GABRIEL SEGURA VOLVERÁ A REALIZAR RUTAS HISTÓRICAS EN ELDA

MARTA ORTEGA

Las rutas “Éldase una vez”, vuelven a la ciudad tras un descanso, con su quinta edición organizada por la Concejalía de Turismo. Conducidas por el CRONISTA DE LA CIUDAD DE ELDA, GABRIEL SEGURA, estos recorridos turísticos desvelarán la historia de Elda desde el siglo XII al XX.

La primera etapa del ciclo turístico, que tendrá lugar el 13 de septiembre, dará a conocer la historia de la época andalusí en los momentos previos a la etapa feudal. La segunda, el 27 de septiembre, se centrará en los primeros hitos urbanos de la ciudad, con sus muros, portales y plazas. La Acequia de Arriba, conocida por separar las jurisdicciones municipales de Elda y Petrer, será el 11 de octubre. La penúltima etapa, el 18 de octubre, traslada hasta la época en la que Elda se transforma de una villa agrícola a una próspera ciudad industrial, para finalizar el 25 de octubre con el apartado dedicado al papel fundamental en los últimos días de la II República.

Todos los recorridos turísticos se harán siguiendo los protocolos de seguridad (uso de mascarilla y distancia de seguridad), además de contar con un aforo limitado a un máximo de 20 personas por edición. Las inscripciones se pueden hacer enviando un correo a turismo@elda.es, o llamando al 966 980 300.

Fuente: https://www.valledeelda.com

UN FUTUR MENYS INCERT AMB DESPÚS-DEMÀ

LLUÍS MESA, CRONISTA OFICIAL D’ESTIVELLA

H i ha una cançó de Mercedes Sosa titulada ‘Todo cambia’ que em causa gran impressió. No som conscients que el futur sempre està caminant fins que es transforma en present. Sols el percebem quan comprovem que una part de les nostres vides ha canviat. És massa abstracte vaticinar-lo, sobretot a llarg termini. Per eixa raó, hi ha adverbis que tenen major protagonisme com ara demà o despús-demà, ja que es referixen al futur més controlable. Especialment mostra més concreció despús-demà perquè la seua paraula germana fa menció al dia que seguix immediatament a hui i també a un futur indeterminat. Així que despús-demà és un bon vocable amb el qual reflexionar i alhora oblidar en part les incerteses dels temps venidors. M’apassiona pronunciar la primera part de la paraula. Quan escolte els sons de ‘despús’, em remunte a una etapa antiga de la llengua. La seua dolçor, per a mi, no és superada per la rotunditat d’un després. Tal volta a les persones que s’inicien en l’estudi del valencià els pot costar al principi assumir-la. Tanmateix, de segur que amb el temps els agradarà. Més enllà d’eixe sentiment subjectiu, cada vegada que diem despús-demà, ens trobem una miqueta més segurs i segures. Puc dir que despús-demà he quedat a sopar amb els meus amics Santiago i Maria però soc incapaç de conéixer si la meua filla Meritxell aprovarà l’examen PIR (Psicòloga Interna Resident) l’any 2021, com a mi m’agradaria. L’adverbi despús-demà, doncs, ens permet a tots i a totes actuar de profetes provisionals. La paraula té una certa separació respecte al que realitzem ara encara que no posseïx tanta distància com perquè ens resulte indominable. En l’actual moment, el descontrol del demà de l’epidèmia fa tindre pensaments i actuacions absurdes. La manifestació de fa uns dies contra l’ús de les mascaretes n’és un bon exemple. Davant la incertesa del futur, ments dubtoses o malpensants opten per desmentir també el present que ens conten. Potser és una reacció humana, en certa manera comprensible. El que no resulta tan clar és que referents de la societat, com ara Miguel Bosé, donen suport a eixes actituds irracionals.

En definitiva, fem servir l’adverbi despús-demà amb la genuïnitat que ens proporciona la llengua. La vida solem programar-la en funció del futur però realment és més senzill organitzar-la a partir del que farem despús-demà. Així que tastem amb intensitat el present, preparem el despús-demà i mirem al futur sense ofegar-nos.

Fuente: https://www.levante-emv.com

ONTINYENT RECUERDA LOS ESTRAGOS QUE CAUSÓ LA DANA DE HACE UN AÑO CON UNA EXPOSICIÓN

R. C. V.

Ontinyent conmemorará el primer aniversario de la tormenta de la DANA con una exposición en la Casa de la Cultura-Palau dels Barons de Santa Bàrbara, que se inaugurará al público el próximo jueves. La muestra contará con 75 fotografías cedidas por la Associació Fotogràfica d’Ontinyent (AFO) y por medios de comunicación como Levante-EMV, la agencia EFE, El País, El Periòdic d’Ontinyent y Loclar, imágenes a través de las que la ciudadanía podrá revivir las primeras horas de la peor tormenta que ha sufrido la ciudad y sus consecuencias.

Junto con la exposición, se está editando un catálogo que no solo incluirá las imágenes que podrán verse en la exposición, sino una serie de escritos que repasarán cómo se vivió aquella tormenta, y también los grandes temporales de agua en Ontinyent, así como un repaso en los cambios de clima que se han producido en los últimos años. El catálogo cuenta con la participación de ALFRED BERNABEU, CRONISTA OFICIAL DE LA CIUDAD D’ONTINYENT; Pablo Guerra, responsable del observatorio meteorológico del colegio La Concepción; el periodista José Luis Torró; y el alcalde de Ontinyent, Jorge Rodríguez.

