L’Alcora abre el plazo para presentar obras para el Concurs
d’Albades a la Mare de Déu, que alcanzará las bodas de plata en la nueva
edición que se celebrará, como manda la tradición, durante Nochebuena, una vez
finalizada la Misa del Gallo.
La destacada representación popular de la villa ceramista
continúa el proceso para lograr ser declarada Bien de Relevancia Local (BRL).
Por ello, recientemente se ha remitido a la Generalitat valenciana un completo
dossier informativo elaborado y documentado minuciosamente por el CRONISTA OFICIAL DE LA LOCALIDAD DE L’ALCORA,
JOSÉ MANUEL PUCHOL, donde se resalta el interés, la singularidad e
importancia de la albà.
Además, la organización del colectivo Defensa de l’Albà de
l’Alcora y el consistorio han iniciado los preparativos de esta nueva edición,
con la publicación de las bases y la apertura del periodo para presentar las
obras candidatas al certamen, que se extenderá hasta el próximo día 25 de
septiembre.
Orígenes
El inicio de este canto, según manifiesta PUCHOL, se remonta al año 1645 y tiene
un origen popular. El más antiguo estaba dedicado al alcalde y las autoridades
del municipio, aunque, posteriormente, a mitad del siglo XIX, surge la versión
dedicada a la Mare de Déu, convirtiéndose en la más asumida a nivel social.
El legado de ambas versiones continúa vigente en la
actualidad, ya que el ganador del concurso debe componer una nueva obra para la
máxima autoridad local, haciendo referencia en muchas ocasiones a algún aspecto
concreto de la gestión gubernamental durante el ejercicio.
Componentes de la Cofradía de San Antonio de Padua. Entre otras en la última fila de izquierda a derecha : Angelina Navarro ” la de Mases”, Caridad Navarro Segura ( hermana del vicario D. Jesús Navarro ), a la derecha del santo María Andreu, y Asunción Román ( Sunsioneta la de Siro).
Mª CARMEN RICO NAVARRO, CRONISTA OFICIAL DE PETRER
En Petrer desde siempre ha existido devoción por San Antonio
de Padua cuya festividad conmemoramos hoy. La antigua iglesia parroquial ya
contaba con una imagen del santo que se llevó a la ermita de San Bonifacio,
junto al resto de imágenes, mientras duraron las obras del nuevo templo que fue
bendecido en 1783. A lo largo de la historia las imágenes con sus respectivos
altares contaban con el patronazgo de las familias más influyentes y adineradas
del pueblo y sabemos que la primera imagen de San Antonio de Padua perteneció
al Dr. Juan Francisco Rico Vicedo, abogado de los Reales Consejos.
Desconocemos los motivos por los que a principios del siglo
XX se adquirió una nueva imagen del santo y se colocó un “nuevo altar gótico”
en la capilla de la comunión que ocupó el lugar donde con anterioridad estaba
el cuadro del santo, junto a los cepillos. El cuadro estaba situado arriba del
altar de la Virgen del Rosario. En el altar mayor de la parroquia se realizaron
obras que dieron comienzo en 1914 y finalizaron en 1916. Sabemos, gracias al
presbítero D. Conrado Poveda, que ambos altares, el mayor y el de San Antonio,
con su imagen, fueron bendecidos por delegación del obispo de Orihuela y se
inauguraron el 25 de julio de 1916.
San Antonio tenía en Petrer su propia cofradía y en la
década de los años 20 y 30 del pasado siglo, para conmemorar su festividad su
imagen se colocaba durante el novenario que se celebraba en el altar mayor de
la iglesia. El traslado del santo se hacía desde la capilla del sagrario y
también se realizaba una procesión que recorría las calles de Petrer. Durante
la Guerra Civil la imagen fue destruida y, tras la contienda, el 13 de diciembre
de 1939, fue bendecida una nueva imagen que adquirió en Bilbao el ingeniero
petrerense D. Luis Andreu Navarro.
En el aspecto más lúdico y ancestral la festividad de San
Antonio siempre se ha celebrado y vinculado a la costumbre de encender
hogueras. Los más mayores coinciden en que las hogueras en Petrer siempre se
hicieron en el mes de junio, la noche anterior al día 13, festividad de San
Antonio de Padua, y recuerdan cómo iban por las calles pidiendo leña y otros
objetos para quemar con la cantinela de “Una llimosneta per a Sant Antoni, oli,
oli”. Y además, los miembros de la cofradía, solían salir los domingos de cada
semana, pidiendo para “el pan de los pobres”.
San Antonio de Padua es patrono de las mujeres estériles, de
los pobres, de los viajeros, de los albañiles, panaderos y papeleros y a él
acudían los jóvenes creyentes para encontrar un buen esposo o esposa.
