Vista de Sagunt en el primer terç del segle XX. lledó
LLUÍS MESA I REIG, CRONISTA OFICIAL D’ESTIVELLA
El 1920 es va iniciar amb l’amenaça de la grip. Ningú no
esperava que, 100 anys després, la societat quedara muda per una altra pandèmia
que silenciara la societat i no permetera que les lletres de la secció De Cent
en Cent acompanyaren periòdicament el lector i la lectora. Sortosament hui, des
del record a les persones que no estan o l’han patida, torna a caminar per on
es quedà: la primavera de fa 100 anys.
L’arribada de maig del 1920 va estar carregada de
conflictivitat social i incidents. Així la festivitat de la Mare de Déu dels
Desemparats, amb gran devoció a la comarca, es va suspendre el segon diumenge
de maig i es va passar a la tercera setmana del mes, concretament el 18 de maig
Eixe mes va ser notícia a Sagunt la supressió per part de
l’Ajuntament de la salutació «Ave Maria Puríssima» als vigilants nocturns. Eren
les paraules amb les quals iniciaven el cant de les hores. El corresponsal del
Diario Valencia redactava el dia 4 un escrit de protesta per la «sinrazón,
inoportunidad e impopularidad» de la decisió. Segons ell, havia estat presa pel
regidor Peris Escamilla i fou subscrita amb el seu vot pel senyor Pitarch. Per
a l’autor d’eixes línies, este i uns altres motius eren arguments que feien que
hi haguera un mal govern municipal. Esmentava, a tall d’exemple, com no
funcionava el pesatge del mercat, ja que «seguimos comprando los comestibles
faltos de peso». Demanava que la ciutadania mostrara la més enèrgica protesta.
Entre les festivitats religioses comarcals celebrades abans
de l’arribada de l’estiu, cal destacar la del Cor de Jesús a Benifairó de les
Valls. El 18 de juny va iniciar-se amb un tridu de preparació en el qual van
destacar els sermons del rector. El 20 de juny es va fer la missa major. Es
cantaren el Ponticalis de Perosi i els motets d’ Eslava, Comina i Giner. De
vesprada, es va realitzar la processó pels principals carrers de la població.
L’esdeveniment extraordinari del mes fou l’arribada del nou
arquebisbe Enrique Reig Casanova. Procedia de Tarragona, on estava de bisbe, i
es dirigia a València per a prendre possessió del càrrec, tal com així
explicava el Diario de Valencia el 26 de juny. Va ser rebut en l’estació amb la
Marxa d’Infants. L’esperaven els regidors José Escamilla, José Pitarch, Vicente
Pallarés. Hi eren el procurador judicial J osé Perichet i els representants del
Sindicato Católico Agrícola Albino Ariño i Vicente Monzó. Estaven presents els
coadjutors de l’església arxiprestal de Santa Maria Enrique Ruiz Pitarch,
Odilón Mateu i José Lerma. Els acompanyaven el beneficiat José Gil Monzó, el
capellà de la presó Luis Sancho i el coadjutor de l’església del Salvador Roque
Carrera. També van estar presents el rector de Benavites José María Urios i
l’alcalde del poble Eduardo Vila Martínez amb la corporació.
Detenció d’Ángel Torrent
El mes de juny va acabar amb la detenció d’ Ángel Torrent.
Es va entregar el 28 de juny, després d’haver disparat el dia 21 al veterinari
Santiago Vilache Clavel. Este es trobava a l’hospital i el seu estat havia
millorat. L’autor de l’atac va entrar en presó.
A principis de juliol es va inaugurar el nou asil de la Mare
de Déu dels Desemparats. Però eixa i unes altres notícies formaran part del
pròxim De Cent en Cent.
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
De paseo, me tropiezo con una lápida en las Alamedas de
Serranos, a la altura de Blanquerías. Inaugurada por Rita Barberá en octubre de
2007, recuerda el 50º aniversario de la riada; y exhibe un mensaje elemental:
«A la capacitat del poble valencià per a superar catàstrofes i adversitats».
Riadas, revoluciones, bombardeos, asedios, guerras y…
ahora pandemia. Las ciudades pasan por todo, se rehacen en un prodigio de lo
que los cursis llaman resiliencia, o sea el coraje y el aguante de toda la
vida. Unos valores que se están poniendo a prueba después de tres largos meses
de espanto, aperitivo de una dura crisis.