La exposición contará con un aforo limitado dadas las preceptivas medidas de seguridad debido a la covid-19. Se podrá visitar de lunes a viernes, de 10 a 13:30; y de martes a sábado, de 18 a 21 horas. El concejal de Cultura, Alejandro Borrell, explica que «la DANA de 2019 es uno de los peores temporales que hemos sufrido, un momento histórico», y afirmaba que las imágenes «son realmente impactantes», recalcaba ayer.

Fuente: https://www.levante-emv.com

25.º ANIVERSARIO DEL CONCURS D’ALBADES DE L’ALCORA

JAVIER NOMDEDEU

L’Alcora abre el plazo para presentar obras para el Concurs d’Albades a la Mare de Déu, que alcanzará las bodas de plata en la nueva edición que se celebrará, como manda la tradición, durante Nochebuena, una vez finalizada la Misa del Gallo.

La destacada representación popular de la villa ceramista continúa el proceso para lograr ser declarada Bien de Relevancia Local (BRL). Por ello, recientemente se ha remitido a la Generalitat valenciana un completo dossier informativo elaborado y documentado minuciosamente por el CRONISTA OFICIAL DE LA LOCALIDAD DE L’ALCORA, JOSÉ MANUEL PUCHOL, donde se resalta el interés, la singularidad e importancia de la albà.

Además, la organización del colectivo Defensa de l’Albà de l’Alcora y el consistorio han iniciado los preparativos de esta nueva edición, con la publicación de las bases y la apertura del periodo para presentar las obras candidatas al certamen, que se extenderá hasta el próximo día 25 de septiembre.

Orígenes

El inicio de este canto, según manifiesta PUCHOL, se remonta al año 1645 y tiene un origen popular. El más antiguo estaba dedicado al alcalde y las autoridades del municipio, aunque, posteriormente, a mitad del siglo XIX, surge la versión dedicada a la Mare de Déu, convirtiéndose en la más asumida a nivel social.

El legado de ambas versiones continúa vigente en la actualidad, ya que el ganador del concurso debe componer una nueva obra para la máxima autoridad local, haciendo referencia en muchas ocasiones a algún aspecto concreto de la gestión gubernamental durante el ejercicio.

Fuente: https://www.elperiodicomediterraneo.com

PER A SANT ANTONI, OLI, OLI


Componentes de la Cofradía de San Antonio de Padua. Entre otras en la última fila de izquierda a derecha : Angelina Navarro ” la de Mases”, Caridad Navarro Segura ( hermana del vicario D. Jesús Navarro ), a la derecha del santo María Andreu, y Asunción Román ( Sunsioneta la de Siro).

Mª CARMEN RICO NAVARRO, CRONISTA OFICIAL DE PETRER

En Petrer desde siempre ha existido devoción por San Antonio de Padua cuya festividad conmemoramos hoy. La antigua iglesia parroquial ya contaba con una imagen del santo que se llevó a la ermita de San Bonifacio, junto al resto de imágenes, mientras duraron las obras del nuevo templo que fue bendecido en 1783. A lo largo de la historia las imágenes con sus respectivos altares contaban con el patronazgo de las familias más influyentes y adineradas del pueblo y sabemos que la primera imagen de San Antonio de Padua perteneció al Dr. Juan Francisco Rico Vicedo, abogado de los Reales Consejos.

Desconocemos los motivos por los que a principios del siglo XX se adquirió una nueva imagen del santo y se colocó un “nuevo altar gótico” en la capilla de la comunión que ocupó el lugar donde con anterioridad estaba el cuadro del santo, junto a los cepillos. El cuadro estaba situado arriba del altar de la Virgen del Rosario. En el altar mayor de la parroquia se realizaron obras que dieron comienzo en 1914 y finalizaron en 1916. Sabemos, gracias al presbítero D. Conrado Poveda, que ambos altares, el mayor y el de San Antonio, con su imagen, fueron bendecidos por delegación del obispo de Orihuela y se inauguraron el 25 de julio de 1916.

San Antonio tenía en Petrer su propia cofradía y en la década de los años 20 y 30 del pasado siglo, para conmemorar su festividad su imagen se colocaba durante el novenario que se celebraba en el altar mayor de la iglesia. El traslado del santo se hacía desde la capilla del sagrario y también se realizaba una procesión que recorría las calles de Petrer. Durante la Guerra Civil la imagen fue destruida y, tras la contienda, el 13 de diciembre de 1939, fue bendecida una nueva imagen que adquirió en Bilbao el ingeniero petrerense D. Luis Andreu Navarro.

En el aspecto más lúdico y ancestral la festividad de San Antonio siempre se ha celebrado y vinculado a la costumbre de encender hogueras. Los más mayores coinciden en que las hogueras en Petrer siempre se hicieron en el mes de junio, la noche anterior al día 13, festividad de San Antonio de Padua, y recuerdan cómo iban por las calles pidiendo leña y otros objetos para quemar con la cantinela de “Una llimosneta per a Sant Antoni, oli, oli”. Y además, los miembros de la cofradía, solían salir los domingos de cada semana, pidiendo para “el pan de los pobres”.

San Antonio de Padua es patrono de las mujeres estériles, de los pobres, de los viajeros, de los albañiles, panaderos y papeleros y a él acudían los jóvenes creyentes para encontrar un buen esposo o esposa.