Por los muchos vínculos que tiene este santo con Petrer: la
calle que lleva su nombre con la hornacina de su imagen, las hogueras en su
honor y las célebres y concurridas fiestas que se celebraban en esta singular
vía de nuestro centro histórico serán objeto de próximas crónicas.
‘Barraquetes’ y tendederos. En 1929, ‘les barraquetes’ y sus famosos tendederos de ropa de baño, junto al balneario. / LP
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
Cultura y civilización entraron en Valencia por la puerta
abierta del mar. Y la playa fue el mejor escaparate de novedades para los
cambios del mundo. Entre 1910 y 1940, todas las convulsiones y credos, todas
las tragedias y fascinaciones de un mundo en transformación pasaron por la
playa de los valencianos, espejo de toda una sociedad. Las Arenas vistió con
columnas clásicas sus nuevos baños en sólidas pilas de piedra. Mientras, en la
arena, la aviación y el cine, el automóvil y la radio dejaban su huella en un
espacio abierto nacido como un palenque de ideas, modas y renovaciones. Abierta
a todos, la playa se adaptó a los tiempos nuevos y fue en pocos años, sin dejar
de dar paella todos los días, la del canotier, la falda plisada, el albornoz,
el charlestón, el cine sonoro, el gorro frigio y el mono de miliciano.
Monsieur Mamet despegó con su aeroplano desde la explanada
de la Malvarrosa pero su vuelo gallináceo duró poco y dio con él en el agua.
Era la primavera de 1910 y todos se quejaban: los que le rescataron, a causa
del frío; los que habían pagado entrada, a causa de la escasez de espectáculo.
Pero hubo más vuelos, algunos exitosos, y los valencianos aprendieron lo que
era una avioneta en la playa mismo, un campo de experiencias donde más tarde
conocerían el cine de Charlot y el de Greta Garbo, e incluso años después el
nuevo cine sonoro.
Inversión millonaria
Hacia 1917, pese al desánimo y la falta de todo que causaba
el bloqueo marítimo de la Guerra Mundial, el propietario del balneario de Las
Arenas decidió usar el as de oros e invirtió un montón de duros en la
construcción de dos grandes pabellones, a modo de templos romanos, que estarían
circundados por columnatas clásicas. Uno albergaría un restaurante de calidad y
el otro un balneario concebido con los mejores elementos de su tiempo,
incluyendo grandes pilas de piedra labrada; el mar, siempre el mar, sería el
telón de fondo, ahora entre evocaciones de navegantes clásicos.
Francisco Iranzo construyó los dos edificios que desde 1920,
ahora hace un siglo, se convirtieron en los sólidos símbolos de un balneario
renovado. El balneario abrió sus puertas a los clientes de un comedor elegante,
mientras los clientes de menos exigencia se quedaban a pie de playa, donde
también había recursos de todo tipo. En verano, Las Arenas era un parque
temático y de atracciones: además de los baños de siempre, la empresa
programaba verbenas, veladas musicales, concursos infantiles y cine nocturno.
En el verano de 1918, pese la guerra y la gripe, la familia
Alfonso se sumó como competidor al balneario «de toda la vida». El nuevo
establecimiento se llamó las Termas, usando un nombre de evocaciones latinas, y
combinó la buena mesa con los cuidados y placeres del agua y el baño. Después,
cuando lo regentó el Hotel Reina Victoria, las Termas llevaron apellido de
Victoria.
Un pabellón sobre el mar
Los cambios de la playa señalan la ambición de novedades de
los valencianos: había que ir a más y en 1926 se encargó la construcción de un
pabellón acuático de madera, con planta en forma de cruz, que se adentraría en
las olas y se sustentaría sobre pilotes. Montado en pocos meses, fue la nueva
característica de la playa de Valencia y se hizo más popular que los pabellones
de columnas a la romana. Abierto, permeable a la brisa, los comensales creían
estar flotando sobre las olas en los días de agobio y poniente. En esos años
cruciales de la dictadura de Primo de Rivera, la estampa clásica de Valencia
añadió dos joyas a su corona: el pabellón municipal de la Feria de Julio,
reconocible por sus tres cúpulas iluminadas, y el edificio «flotante» de Las
Arenas. Uno y otro salieron de la imaginación de Carlos Cortina Beltrán, un
artista, decorador, fallero y diseñador. Cierto que sus dos obras eran
efímeras; pero su desaparición deberíamos mirarla los valencianos con calma.