Recuerdo ahora una fecha aterradora: el 26 de marzo. La
curva que había que doblegar era todavía una flecha que subía con más de
ochocientas víctimas diarias. Encerrados en casa, sabíamos que un cuerpo de
sanitarios heroicos estaba dando la batalla de las UCis y los respiradores, y
que la enfermedad se cebaba en las residencias de ancianos. Se palpaba el caos
y crecía ese sentimiento de abandono que preludia al temor. Sin embargo, en lo
más hondo del descontrol de todas las administraciones, los reyes Felipe y
Letizia, ese día, hablaron por videoconferencia con Juan Roig, el propietario
de Mercadona. Y fue como un bálsamo, al menos para mí. Porque noté que alguien,
nada menos que el Jefe del Estado, más allá del frente de los hospitales, se
estaba ocupando de las tribulaciones de millones de personas. De todo el pueblo
español.
Repasemos fechas: ir al supermercado era una de las pocas
cosas que se podía intentar. Y al hilo de aquellos apuros recuerdo con claridad
una frase del empresario valenciano, nacida entre el dolor y el humor: «No va a
faltar de nada. Hay papel para todos». Roig, esta semana, es protagonista del
mejor símbolo de superación y recuperación que tiene la ciudad. Mientras tanto,
Benidorm y Valencia, hoy, se disponen a recibir la visita de los reyes Letizia
y Felipe. Durante noventa días no han dejado de hablar con docenas y docenas de
responsables de la sociedad española, por videoconferencia y en directo. Y han
ido a lugares donde las autoridades del Gobierno no han querido ni asomar la
nariz enmascarada. El Jefe del Estado, ahora, en cuanto se ha podido, ha
iniciado un recorrido regional destinado a inyectar ánimos a todos, pulsar los
resortes de la economía y levantar la moral nacional. Como en las historias más
trágicas de la literatura, este Rey, no lo dudemos, lleva en su alma problemas
y dolores familiares muy graves. Pero está en lo que tiene que estar:
cumpliendo con su deber de representante de la Corona: al lado de un pueblo que
ha sufrido y ahora tiene que resurgir.
George Washington, primer presidente de los Estados Unidos y su amigo de Juan de Miralles. El retrato de Miralles es de Charles Wilson Peale, aunque no se sabe con certeza si corresponde al petrerense.
Mª CARMEN RICO NAVARRO, CRONISTA OFICIAL DE PETRER
La figura de Juan de Miralles y Trayllon nacido en Petrer en
1713 es poco conocida por muchos de nosotros, a pesar de que es un personaje
histórico de gran calibre y que tuvo una importancia fundamental en el proceso
de independencia de los Estados Unidos. Tal día como hoy, el 4 de julio de
1776, se reunieron en Filadelfia 56 congresistas estadounidenses para aprobar
la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América en la cual el
país proclamó su separación formal del Imperio británico. La redactó Thomas
Jefferson con la ayuda de otros ciudadanos de Virginia y en todo este proceso
hasta llegar a la firma de la independencia jugó un papel fundamental este
petrerense.
La Corona española prestó una gran ayuda a los llamados
“patriotas” estadounidenses en su lucha por la independencia de Gran Bretaña de
distintas formas: víveres, munición, infraestructura… No son pocas las hazañas
de la Guerra de la Independencia americana en las que participaron españoles,
cuyas acciones resultaron en muchos casos decisivas para el devenir de la causa
de George Washington y las Trece Colonias. Uno de estos españoles olvidado es
Juan de Miralles Trayllón que viajó a Cuba en 1740, estableciéndose en La
Habana. Desde allí comerciaban con las colonias norteamericanas y, con el paso
del tiempo, congenió con los ingleses asentados en lo que hoy es la costa este
de Estados Unidos, hasta el punto de que, durante la Guerra de Independencia,
formó un servicio secreto que obtenía inteligencia para los “patriotas”
mediante espías. Fue el capitán general de Cuba, Diego José Navarro, quien
nombró al petrerense embajador para negociar con las Trece Colonias.
