conceder el permiso para atracar y descargar. También debía supervisar y
expedir las “patentes”, certificados del estado sanitario de la
embarcación. Eran de dos tipos “patente limpia”, cuando no había
enfermedad contagiosa ni en el barco ni en el puerto de origen; y “patente
sucia o sospechosa”, variando de la gravedad según que el barco portase la
enfermedad o hubiese transitado por puertos declarados focos infecciosos.
Cuando el barco llevaba “patente sucia”, el
Director de Sanidad lo despedía a los lazaretos correspondientes, donde se le
sometía a una cuarentena que en el caso del cólera era de diez días. Estos
lazaretos especiales para embarcaciones estaban en Cádiz, Algeciras y Mahón.
A la Junta de Sanidad de Torrevieja se le planteó un dilema
en septiembre de 1884: “habiendo salido de esta población el Laúd Carmen
el Dolores y otro con cargamento de sal y frutas, y no siendo admitidos en
Málaga y otros puntos, han tenido necesidad de regresar a este puerto y después
de una detenida discusión se acordó que dichos buques sean admitidos con
ciertas precauciones”. Los barcos habían salido de Torrevieja con patente
limpia al no haber enfermedad en la población pero, entretanto, al declararse
la epidemia en algunos puntos de la provincia, pasaron a ser considerados
patente sucia en los demás puertos. La aplicación estricta de la ley obligaba a
la Junta de Torrevieja a despedirlos a lazareto, lo que era un evidente
absurdo.
Cuando los barcos tenían “patente sospechosa”, por
proceder de puerto donde se había producido algún caso pero sin generalizarse,
se les sometía a cuarentena de tres días en lazareto de observación, para lo
cual se destinaba alguna zona del propio puerto.
La cuarentena suponía no sólo la incomunicación sino también
el sometimiento a fumigación y ventilación, de equipajes, mercancías,
tripulación y pasaje. Las mercancías consideradas “contumaces” se
desembarcaban para se expurgadas y oreadas: ropas, pieles, lana, seda, algodón,
lino, papeles, correspondencia, y donde se arrogan aguas sucias y en estado de
putrefacción y muchas más, dejándose a criterio de la autoridad. En Torrevieja
se deliberó si procedía el desembarco del cargamento de azúcar de un barco
italiano embarrancado, acordando finalmente el desembarque pero prohibiendo su
consumo. Juan Rebagliato, Director de sanidad del Puerto de Torrevieja; a
principios de septiembre de 1884 despidió al lazareto de Mahón a varios barcos
procedentes de Alicante que, sin embargo no se hacían a la vela, por lo que
pidió la colaboración de la autoridad militar, el Ayudante de Marina.
Sanidad interior controlaba la propagación de la epidemia
por vía terrestre mediante el establecimiento de lazaretos sucios y de
observación, aislamiento de focos infestados, creación de cordones sanitarios,
control de movimientos de personas y mercancías e incluso el corte de
comunicaciones. A la semejanza de la sanidad marítima se expedían patentes o
certificados de sanidad para las personas que tenían que desplazarse. Aquí
tenemos una muestra: “Don Miguel Rubio Giménez, Alcalde Constitucional de
esta Villa de San Fulgencio. Certifico: Que Antonio Ortuño vecino de Torrevieja
ha hecho en el cordón sanitario de esta Villa en el Molar siete días de
cuarentena por venir de Alicante con dos carros cargados de Tabaco. Y habiendo
cumplido el 6 en el día de hoy se le espide el presente para que así lo pueda
acreditar firmando en san Fulgencio a ocho de Setiembre de mil ochocientos
ochenta y cuatro. El Alcalde”.
Este vecino salió de Torrevieja con el certificado del
Alcalde, fue a Alicante, fue a Alicante a por una carga de tabaco y al salir se
le haría el certificado de “procedencia” de punto sucio, por lo que
al transitar por San Fulgencio se le detuvo en el correspondiente lazareto de
observación y allí sufrió la cuarentena prescrita. El alcalde de esta última
población le expidió a su vez el certificado de sanidad que le permitía entrar
sin problemas en Torrevieja.