Por los muchos vínculos que tiene este santo con Petrer: la calle que lleva su nombre con la hornacina de su imagen, las hogueras en su honor y las célebres y concurridas fiestas que se celebraban en esta singular vía de nuestro centro histórico serán objeto de próximas crónicas.

Fuente: https://www.valledeelda.com

COLUMNAS PARA UN MAR CLÁSICO


‘Barraquetes’ y tendederos. En 1929, ‘les barraquetes’ y sus famosos tendederos de ropa de baño, junto al balneario. / LP

FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA

Cultura y civilización entraron en Valencia por la puerta abierta del mar. Y la playa fue el mejor escaparate de novedades para los cambios del mundo. Entre 1910 y 1940, todas las convulsiones y credos, todas las tragedias y fascinaciones de un mundo en transformación pasaron por la playa de los valencianos, espejo de toda una sociedad. Las Arenas vistió con columnas clásicas sus nuevos baños en sólidas pilas de piedra. Mientras, en la arena, la aviación y el cine, el automóvil y la radio dejaban su huella en un espacio abierto nacido como un palenque de ideas, modas y renovaciones. Abierta a todos, la playa se adaptó a los tiempos nuevos y fue en pocos años, sin dejar de dar paella todos los días, la del canotier, la falda plisada, el albornoz, el charlestón, el cine sonoro, el gorro frigio y el mono de miliciano.

Monsieur Mamet despegó con su aeroplano desde la explanada de la Malvarrosa pero su vuelo gallináceo duró poco y dio con él en el agua. Era la primavera de 1910 y todos se quejaban: los que le rescataron, a causa del frío; los que habían pagado entrada, a causa de la escasez de espectáculo. Pero hubo más vuelos, algunos exitosos, y los valencianos aprendieron lo que era una avioneta en la playa mismo, un campo de experiencias donde más tarde conocerían el cine de Charlot y el de Greta Garbo, e incluso años después el nuevo cine sonoro.

Inversión millonaria

Hacia 1917, pese al desánimo y la falta de todo que causaba el bloqueo marítimo de la Guerra Mundial, el propietario del balneario de Las Arenas decidió usar el as de oros e invirtió un montón de duros en la construcción de dos grandes pabellones, a modo de templos romanos, que estarían circundados por columnatas clásicas. Uno albergaría un restaurante de calidad y el otro un balneario concebido con los mejores elementos de su tiempo, incluyendo grandes pilas de piedra labrada; el mar, siempre el mar, sería el telón de fondo, ahora entre evocaciones de navegantes clásicos.

Francisco Iranzo construyó los dos edificios que desde 1920, ahora hace un siglo, se convirtieron en los sólidos símbolos de un balneario renovado. El balneario abrió sus puertas a los clientes de un comedor elegante, mientras los clientes de menos exigencia se quedaban a pie de playa, donde también había recursos de todo tipo. En verano, Las Arenas era un parque temático y de atracciones: además de los baños de siempre, la empresa programaba verbenas, veladas musicales, concursos infantiles y cine nocturno.

En el verano de 1918, pese la guerra y la gripe, la familia Alfonso se sumó como competidor al balneario «de toda la vida». El nuevo establecimiento se llamó las Termas, usando un nombre de evocaciones latinas, y combinó la buena mesa con los cuidados y placeres del agua y el baño. Después, cuando lo regentó el Hotel Reina Victoria, las Termas llevaron apellido de Victoria.

Un pabellón sobre el mar

Los cambios de la playa señalan la ambición de novedades de los valencianos: había que ir a más y en 1926 se encargó la construcción de un pabellón acuático de madera, con planta en forma de cruz, que se adentraría en las olas y se sustentaría sobre pilotes. Montado en pocos meses, fue la nueva característica de la playa de Valencia y se hizo más popular que los pabellones de columnas a la romana. Abierto, permeable a la brisa, los comensales creían estar flotando sobre las olas en los días de agobio y poniente. En esos años cruciales de la dictadura de Primo de Rivera, la estampa clásica de Valencia añadió dos joyas a su corona: el pabellón municipal de la Feria de Julio, reconocible por sus tres cúpulas iluminadas, y el edificio «flotante» de Las Arenas. Uno y otro salieron de la imaginación de Carlos Cortina Beltrán, un artista, decorador, fallero y diseñador. Cierto que sus dos obras eran efímeras; pero su desaparición deberíamos mirarla los valencianos con calma.

La prensa de papel couché

La prensa de papel satinado, el reportaje de tono social con poco texto y muchas imágenes tuvo en la vida social de la playa un foco continuo de noticias. Primero fue la revista «Impresiones», de González Martí, la que aludió en sus viñetas al mundo cambiante de la playa, con chistes de maridos gordos y esposas exigentes. Después vendría «El Guante Blanco», propiedad de Maximiliano Thous, con versos, chistes y dibujos sobre la moda y sus cambios al borde del mar. «La Traca» puso la guindilla picante en los escotes crecientes y las faldas menguantes, con sal gorda a la valenciana. Y en el declive de la dictadura, la revista «La Semana Gráfica», de los Casanova, es la que mejor se ocupó de la vida social en la playa de la ciudad.

Los testimonios gráficos reflejan la aparición de modas nuevas para el baño y para tomar el sol. El mobiliario de mimbre y las sillas componen paisaje, las damas mayores apenas habían cambiado su atuendo negro desde Cánovas y Sagasta, pero la juventud se cortaba el pelo de otro modo y vestía sin temor a descubrirse algo más. Es el tiempo de Max Linder y Rodolfo Valentino, el de los actores que van a tener que aprender a hablar frente a un micrófono.