Miralles se ganó la confianza y la amistad del que sería
primer presidente de EEUU, George Washington. Tal fue la relación que cuando el
General se quedó sin fondos para pagar la soldada de su ejército de patriotas
voluntarios, Miralles, junto con otros comerciantes, reunió oro por valor de
300 millones de dólares actuales y lo enviaron en barco hasta los territorios
controlados por las tropas de Washington.
Juan de Miralles murió, según unos historiadores el 28 de
abril de 1780 y según otros el día 30, de pulmonía en la casa de George
Washington, donde recibía los cuidados médicos de su esposa, Martha, mientras
aún se libraba la guerra de independencia. A su entierro asistió el Congreso de
Estados Unidos al completo, como muestra de agradecimiento por la ayuda que
prestó el petrerense durante el conflicto armado, que continuó después de su
muerte hasta 1783 finalizando con la errota británica en la batalla de Yorktown
y la firma del Tratado de París.
Ya se conocen a los ganadores y ganadoras de la decimoctava
edición de los Premios de Poesía y Narrativa corta en valenciano Vicente Andrés
Estellés, auspiciados por el Ayuntamiento de Benimodo que dirige Paco Teruel.
La atípica celebración de los premios ha resistido el terremoto de la pandemia
del Covid-19, que tanto eventos culturales ha anulado y lo ha solucionado
alargando su periodo de entrega de obras, lo que ha favorecido la
participación, con más de un centenar de trabajos. La ganadora en la modalidad de poesía ha
resultado Martina Gil Ferrer, del IES Pere d’Esplugues de la Pobla Llarga, con
su obra “Una nit plujosa d’abril”. Fue
segunda Vincenta Raducan, del IES Eduardo Primo Marqués de Carlet, con el
trabajo “El clarobscur del cor”. Completó el podio Marttina Breittmayer Díaz
con “Ja no estàs”. Estudia en el IES Hort de Feliu de Alginet. El jurado
también ha propuesta, dada su calidad, la publicación de las obras de Marta
Cardosa González (del IES 9 d’Octubre de Carlet), Julio Rivera Biosca (del
Col·legi La Purísima de Alzira) y Andrea Benedito Álvarez, también de dicho
centro.
Por su parte, en la modalidad de narrativa se impuso Helena
Martí Valero con su obra “Si tanques els ulls”. Es del IES 9 d’Octubre de
Carlet. Han completado el podio Mercé Madramay Pasqual del IES Els Èvols de
l’Alcúdia con “Era una vegada, la historia que no conten” y Carmen Llorens
Hueso del IES Eduardo Primo Marqués de Carlet con “El món de Blai”. Se da la
circunstancia que las seis primeras clasificadas en las dos categorías han
resultado féminas. El jurado también ha propuesto la publicación de los trabajos
de Laura Fargueta Pelufo de Alzira, Paula Mondéjar González de Carlet y Alba
Crespo Martínez también de Carlet.
Por último, la obra ganadora del Premio Didín Puig fue “El
món des de la finestra”, escrita por Pau Peris Pastos, del IES Eduardo Primo
Marqués de Carlet.
Podía participar alumnado
del segundo ciclo de la ESO, Bachillerato y Ciclos Formativos de todos
los institutos de la Ribera. Los premios estipulados por el Ayuntamiento de
Benimodo se sitúan en los 500 euros para los primeros clasificados en las dos
opciones disponibles (narrativa corta y poesía), 300 euros para el segundo y
200 para el tercero. El Premio Didín Puig está dotado con 300 euros. El
tribunal estaba compuesto por Enric Ramiro Roca como presidente y Vicent
Climent y Ernest Llorca como vocales; actuando como asesores, a petición del
alcalde de Benimodo, Paco Teruel; el CRONISTA
OFICIAL DE LA POBLACIÓN DE BENIMODO,
RAFAEL LÓPEZ ANDRADA; y la funcionaria Elena Mendoza Miravalls. El
cartel ha sido obra de Vicent Machí Álvarez, artista local que a pesar de su
juventud ha realizado numerosas exposiciones tanto individuales como colectivas
y está en posesión de importantes premios y menciones por su trabajo.