Entre la labor de la policía urbana de la población de
Torrevieja se incluían medidas higiénicas que debía de cumplirse con rigor ente
la proximidad de enfermedad contagiosa, entre las que se encontraban: el
control de aguas sucias y estancadas, que representaban los vapores o
emanaciones “miasmáticas”; limpieza urbana, excrementos de animales,
prohibiendo el tránsito y estancia en la población de ganados, etc.
Una comisión de la Junta se encargaba de la vigilancia de
las mesas del mercado, especialmente de carnicerías y pescaderías,
controlándose también la entrada en la población de ciertos alimentos: se
prohibieron los pepinos, alficoces, pimientos, cohombros, tomates, brevas,
higos frescos y chumbos; permitiéndose la cebolla, melocotón, ciruela y
manzanas, siempre que estuvieran “bien sazonadas y limpias de manchado y
podrido”.
Respecto al cementerio, entonces situado junto al Acequión,
donde a día de hoy hay una industria cárnica, fue cerrado por orden del
gobernador, por motivo sanitarios. Una carta del jefe de la estación dirigida
alcalde exponía los problemas con toda claridad: “Ruego a v. que opte un
medio afín de cortar el mal olor que exhala el cementerio; pues ayer -21 de
julio de 1884- fue un día que era imposible estar en la estación por ser el
viento de lebeche. Según tengo entendido, esto obedece a un cuerpo que se
rezuma por uno de los extremos del nicho”.
En aquella época ya era conocido el peligro que representaba
el agua en la transmisión de la enfermedad colérica. En junio de 1885, el
gobernador pidió a las autoridades de los pueblos de la Vega Baja la
prohibición de beber agua del río sin hervir. En Torrevieja no hubo ninguna
medida especial en torno a las aguas de beber. Da la impresión que no temían
que el contagio siguiese esa vía. Torrevieja se surtía de aljibes que había en
los patios de muchas casas particulares y de aguas de pozos situados en las
cercanías que se traía en carros. Durante un breve periodo se cortó la
comunicación con la pedanía de La Mata ya que “acuden de los pueblos
infestados del río Segura a servirse de los próximos al caserío”.
Sí que se hicieron en Torrevieja numerosas fumigaciones, de
escasa o nula efectividad, aunque estas operaciones debían tener un alto valor
psicológico. Una de las primeras medidas era la de hacer acopio del material
preciso y nombrar una comisión especial, que en Torrevieja la compusieron un
farmacéutico y tres estudiantes de medicina. Se fumigaba a las personas que
ingresaban en los lazaretos, pero también los equipajes, mercancías, incluso el
correo. Una circular del ministro sobre higiene privada, expone los materiales
recomendados por el Real Consejo de Sanidad: “acido sulfuroso, producido
por la combustión de azufre; vapores hiponitrosos, obtenidos por la acción del
agua fuerte sobre moneda de cobre; gas cloro, obtenido con cloruro de cal y
agua; ácido fénico y disoluciones en agua de sulfatos de hierro (vitriolo
verde), cinc y cobre”.
Unos murcianos que llegaron a Torrevieja a tomar baños de
mar fueron conducidos desde la estación al lazareto instalado en la plaza de
toros -en lo que hoy es el campico San Mamés- “donde se les sometió a una
horrorosa fumigación de ácido sulfúrico y ácido hiponítrico. Esto tuvo lugar en
una casita de madera muy pequeña, por lo que corrieron gran riesgo de morir
asfixiados”. De hecho, una zona de Torrevieja se denomina “Partida de
los Gases” por hallarse allí un establecimiento dedicado a esta finalidad.
La postura numantina adoptada en Torrevieja es perfectamente
justificable dado que las autoridades no lograron controlar la situación en los
lugares epidemiados y eran muchas las personas que, habiendo estado en contacto
con enfermos, huían buscando algún lugar limpio como Torrevieja. La estancia en
los lazaretos permitía descubrir a las personas que pudieran estar incubando la
enfermedad, y todo ello llevaba al establecimiento de cordones sanitarios para
un filtrado efectivo.
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