Hay una impresionante fotografía de la viuda de Blasco Ibáñez, enlutada, que se asoma a ver el mar en la balaustrada de la casa familiar de la Malvarrosa. La franja de arena es menos de la mitad de ancha que la del siglo XXI porque la playa es la misma pero se recrece para poder servir a más y más valencianos.

Blasco había muerto en el exilio de Menton, en 1928, y sus restos no fueron traídos a Valencia hasta que la República estuvo instalada en 1933. En cuando a Joaquín Sorolla, murió antes, en 1923, en Cercedilla y fue enterrado en Valencia entre el dolor de todos sus alumnos y admiradores. Pero fue en ese mismo 1933 cuando el Ayuntamiento de mayoría blasquista le hizo en la playa misma un monumento, en forma de columnata, que la riada de 1957 derribó y todavía no se nos ha ocurrido reconstruir con las columnas que deben estar en algún almacén oxidado.

Los fotógrafos de playa ocultaban la cabeza bajo un paño negro y enfocaban de maravilla aunque veían a los personajes del revés. Hay coleccionistas de posados playeros de todo tipo, expertos en reunir, como el que caza mariposas, estampas perdidas de las guapas y los graciosos de 1929, de los marineros de agua dulce de 1932 de las matronas de familia, de la abuela vergonzosa y el niño que no se está quieto de ninguna manera en los días en que la República encontraba en la playa un remanso de calma justo al lado de la ajetreada ciudad.

Una playa en el «Levante feliz»

El 18 de julio de 1936 mucha gente estaba en la playa, como es natural. Pero desde ese día las cosas cambiaron por completo, España se partió en dos y Valencia quedó del lado de la legalidad republicana para que la playa, ahora, fuera el lugar más lejano posible de los frentes de Teruel y de Madrid.

Hemingway estuvo aquí. Comió arroz en La Marcelina y La Pepica y bebió coñac y rioja en todas partes. Buscaba buenos reportajes de guerra, a cinco dólares la línea y pronto escuchó el reproche de que en Valencia, sobre todo en la playa, se vivía estupendamente bien. Y es que en medio de la guerra, tan llena de odios, muerte y desgracia, los españoles supimos añadir envidias mal informadas. Y fueron periodistas de Madrid, desde luego republicanos, los que inventaron el remoquete del «Levante feliz» para calificar el tipo de vida de una ciudad donde la retaguardia fue torpemente confundida por una especie de paraíso con vistas al mar.

Desde ese mar, no se olvide, fue bombardeada la ciudad por los barcos nacionales. Por ese mar, desde Mallorca, llegaban los bombarderos italianos que machacaron el puerto y de paso medio distrito marítimo. Una de las bombas, oh casualidad, reventó el pabellón de Las Arenas dedicado a restaurante, que perdió la techumbre y quedó con las columnas como cáscara. En cuanto al pabellón flotante apenas se sabe que dejó de flotar.

Fuente: https://www.lasprovincias.es

‘ISMAEL GRANERO FAYOS, MÚSICO MAYOR DEL EJÉRCITO DE TIERRA’, UN ARTÍCULO DE ALFONSO ROVIRA

ALFONSO ROVIRA. CRONISTA OFICIAL GRÁFICO DE ALZIRA

Ismael Granero Fayos

Músico Mayor del Ejército de tierra

Director de la Orquesta Sinfónica de Girona; de Santa Cruz de Tenerife; Banda Militar de Alicante; Banda Española de División Azul; Banda Militar de Granada; Banda de la Academia General Militar de Zaragoza; Orquesta Sinfónica de Zaragoza y del Regimiento “Guadalajara 20”, de Valencia.

1901 – 1967

Xátiva, que fue siempre cuna de artistas en el campo de la pintura, la escritura, las letras y otras diversas expresiones del arte, no podía escapar de serlo de músicos verdaderamente notables. El maestro Ismael Granero Fayos, fallecido en agosto de 1967, ciertamente fue una de las glorias de Xátiva en el ámbito musical. Su vocación se manifestó de manera acusada desde los primeros años en que comenzó a recibir lecciones de su tía, Ramona Fayos, profesora de piano. Toda la familia Fayos, sin excepción, cultivó la música en distintas facetas.

Ismael Granero había nacido en Xátiva en agosto de 1901. Al cumplir los 18 años se traslada a Valencia para seguir estudios superiores de música en en Real Conservatorio. Desde entonces tuvo como padrino musical a su tío, el también ilustre setabense Jaime Fayos Torres, que durante muchos años dirigió la banda “Sociedad Musical Lira Castellonense”, de Castelló de la Ribera -Villanueva de Castellón-, con notable éxito. Fue un gran pedagogo musical que le valió el cariñoso título de “fabricante de músicos”.