Aureliano J. lairón, uno de los coordinadores de la obra. Levante EMV
R. A.
El próximo miércoles, 22 de julio, a las 12:00 horas, en el
salón de actos del Ayuntamiento de Alzira tendrá lugar la presentación de la
“Historia de Alzira”. En el acto, que presidirá el alcalde de la
ciudad, intervendrá el vicerrector de la Universitat de València, Jorge
Hermosilla Pla. La “Historia de Alzira” la conforman dos volúmenes.
Consta de casi 1.400 páginas y recoge, junto a las colaboraciones y estudios de
sesenta investigadores, interesante material gráfico (fotografías, grabados, ilustraciones,
cuadros, mapas, planos, etc.).
Codirigida por Ester Alba Pagán (exdecana de la Facultad de
Geografía e Historia) y AURELIANO J.
LAIRÓN PLA (archivero municipal y CRONISTA
OFICIAL DE ALZIRA), ha sido coordinada por los profesores Josep Pérez
Ballester (Prehistoria y Arqueología), Manuel Albaladejo (Historia Antigua),
Antoni Furió (Historia Medieval), Ricard Franch (Historia Moderna), Aureli
Martí (Historia Contemporánea), Joan Mateu (Geografía Física), Juan Piqueras
(Geografía Humana) y Ester Alba (Arte y Patrimonio).
El precio de venta de los dos volúmenes se ha fijado en 60
euros. La obra podrá ser adquirida y retirada por los interesados a partir de
las 12:30 horas del día de su presentación en el Archivo Municipal (c/
Salineras, 1, 1.º).
En el año 1850 se fundó la Asociación del Sagrado Corazón de
Jesús siendo cura párroco de Casinos Don Vicente Plasencia Carceller, ayudado
por el seminarista José Muñoz Murgui de 17 años de edad y que en la actualidad
tiene una calle rotulada a su nombre en Casinos, que estaba compuesta por
ciento cincuenta y seis asociados entre mujeres y hombres. Distribuida en
veinticinco coros y sus correspondientes celadoras que eran las siguientes:
Don Vicente Plasencia, falleció el día 23 de octubre de 1896
y está enterrado en Casinos. En su partida de defunción dice lo siguiente:
“Como coadjutor de la Iglesia Parroquial de Santa Bárbara de la Villa de
Casinos y Masías anexas en la misma, Diócesis y provincia de Valencia, el día
veintitrés de octubre del año 1896 mandé dar sepultura eclesiástica en el
cementerio de esta parroquia, trascurrido que era el debido tiempo, el cadáver
de Don Vicente Plasencia Carceller, cura párroco de ésta, natural de Foyos, de
treinta y siete años de edad, hijo legítimo de José y Francisca. Falleció a las
doce y media, del mismo día (mañana) a consecuencia de “fiebre
tifoidea” según certificación del facultativo que doy fe. Firmado:
Lamberto Soriano.”
Otro de los apellidos que aparece en el listado de las
celadoras de los coros, es “Latorre”. En el año 1799 el día 25 de
enero, en la Iglesia Parroquial de Santa Bárbara de la Villa de Casinos y
Masías anexas, recibe el sacramento del Bautismo un niño, que ponen por nombre
Pablo Francisco Vicente, y es hijo de Miguel Gerónimo Latorre y Mª Rosa Murgui,
los dos naturales de Liria. Repasados los documentos desde 1788, no consta que
se casaran en Casinos, probablemente casaran en Liria. Los abuelos paternos del
niño eran Jopsef Latorre y Manuela Santes, y los maternos Francisco Murgui y
Josefa María Martí, y los padrinos fueron los abuelos Francisco Murgui y
Manuela Santes, todos eran naturales de Liria, pero parroquianos de Casinos, y
casados en Casinos. Este es el primer bautizado con este apellido.
Miguel Gerónimo Latorre, era maestro albañil, fue una
persona muy relevante en la historia de aquellos años, posiblemente el albañil
que intervino en la construcción de la cisterna de la calle Santísima Trinidad
y el fundador de una familia cuyo apellido que se unió con los descendientes de
Juan Rocher y Andrea Murgui, así como con otros apellidos históricos como
Usach, Plasencia, Sancho, por citar algunos, que han configurado la historia de
Casinos. Hoy en esta crónica, vemos el punto de inicio, para poder hilvanar en
parte el árbol genealógico.
