
ENRIQUE FORÉS CORTÉS
Hay recuerdos que se resisten a desaparecer, aunque el tiempo y los cambios sociales empujen a guardarlos en el cajón de lo pretérito. Altura se prepara para abrir ese cajón el próximo lunes, 21 de septiembre, cuando el Salón de Plenos del Ayuntamiento acoja (a las 19:30 horas) la presentación de Ya se van los quintos, madre. LA MEMORIA DE LA MILI EN ALTURA, UN LIBRO DEL CRONISTA OFICIAL DE LA VILLA, JOSÉ MANUEL LÓPEZ BLAY. La cita, inscrita en el programa de las Fiestas Patronales 2026, no es un mero acto literario: es un ejercicio de arqueología sentimental sobre una institución ya desaparecida que, durante décadas, vertebró la transición a la vida adulta de los jóvenes del municipio.
El servicio militar obligatorio, abolido en España en 2001, fue mucho más que un trámite burocrático o una experiencia castrense. En pueblos como Altura, la llamada a filas marcaba el calendario vital y festivo con una precisión casi ritual. La figura del quinto —el mozo que alcanzaba la edad de ser reclutado— no solo ocupaba las páginas de los expedientes militares, sino que copaba las conversaciones de los bares, los llantos de las despedidas en la estación y, sobre todo, el corazón de unas fiestas patronales que entonces se tejían al compás de las cintas bordadas y los sorteos de destinos.
LÓPEZ BLAY, conocido por su minuciosa labor como custodio de la historia local, ha rastreado en esta obra los archivos municipales, las fotografías de álbumes familiares y los testimonios orales de aquellos que vivieron en sus carnes el traje de rayas o el uniforme. Pero el libro va más allá del dato cronológico: indaga en la simbiosis entre la mili y la tradición festiva. Durante generaciones, la celebración de los quintos era el preludio o el epílogo de un viaje sin retorno a la inocencia. Las verbenas, los bailes de despedida, las rifas para costear el viaje al cuartel y las esperas angustiosas del correo eran los hilos invisibles que conectaban la monotonía cotidiana con la aventura —a veces temida, a veces deseada— del servicio en lugares remotos de la geografía peninsular o del extranjero.
El acto del próximo lunes no solo servirá para desgranar las páginas de este ensayo histórico, sino para devolver a la palestra una conversación que, pese al paso de las décadas, sigue viva en la memoria de los más mayores y despierta la curiosidad de los más jóvenes. El Salón de Plenos, testigo habitual de decisiones políticas, se transformará así en un ágora de la memoria, donde el cronista ejercerá de guía para recorrer un tiempo en el que la cartilla militar era un pasaporte a la madurez y la expresión «Ya se van los quintos, madre» —que da título a la obra— era un suspiro colectivo, a medio camino entre el alivio y la nostalgia.
Con esta presentación, Altura no solo rinde homenaje a una generación que ya no está sujeta a las quintas, sino que reivindica el papel de las fiestas patronales como espejo de la historia social del municipio. Porque si algo demuestra el trabajo de López Blay es que las tradiciones no viven solo de cohetes y procesiones; viven también de las despedidas, de las ausencias y de los reencuentros que, como el servicio militar, forjaron el carácter de un pueblo entero.
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