Terminados los estudios en el Conservatorio valenciano, Ismael Granero se traslada a Madrid para preparar oposiciones de Músico Mayor del Ejército bajo la dirección del maestro Vega, que fue director de la Banda de Alabarderos, que años más tarde, siendo Banda Real, dirigió el coronel Francisco Grau Vegara. Tan concienzuda fue la preparación del nuevo alumno, así como la aplicación demostrada, que en la primera oposición, en el año 1928, consigue plaza como director de la banda del Regimiento de Infantería de Santa Cruz de Tenerife. Poco tiempo después, en 1930, es trasladado a Girona, donde dirige la banda militar y la Orquesta Sinfónica de la ciudad. Siguió su traslado de Alicante, donde le sorprende en julio de 1936, el inicio de la más incivil de las guerras, siendo detenido a escasos días, logrando escapar embarcando en el puerto esta ciudad, en el crucero argentino “Tucumán”, desembarcando en Marsella. Regresa a España donde termina en plena guerra, dirigiendo la banda militar en Granada. Concluida el fraticida enfrentamiento marcha como voluntario a la División Azul donde forma una banda de música con soldados españoles. Termina la campaña en Alemania es ascendido a capitán en 1943, formando la Banda de Música en la Academia General Militar de Zaragoza, donde permanece largos años hasta volver a Valencia, su tierra, para ocupar su último destino como comandante director de la Banda del Regimiento “Guadalajara 20”, donde al llegar a la edad reglamentaria, sesenta años, pasa a la situación de retirado.

Destaquemos de manera especial su actividad musical en orquestas y bandas civiles. En su haber la organización de la Orquesta Sinfónica de Zaragoza, durante sus años de permanencia en la capital aragonesa. Dando conciertos en el Teatro Principal de la calle del Coso, con la pianista zaragozana, Pilar Bayona. El 12 de octubre de 1949, dirige un concierto donde participaba el famoso pianista valenciano, José Iturbi. Así mismo dirigió la Orquesta de Radio Nacional de España. En diversas ocasiones dirigió la Orquesta Municipal de Valencia, de manera especial en los conciertos organizados por el capitán general de la III Región Militar, a beneficio de viudas y huérfanos militares, una de cuyas audiciones tuvo lugar en el Gran Teatro de Xátiva, donde el 27 de mayo de 1950 recibe un caluroso homenaje que le tributan sus paisanos, dirigiendo la Banda Primitiva, de la que era director honorífico.

Ismael Granero también dirigió las banda de Llíria, de Castelló de la Ribera y de otras numerosas agrupaciones musicales.

Aún a costa de haber sido un tanto prolijos en este esquema de su vida artística, hemos pretendido dar al lector una somera idea de la vida musical, de Ismael Granero, a quien tanto se le estimaba en Xátiva, su ciudad natal, como bien se puso de relieve en el momento del sepelio, en el Cementerio Municipal de Valencia, el 19 de agosto de 1967, al que concurrieron infinidad de jefes y oficiales, así como una nutrida representación de diversos sectores sociales setabenses, encabezados por la Junta directiva de la Banda Primitiva Setabense, cuyos músicos había conducido en diversas ocasiones. La presencia de la Banda Militar del “Guadalajara 20”, esta vez sin instrumentos y en mudo desfile, fue el homenaje leal y sincero de los componentes de la agrupación musical castrense que últimamente había dirigido.

Fuente: https://www.nuestrasbandasdemusica.com

PETRER Y SAN BARTOLOMÉ


Iglesia de San Bartolomé Apóstol, principios del siglo XX.

Mª CARMEN RICO NAVARRO, CRONISTA OFICIAL DE PETRER

En Petrer por lo que se refiere a los patronazgos se conoce desde antiguo el de San Bartolomé Apóstol, abogado contra los malos espíritus, titular de la iglesia parroquial desde el siglo XV, mucho antes de la expulsión de los moriscos.

Dentro del ciclo festivo de verano San Bartolomé es una de las festividades más celebradas entre los pueblos de la Comunidad Valenciana, registrándose más de veinte municipios que mantienen su patronazgo, sin embargo, no sabemos cómo ni el porqué de su advocación en Petrer.

Tenemos constancia de la conmemoración de su fiesta desde 1616. En esta época se celebraban tres días de fiesta, asistiendo a ellas el conde si se encontraba en su alcázar de Elda, se celebraba misa solemne con un predicador traído de Alicante u otras ciudades de nuestro entorno, casi siempre solía ser un fraile capuchino, franciscano o de la merced. Sirva como ejemplo las cuatro libras pagada por acuerdo del consejo municipal al predicador Fray Marcos de Petrer, en 1744.

En la Crónica de Josep Montesinos atestigua, en 1430, la parroquia de San Bartolomé Apóstol, perteneciente al obispado de Cartagena y ya contaba con “cura propio para la instrucción, cuidado y enseñanza de sus feligreses”. La noticia más antigua referente a la celebración de la fiesta de San Bartolomé data del 20 de agosto de 1616. Este día el consell particular nombró los mayordomos de la fiesta de San Bartomeu, determinándose también “que se gasten lo que la villa acostumbra donar per a la festa”, lo que indica que esta festividad ya se celebraba con anterioridad. Además, tenemos noticias a través de las actas municipales que en el año 1617 durante la fiesta de San Bartolomé se celebró una corrida con una oveja. En el consejo del 16 de agosto de 1626 se dictamina celebrar dicha fiesta que los consejeros de la villa tienen obligación de hacer al patrón del pueblo, San Bartolomé, todos los años.