Estudiado el censo de 1800, en la casa Nº 17, vivía Josef La
Torre y Manuela Santes, y en la casa Nª 87 vivía Gerónimo Latorre y Rosa
Murgui. En 1915 en la casa 116, vivían Miguel Gerónimo Latorre, Mª Rosa Murgui,
además de tres hijos: Salvador, Tomás y Policarpo.
En el año 1882 las familias con el apellido Latorre que
habitaban en Casinos eran las siguientes: Salvador Latorre y María Muñoz de 27
años de edad ambos, domiciliados en la calle Mayor. Máximo Latorre de 41 años y
María Murgui de 20 años en la calle San Miguel. Tomás Latorre (viudo de 40
años) con sus hijos Salvadora Latorre de 12 años y Ana María Latorre de 9, que
vivían en la calle San Joaquín. Mariano Latorre de 56 años y María Usach de 55
años y su hija Francisca Latorre Usach de 17 años vivían en la calle de la
Santísima Trinidad. En la calle de San Juan vivían: Salvador Muñoz de 48 años,
casado con Tadea Latorre de 46 años, y los hijos eran: Cándida Muñoz Latorre de
17 años, Salvador Muñoz Latorre de 11 años y Margarita Muñoz Latorre de 6 años.
En la calle san José vivían tres familias: José Usach de 37
años casado con Migüela Latorre de 35 años y sus hijos eran: Felipe Usach
Latorre de 10 años, María Usach Latorre de 8 años, Francisco Usach Latorre de 4
años y Margarita Usach Latorre de 2 años. En esa misma calle habitaban: Martín
Muñoz de 43 años casado con Honoria Latorre de 43 y los hijos eran: Carolina
Muñoz Latorre de 19 años, Matías Muñoz Latorre de 17 años, Francisco Muñoz
Latorre de 15 años, Lamberto Muñoz Latorre de 13 años, María Muñoz Latorre de
11 años, Martín Muñoz Latorre de 8 años, Saturnina Muñoz Latorre de 6 años e
Ysidro Muñoz Latorre de 1 año. También en la calle San José, moraban: Salvador
Latorre de 31 años casado con Teresa Muñoz de 29 años con su hijos: Teresa
Latorre Muñoz de 5 años y Daniel Latorre Muñoz de 3 años.
Ese año el apellido Santes ya no existe en el censo de
Casinos.
En los matrimonios celebrados en los años 1879 a 1883 siendo
Cura-Párroco don Vicente Plasencia constan los siguientes: Tomás Latorre con
Rosalía Comeche; en 1886 Salvador Muñoz con María Latorre; en 1887 Francisco
Muñoz Latorre con Carmen Plasencia y Salvador Latorre Usach con Antonia Muñoz.
En 1890 Juan Hernández Miguel con Salvadora Latorre Rocher. En 1892 Matías
Muñoz Latorre con Isabel Sancho Miguel. En 1894 Felipe Usach Latorre con María
Muñoz Usach. Y en 1895 José Usach Muñoz con Ana Mª Latorre Rocher.
Acabo estas letras con ese saludo afectuoso a las personas
que cada día siguen estos escritos y que se interesan por la historia, por los
nombres y apellidos, por los momentos cargados de vida y de silencios que
configuran nuestro devenir, nuestro paso del ayer al hoy, que es la mejor forma
de garantizar el mañana. ¡Cuánta historia detrás de cada familia!
El historiador franciscano Benjamín Agulló, autor del perfil del beato valenciano.
Este 29 de junio de 2020 se cumplen 500 años del nacimiento
en Valencia del beato Nicolás Factor, apenas conocido hoy en su tierra, aunque
la huella de milagros atribuidos a su intercesión se mantiene viva en algunos
pueblos. A muchos les sonará por el nombre de su calle en la ciudad del Turia.
Sin embargo, este franciscano que vivió en el siglo de oro de la mística
española y fue contemporáneo y amigo de grandes santos, gozó él también de
extraordinaria fama de santidad ya en vida por su espiritualidad, su sabiduría
y sus éxtasis. Aparte tuvo dotes artísticas. Hoy en PARAULA lo rescatamos del
olvido.