En 1783 se bendijo templo y la de la imagen del santo titular. En muchas poblaciones de la Comunidad Valenciana es frecuente encontrarnos con dos o más santos como patronos titulares de las ciudades o villas, este sería el caso de Petrer. Junto al patronazgo de San Bartolomé nos encontramos con el de San Bonifacio, a diferencia del primero que no conocemos cómo fue nombrado, sabemos que en 1614, los jurados, el justicia, el cura párroco y demás miembros de la comunidad hicieron voto de patronazgo y fiesta de guardar a San Bonifacio Mártir el 14 de mayo, para que con sus oraciones intercediera ante su “divina Majestad” preservando a la villa de granizos, piedras, rayos y otras inclemencias del cielo (Navarro Poveda C., 1998).

Tras la Guerra Civil, a iniciativa del Ayuntamiento, se recuperó la fiesta de San Bartolomé la cual, a los dos años, pasó a celebrarse en día festivo. En la década de los años 50 y hasta mediados de los 60 del siglo XX la víspera, tras los acordes de la Marcha Real, se disparaba una alborada, desde la plaça de Baix, al igual que la de la víspera de la Virgen del Remedio. Era típico que el día de San Bartolomé, tras la misa mayor, se disparara una mascletà y que al finalizar la misma, el alcalde Nicolás Andreu invitara a toda la corporación a un aperitivo en su casa. Por la tarde se sacaba la imagen del santo en procesión y al paso de la imagen por el ensanche del Derrocat, desde la actual plaza de Azorín, se disparaba una mascletà que revestía gran espectacularidad.

La noche de San Bartolomé hasta hace unos años era típico que los vecinos de Petrer se juntasen en la font del Pessic para degustar la refrescante sandía. Era típico ir a comprar la sandía o el melón más grande para comerlo este día, estos melones vacíos servían para hacer faroles o con una vela dentro, que alegraban los patios de las casas en estas noches veraniegas.

También coincidiendo con la fiesta del titular de la parroquia de San Bartolomé se celebró durante varios años el popular baile de la Miss que será objeto de otra crónica.

La fiesta de San Bartolomé fue perdiendo entidad a medida que la población empezaba a desarrollar tareas productivas del sector industrial, rompiendo con ello la primacía del ciclo agrario. En los últimos años ha sido la propia parroquia de San Bartolomé a través de su consejo parroquial, la que organiza un pequeño refrigerio al finalizar la misa con predicador, celebrada en honor del santo. También tras la misma se disparan fuegos de artificio.

Fuente: https://www.valledeelda.com

PATRIMONIO VIARIO

MIGUEL APARICI NAVARRO | CRONISTA OFICIAL DE CORTES DE PALLÁS

No hace tanto que empezó a admitirse el atrincheramiento y los nidos y los bunkers como ‘castellología’ militar; iniciando su aparición en folletos excursionistas, como los de la línea XYZ republicana. También nos sorprendió la primera ‘Ruta de los hornos de cal’; que vimos referida a las tierras de Fontanars dels Alforins. Así que no se sorprendan si les propongo la recuperación memorística de nuestro patrimonio viario; el valenciano, claro. Les voy a exponer algunos hitos.

DE ÁRBOLES. Si revisamos películas en blanco y negro, de nuestra postguerra, junto a las avenidas nuevas de un Madrid hoy irreconocibles hallaremos imágenes de una Castilla plana y seca; en la que destacan líneas de arboledas, flanqueando los caminos. Marcaban rutas en la distancia, fijaban márgenes, daban sombra en los mediodías quemantes a los no raros caminantes o arrieros entre pueblos vecinos y distantes.

Un día, alguien dijo que los ‘seiscientos’ se estrellaban contra ellos y se mataba la gente. Más tarde, fueron las ampliaciones de calzada los verdugos ecologistas, que no supieron o quisieron retranquear alamedas y choperas. De aquello queda poco, pero algunos vestigios (porque ahora tienen ‘biondas’ por delante…) pueden hallarse. Y es un gozo, para la vista, encontrarse esos tramitos sombrajeados por los caminos valencianos del interior; aunque llevemos el aire acondicionado puesto.

DE HECTÓMETROS. De los hitos kilométricos mejor no hablar. En el menos malo de los casos, los han amontonado en rotondas. Pero los hectómetros… a algunos les resultarán entrañables; porque están, prácticamente, desaparecidos. Queridos marcadores de nuestra juventud dominguera, que nos indicaban los cien metros recorridos y que íbamos contando por la ventanilla aireadora.

‘Ladrillazos’ enanos, redondeados por la cabeza e incrustados en el suelo, pintados de blanco; con una grafía en negro de trapa, dividida por línea horizontal, que montaba centenas cambiantes sobre el kilómetro común denominador.

Es hoy una sorpresa buscarlos como setas en la carretera que sube hacia el Marines viejo; donde una nueva inmatriculación metálica los ha sustituido. Curioso y raro camino, con hectómetros repuestos. ¿Será un experimento?. Pero si buscan reliquia casi secular: sigan el tramo Alpera-Carcelén (Albacete), cuando se abomba entrando en el término de Ayora. Allí sigue la ‘mano incorrupta de Franco’.

DE QUITAMIEDOS. Los de bloques acementados, claro. Las bandas metálicas de ahora, y sus suplementos anti-cizalla moteros, tienen escaso interés. Los sucesivos, decimos, con aperturas economizadoras de material por las que no cabía a precipitarse un turismo al abismo. Los que servían para sentarse, un momento, a los andariegos. Los que preservaban del pánico a los alevines conductores, en las zigzagueantes cuestas barranqueras. Les confieso que mi número ‘diez’ está en el tramo desde ‘Puente Alta’ (río Turia) a Calles, donde el viejo asfalto terraplenero -cuasi abandonado- muestra el ejemplar de museo que componen la hilera de pilares estrechos y altos que une una vieja tela metálica, antaño, pintada.

DE PUENTES. Aquí sí que hay posibilidades de verdadero catálogo. Arco o arcos. Pretil. Carenamientos de bases laterales. Sobre ríos, barrancos o vaguadas. Cada curso con su salto o libramiento. Algunos, sin nada que envidiar a la fama de los de Madison. Estos en piedra, picapedrada de maestro, almohadillada de aspecto. En revueltas aparcadas por rectificaciones del itinerario. En entradas de pueblos, sobre el barranco local de antaño lavar las mujeres. En gargantas de ‘puenting’. ¿Han detenido alguna vez su vehículo, para bajar a admirarlos?. Les recomiendo un ‘top ten’, entre Aras y la rinconada de Ademuz. Arco volado sobre el Guadalaviar. Vale la pena ir al lugar, a almorzar (con vino del ‘Alto Turia’).

Lástima, como siempre, de ‘autoridades pertinentes’. Las que no saben, o no quieren, explanar aparcaderos y poner carteles.

DE CASAS DE PEONES CAMINEROS. Merecerían mucho más espacio, pero hasta estas líneas son finitas. Iguales, familiares, a tramos de seis kilómetros y anunciadoras sobre paneles yeseros esquineros (altitud sobre el mar, distancias a…). Y tapiadas y abandonadas. ¡Pobre patrimonio vial de la Diputación Provincial!. Tomen un día su coche y empiecen desde Picassent. Llegarán hasta Alborache, pasando por Turís, descubriéndolas y contándolas. Diviertan a los niños. Háganles fotos, antes de que -pese a su recia estructura- perezcan. Si…, vía Macastre y embalse de Forata y masía de Quinete, quieren llegar hasta la última: tomen dirección a la Fuente de la Chufa y al altiplano de El Oro. Lleven neverita, con cervecita fresca; ya que el monumental manantial es, ahora, sólo un irreconocido patrimonio viario.

Fuente: https://www.lasprovincias.es

‘BARRAQUETES’, LA PLAYA COLORISTA Y PROVISIONAL


¡Al agua patos!. Portada de ‘Nuevo Mundo’ en el verano de 1910: obsérvese la indumentaria de baño. / LP

FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA

El balneario Las Arenas, en pocos años, vino a sustituir a las instalaciones flotantes de un puerto que reclamaba más espacio. Y se convirtió en la casa de baños más frecuentada por los valencianos, siempre con el debido respeto a ‘les barraquetes’, el conjunto de casetas de baño de quita y pon que nacía cada verano en la playa del Cabañal. El Ostrero, el restaurante Miramar y la ya más aristocrática instalación de la sociedad del Tiro de Pichón habrían de ser, durante más de medio siglo, las atracciones de playa más frecuentadas durante el veraneo de los valencianos.

Los ‘adinerados’, entre los que había algún conde con fecha de caducidad y no pocas ‘viudas de…’, hicieron de la calle de la Reina, en el Grao, un influyente núcleo de vacaciones que se quejaba en la prensa y lograba del Ayuntamiento mejoras y soluciones. En 1901, cuando se pusieron las primeras luces eléctricas para sus fiestas de agosto, un reportaje de LAS PROVINCIAS hizo hablar a un personaje mayor que rememoraba los días felices -siempre «hace cuarenta años»- en que proliferaban verbenas, excursiones, bromas, bailes y la horchata corría a raudales. «Ahora, el veraneo, especialmente en la calle de la Reina, se reduce a tomar el fresco en una butaca», decía el veterano entrevistado, algo alicaído. Los perfiles iban cambiando y el tranvía eléctrico hacía posible ir y venir en el mismo día de la ciudad al mar.

El antiguo veraneo de alquiler era otra cosa y las casas se convertían en viviendas estables. El barrio marinero se modificó a impulsos del puerto y con el nuevo siglo menudearon almacenes y fábricas, talleres de tonelería y material náutico. Los encantos de antes estaban ahora en otros lugares. En La Arenas, desde luego, con el tranvía a pie de taquilla, la clientela era fija. Pero también lo era, con mucha menos etiqueta, en ‘les barraquetes’, las instalaciones de tablones y cañizo que se montaban cada año en primavera, cuando los temporales de invierno ya no eran amenaza. Un reportaje del día de San Juan de 1901 nos dice que ese año fueron 40 las construidas, 26 para mujeres y 14 para hombres; y que los merenderos llegaban ya a 46.

La familia en la playa

Con tranvías eléctricos, el día de playa, ocio y almuerzo familiar se hizo posible por poco dinero. Con la ventaja de que se toleraba la modalidad modesta de llevar la comida de casa y solo consumir las bebidas. El periódico anotó los nombres: La Guitarra y la Mari Blanca, El Sol y El Tranvía, El Nano Fart, Les Devanaores, Rosaura, El Ferrocarril, El Miriñaque, Delicias del Mar, El Amonquilí… En ese caldo de cultivo, no es raro que las mujeres de los marineros de la «peixca de bou» se pusieran a los fogones y abrieran brecha en el turismo local; así nacieron La Marcelina y la Pepica, La Muñeca y La Rosa, que han llegado hasta nuestros días. Sus edificios estables, negocios de larga tradición, se levantaron sobre el suelo que ocuparon los barracones de los bisabuelos.