FR. J. BENJAMÍN AGULLÓ PASCUAL, O.F.M., CRONISTA HONORARIO
Hace algún tiempo un buen amigo mío me preguntó: “¿Sobre qué
columnas apoyaría la vida del Beato Nicolás Factor?” Sorprendido y admirado, a
la vez, creo que no tarde un minuto en contestarle. Sencillo, le dije: La de
ser VALENCIANO; la de ser FRANCISCANO; la de ser SANTO Y SABIO; y la de ser
MÍSTICO. Estas son mis cuatro columnas.
“¡¡¡Magnífico!!!, me dijo, ¿me lo podría explicar?”. Sí,
magnífico de enunciar, pero delicado de explicar. No obstante, por usted, lo
voy a intentar.
De entrada, y sin esfuerzos, quiero afirmar que es una
gloria de Valencia y de la Orden Franciscana, si bien, no suficientemente
conocida.
SER VALENCIANO
En Valencia nace, en la feligresía de San Martín, el 29 de
junio de 1520, siendo bautizado en la ‘pila de san Vicente’ en la parroquia de
San Esteban, por la singular devoción que profesan sus padres, Vicente y
Úrsula, al también valenciano san Vicente Ferrer; devoción que fomentará y
acrecentará Nicolás Factor. Muy pronto, apenas alcanzada la adolescencia,
responderá a la llamada de Dios, consagrándose en la profesión de la vida
religiosa, el día 3 de diciembre de 1538, en el convento franciscano Observante
de Santa María de Jesús, extramuros de Valencia, donde vistiera el hábito el día
30 de noviembre del año anterior. Cursa los estudios eclesiásticos en el
convento de Nuestra Señora del Pino, de Oliva, también de la Observancia,
siendo ordenado sacerdote el año 1544, a sus 24 años de edad.
El desempeño de sus ministerios religioso-sacerdotales, se
desarrolla principalmente en la región valenciana: Santo Espíritu del Monte
(Gilet) -1548-1551-, Chelva -1557-1559-, Val de Jesús, hoy Monte Picayo,
(1568), de los que fue Superior. Fundador del convento de Recolección de
Bocairente. Fue confesor de varios monasterios de Clarisas: Gandía (1561-1565),
La Trinidad, de Valencia (1565) y muchos años más. Incluso de las Descalzas
Reales, de Madrid (1571-1575).
A los 63 años de edad, 46 de vida religiosa y 39 de
sacerdocio, el día 23 de diciembre de 1583 exhalaba, con postrer suspiro, el
‘sursum corda’, con el que entregaba alma y corazón, al Creador, en el convento
de Santa María de Jesús de Valencia, que le viera nacer a la seráfica religión.
SER FRANCISCANO
Ya hemos dicho que el día 3 de diciembre de 1538, en el
convento franciscano Observante de Santa María de Jesús, extramuros de
Valencia, hizo los votos de su consagración religiosa al estilo de san
Francisco de Asís: es decir, en los Franciscanos Observantes.
Los Conventuales diríamos que era el tronco de la Orden y
los Observantes un movimiento, de más observancia de la Regla y vida
franciscana, como una vuelta a los orígenes y a las fuentes de la Orden. En
Valencia tenían los Conventuales su convento, desde los tiempos mismos de la
Conquista, en lo que hoy es la Plaza del Ayuntamiento, ocupando todo su
perímetro actual. Mientras que Santa María de Jesús está sentado, en plena
huerta, a varios kilómetros de la Ciudad. El joven Nicolás Factor, habiendo
nacido cerca del convento de San Francisco, va a la huerta en busca de los
Franciscanos Observantes, ya que su mismo nombre invita ya a una mayor
observancia religiosa. Este ambiente de estrecha observancia, de vueltas a las
fuentes diríamos hoy, es el que escoge Nicolás Factor para su vivencia del
carisma franciscano.
Dadas sus cualidades, en el desempeño de sus ministerios
religioso-sacerdotales, los superiores le encomendarán misiones delicadas y de
gran responsabilidad. Definidor Provincial, a la vez que Maestro de Novicios,
Guardián de varios conventos. Su humildad le hizo renunciar al cargo de
Secretario General de la Orden. Hemos dicho que fue fundador del convento de
Recolección de Bocairente. Los Recoletos es otro movimiento de mayor rigor en
la profesión de la Regla Franciscana, dentro de la misma Observancia. Diríamos
que vivió entre los mejores franciscanos de su época, reputándose “caña vacía”.