Por la tarde, en una enorme explanada de arena, las traseras de los barracones de baño se convertían en tendedero de los trajes de baño y las toallas usados por la mañana. Los ambulantes vendían barquillos, gaseosa fresca y agua de cebada; galletas de aceite y azúcar y «aigua fresqueta de la Font del Gas». En otras parcelas de la enorme playa, los sogueros daban las últimas vueltas a las ruedas de torcer cabos y los calafates recogían las herramientas. «Les peixcateres», con sus grandes cestos, se aproximaban a la orilla en espera de las barcas; el viaje de las tartanas cargadas con los frutos del mar tenía como destino el mercado.

El pintor y el escritor

¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Se inventó Sorolla un mundo plástico palpitante de sol o fue ese escenario el que le capturó y le hizo esclavo de una pintura exultante de colores? Se podría decir que el artista fue el instrumento de un mundo existente que necesitaba saltar al mundo y convertirse en tópico. Lo que está claro es que el joven Joaquín ya pintó a la ‘otra Margarita’, detenida por la guardia civil, dentro de un vagón ferroviario que alquiló en los apartaderos del Grao. Luego buscó niños y pescadoras con pañuelos a la cabeza, abuelas y marineros que quisieran posar, tanto para sus reflexiones sociales como para sus vibrantes escenas de mar. «Las Provincias» le entrevistó entre lonas, pintando, un día de 1898: «Açí estic, fent cosetes», mientras sus brazos y el rostro tomaban el color del bronce.

Por aquellos años, otro joven valenciano, Vicente Blasco Ibáñez, se tropezó con él en la arena mientras tomaba apuntes para ‘Flor de Mayo’, editada en 1895. «Fuimos como hermanos», confesaría el autor años después al recordar una amistad en la que la evocación de la playa valenciana era mucho más, y más honda, que el simple aprovechamiento de un escenario plástico o social. El jolgorio de ‘les peixcateres’, su descaro en la tartana, camino del mercado, se unió a la angustiosa espera de las mujeres a que las barcas regresaran capeando el temporal.

Los sombreros de la Exposición

El rey Alfonso participó en una regata dentro de la dársena en su viaje para inaugurar la Exposición Regional de 1909. Corrió a toda mecha conduciendo su coche por una avenida del Puerto festoneada de baches, y pisó la arena de Valencia aunque en las instalaciones aristocráticas del Tiro de Pichón. Era mayo, y «les barraquetes» estaban empezando a montarse; seguro que las pudo ver, cigarrillo en mano, entre el mar de sombreros elegantes de las damas de la buena sociedad. La playa, donde poco antes habían dormido aquellos viejos que esperaban ver llegar de Cuba el barco donde volvía el hijo soldado, se preparaba para un verano lleno de alegría y ganas de vivir. Ni los más cenizos soñaron que meses después, en agosto, volvería a sonar el tambor de la guerra de África y España se desencajaría en la Semana Trágica de Barcelona.

Valencia, la de la playa extensa, trabaja y sueña sin cesar. En la Exposición tuvo por primera vez un himno que dice lo que dice. Ocio y negocio en apenas una milla de territorio: el puerto, siempre esperando la oportunidad de crecer, y la playa, nacida para pescadores y marinos que comparten el disfrute con un pueblo que se explaya y pierde el sentido del tiempo cuando llega la brisa de la tarde.

Botijo popular y pamela elegante, tranvía de rippert y vermut con sifón. Hay un sillón de mimbre que han puesto mirando al mar y velas anaranjadas que regresan despacio al atardecer. Los bueyes colorados chapotean en exclusiva para un pintor y hay un boyero que fuma una pipa de aromático tabaco de Alboraia.

Una casa junto al mar

El escritor, en 1904, se dejó retratar en familia para ‘Blanco y Negro’. Se había construido una casa junto al mar, en una playa que se acababa de bautizar como la Malvarrosa. Robillard, el perfumista, plantó junto al mar una extensión de lavanda y flores de mil aromas. Blasco escribió que las gaviotas golpeaban los cristales del miramar de su estudio. Lienzos y páginas, estampas de sol y sombra, se dieron la mano para configurar un ideario local con valores universales: «¡Y aún dicen que el pescado es caro!», fue la denuncia del accidente del pintor, pero también la última frase de la novela del escritor. «¡Triste herencia!», la estampa de los niños escrofulosos al borde del mar, subrayó la labor de los hermanos de San Juan de Dios en el sanatorio. Allí, en el Asilo del Carmen, en otros establecimientos, niños y mayores, desheredados y enfermos buscaron el alivio del yodo y la brisa marina; pintarlos, escribir de ellos, era el contraste necesario de esas puestas de sol que se cuelan por las rendijas de la caseta y buscan la carne morena de las bañistas.

Pero hubo otros pintores. Emilio Sala acudía a Las Arenas cada verano, con su cámara y su chambergo, huyendo de los calores de Madrid. Músicos, políticos, periodistas y actores hicieron el camino de la capital en busca del éxito pero regresaron en verano a la playa como si cumplieran en un santuario su devoción. Y luego estuvo Ignacio Pinazo, el que nunca viajó, que nos dejó una serie de tablillas mínimas, esbozos y apuntes impresionistas: una vela y una sombrilla, una ola y la mancha blanca de un sombrero que deja una cinta volando al viento. La playa siempre se ofrecía como nueva aunque el faro empezaba a destellar siempre a la misma hora.

Fuente: https://www.lasprovincias.es