SER SANTO Y SABIO
Formado bajo los cánones de la reforma de Trento, es
contemporáneo de Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola, Pedro de Alcántara, Juan
de Ávila, Francisco de Borja, Juan de los Ángeles, Pascual Bailón, Andrés
Hibernón, Gaspar Bono, Luis Bertrán, Juan de Ribera, y un largo etcétera,
uniéndole una estrechísima y santa amistad a muchos de ellos, especialmente a
su conciudadano San Luis Bertrán.
El marco de sus amistades, nos señala el grado de su
formación, y la profundidad de su vida espiritual, dentro del ambiente de las
escuelas y corrientes teológicas de su época, muy controvertidas, en tantos
aspectos. Su acendrada piedad y su saber teológico se vieron favorecidos por su
cuidada formación humanística y por su temperamento artístico, por valenciano y
por franciscano. Pintor, músico y escritor. Buen poeta, en latín y en
castellano. Gran aritmético.
La Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia
se gloría de tenerlo entre sus profesores beneméritos, y acuñó una medalla
conmemorativa, con ocasión de su beatificación. Su obra literaria, no muy
extensa, fue recopilada, en gran parte, por el P. José Melió, en los Opúsculos
del Beato Nicolás Factor, que publica el año 1797. Es una “sabrosa muestra de
la galanura clásica de su pluma, que revestía con imágenes maravillosas
sublimes enseñanzas místicas”, en decir del P. Jacinto Fernández.
SER MÍSTICO
Pero pese a las divergencias y desviaciones ideológicas de
la época, Nicolás Factor busca, ante todo, servir a Dios y cumplir su santa
voluntad, alcanzando, por gracia, ser uno de los varones más extáticos de su
tiempo. Eran constantes sus raptos.
La iconografía nos ha legado su imagen, mostrándonos su
corazón, casi siempre, con la leyenda “sursum corda”, que simboliza su
elevación de miras y cuya expresión le llevaba al arrobo místico, de lo que dan
testimonio sus biógrafos contemporáneos. A los 63 años de edad, 46 de vida
religiosa y 39 de sacerdocio, el día 23 de diciembre de 1583 exhalaba, con
postrer suspiro, el “sursum corda”, con el que entregaba alma y corazón, al
Creador, en el convento de Santa María de Jesús de Valencia, que le viera nacer
a la seráfica religión. Allí queda la Capilla, donde se veneraban sus restos,
con bóveda decorada por López.
Pío VI le declara Beato, con su breve de 18 de agosto de
1786, y Valencia celebra la Beatificación de su preclaro hijo, el año
siguiente, con fiestas de iglesia y de calle; con luces y músicas. El entonces
arzobispo de Valencia, su hermano de hábito, Fr. Joaquín Company, ordena que se
abra una avenida directa, entre campos y caminos, desde la fachada de la
Iglesia de Santa María de Jesús hasta las murallas de la Ciudad, convertida hoy
en la espaciosa calle de Jesús, para el traslado de los restos mortales del
santo fraile franciscano a la santa Iglesia Catedral Metropolitana. Allí será
expuesto a la veneración y devoción de los fieles, durante los días de
celebraciones festivas, volviendo al reposo de su sepulcro de la iglesia de
Jesús, hasta que manos despiadadas lo hicieran desaparecer el año 1936.
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
En manos de un buen guionista, el diálogo de despedida que
sostuvieron el fraile y su madre en el convento franciscano de la Corona, haría
llorar a la mitad de los espectadores y enseñaría a la otra mitad lo que era
entonces, en la España del siglo XVII, una vocación religiosa que llevaba a ser
misionero en la Nueva España. Antonio Margil de Jesús, nacido en 1657 en
Valencia, fue ordenado sacerdote a los 25 años y en 1683 lió el petate y se
alistó para viajar en la flota que salía de Cádiz. A su madre, viuda y sola en
el mundo, le dijo que estuviera tranquila, que la Providencia velaría por ella.
Cuando un fraile -un boticario, un herrero, una moza de
servir o un agricultor- se embarcaban rumbo a Veracruz era como si en este
siglo formaran parte de una expedición a Marte. Era muy seguro que no se les
vería nunca de vuelta; viajar allá era emprender una aventura de muy alto
riesgo con un contrato vital firmado para siempre. Pocas bromas, pues. Poca
frivolidad con la historia de aquellos hombres y mujeres que viajaban bajo las
reglas, riesgos, compromisos, moral y valentía de su tiempo; unos para plantar
maíz, otros para hacer carros, otros, en fin, para vivir con los aborígenes y
enseñarles a leer. En nueve de cada diez casos, sus historias y vivencias están
muy lejos de la explotación y el sojuzgamiento con que hoy vemos las cosas.
Cuando llegaron, el fraile Margil se encontró con el puerto
de Veracruz recién asaltado por el pirata holandés Laurence de Graaf, alias
Lorencillo, y se puso a curar heridas con pus sin tiempo de preguntar nada. El
resto de su vida fue eso mismo: echar una mano, auxiliar en la desgracia y
enseñar la cruz vistiendo el hábito andrajoso de San Francisco. Los que no hace
mucho lo han calculado, suman, en sus vivencias de misión, unos 30.000
kilómetros hechos a golpe de sandalia, desde Panamá hasta San Antonio de Texas,
ciudad que ayudó a fundar casi un siglo antes de que Junípero Serra llegara a
la famosa colina del cartel de Hollywood.
Mientras derriban estatuas de frailes aquí y allá, mientras
Cervantes y Colón pagan los platos rotos de los abusos de algunos policías de
gatillo flojo, fray Antonio Margil de Jesús, bautizado en Sant Joan del Mercat,
tiene en Guadalupe una estatua de cuatro metros protegida por el buen gusto de
los mejicanos. Y el escritor César Salvo, cronista oficial de Villar del
Arzobispo, está empeñado en hacer en Valencia un humilde congreso que dé a
conocer aquella figura a los valencianos de hoy. Lo que ocurre es que el
coronavirus dichoso ha aplazado al año próximo un proyecto que ahora, cuando la
estupidez avanza como pandemia, parece particularmente justo y necesario.
Mi nieta Adriana es preciosa. Tiene seis seductores años y
una sandunguegría que roba los corazones y no es pasión de abuelo (o tal vez lo
sea, no lo sé). Dentro de poco empezará a perder los dientes de leche y a
sustituirlos por los que la acompañarán (ojalá que sí) toda su vida. Ese día le
colocaremos, debajo de la almohada, la pieza perdida, con el propósito de que
la sustituya por algún obsequio, el Ratoncito Pérez. Lo que tal vez no sea tan
conocido es que este simpático personaje nació en el Palacio Real.
Cuando se le cayó el primer diente al rey Alfonso XIII, (que
pasó de la cuna al trono) su madre, la reina María Cristina de Habsburgo
encargó al padre Luis Coloma, autor de las entonces celebradas novelas Jeromín
o Pequeñeces, que escribiera un cuento para el monarca sobre este sucedido. El
jesuita echó mano de un texto francés del siglo XVIII de la baronesa d’Aulnoy,
cuajando un relatillo sobre el rey Buby I (apodo con el que la regente llamaba
al niño) a quien practicaron esta ya popular costumbre. Estaba medio adormilado
el pequeño soberano, cuando le despertó un ruido y vio a un divertido ratón,
con lentes de oro, sombrero de paja, zapatos de lienzo crudo y vestido con
levitón quien, tras dejarle un preciado obsequio, le llevó a la entonces popular
pastelería Prast, del número 8 de la calle Arenal. Allí le presentó a su
familia que vivía en una caja de galletas Huntley, las preferidas del monarca.
Seguidamente acompañó al ratón a llevarle un regalo a Gilito, un niño muy pobre
que vivía en la calle de Jacometrezo. Buby I quedó muy sonrojado por la miseria
de aquella casa. Al regresar al palacio, pensó en Gilito y en todos los niños
pobres y resolvió que, a partir de ese momento, reinaría teniendo presente,
siempre, a los más necesitados. Y colorín colorado…
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