La prensa de papel couché
La prensa de papel satinado, el reportaje de tono social con
poco texto y muchas imágenes tuvo en la vida social de la playa un foco
continuo de noticias. Primero fue la revista «Impresiones», de González Martí,
la que aludió en sus viñetas al mundo cambiante de la playa, con chistes de
maridos gordos y esposas exigentes. Después vendría «El Guante Blanco»,
propiedad de Maximiliano Thous, con versos, chistes y dibujos sobre la moda y
sus cambios al borde del mar. «La Traca» puso la guindilla picante en los
escotes crecientes y las faldas menguantes, con sal gorda a la valenciana. Y en
el declive de la dictadura, la revista «La Semana Gráfica», de los Casanova, es
la que mejor se ocupó de la vida social en la playa de la ciudad.
Los testimonios gráficos reflejan la aparición de modas
nuevas para el baño y para tomar el sol. El mobiliario de mimbre y las sillas
componen paisaje, las damas mayores apenas habían cambiado su atuendo negro
desde Cánovas y Sagasta, pero la juventud se cortaba el pelo de otro modo y
vestía sin temor a descubrirse algo más. Es el tiempo de Max Linder y Rodolfo
Valentino, el de los actores que van a tener que aprender a hablar frente a un
micrófono.
Hay una impresionante fotografía de la viuda de Blasco
Ibáñez, enlutada, que se asoma a ver el mar en la balaustrada de la casa
familiar de la Malvarrosa. La franja de arena es menos de la mitad de ancha que
la del siglo XXI porque la playa es la misma pero se recrece para poder servir
a más y más valencianos.
Blasco había muerto en el exilio de Menton, en 1928, y sus
restos no fueron traídos a Valencia hasta que la República estuvo instalada en
1933. En cuando a Joaquín Sorolla, murió antes, en 1923, en Cercedilla y fue
enterrado en Valencia entre el dolor de todos sus alumnos y admiradores. Pero
fue en ese mismo 1933 cuando el Ayuntamiento de mayoría blasquista le hizo en
la playa misma un monumento, en forma de columnata, que la riada de 1957
derribó y todavía no se nos ha ocurrido reconstruir con las columnas que deben
estar en algún almacén oxidado.
Los fotógrafos de playa ocultaban la cabeza bajo un paño
negro y enfocaban de maravilla aunque veían a los personajes del revés. Hay
coleccionistas de posados playeros de todo tipo, expertos en reunir, como el
que caza mariposas, estampas perdidas de las guapas y los graciosos de 1929, de
los marineros de agua dulce de 1932 de las matronas de familia, de la abuela
vergonzosa y el niño que no se está quieto de ninguna manera en los días en que
la República encontraba en la playa un remanso de calma justo al lado de la
ajetreada ciudad.
Una playa en el «Levante feliz»
El 18 de julio de 1936 mucha gente estaba en la playa, como
es natural. Pero desde ese día las cosas cambiaron por completo, España se
partió en dos y Valencia quedó del lado de la legalidad republicana para que la
playa, ahora, fuera el lugar más lejano posible de los frentes de Teruel y de
Madrid.
Hemingway estuvo aquí. Comió arroz en La Marcelina y La
Pepica y bebió coñac y rioja en todas partes. Buscaba buenos reportajes de
guerra, a cinco dólares la línea y pronto escuchó el reproche de que en Valencia,
sobre todo en la playa, se vivía estupendamente bien. Y es que en medio de la
guerra, tan llena de odios, muerte y desgracia, los españoles supimos añadir
envidias mal informadas. Y fueron periodistas de Madrid, desde luego
republicanos, los que inventaron el remoquete del «Levante feliz» para
calificar el tipo de vida de una ciudad donde la retaguardia fue torpemente
confundida por una especie de paraíso con vistas al mar.
Desde ese mar, no se olvide, fue bombardeada la ciudad por
los barcos nacionales. Por ese mar, desde Mallorca, llegaban los bombarderos
italianos que machacaron el puerto y de paso medio distrito marítimo. Una de
las bombas, oh casualidad, reventó el pabellón de Las Arenas dedicado a
restaurante, que perdió la techumbre y quedó con las columnas como cáscara. En
cuanto al pabellón flotante apenas se sabe que dejó de flotar.
ALFONSO ROVIRA. CRONISTA OFICIAL GRÁFICO DE ALZIRA
Ismael Granero Fayos
Músico Mayor del Ejército de tierra
Director de la Orquesta Sinfónica de Girona; de Santa Cruz
de Tenerife; Banda Militar de Alicante; Banda Española de División Azul; Banda
Militar de Granada; Banda de la Academia General Militar de Zaragoza; Orquesta
Sinfónica de Zaragoza y del Regimiento “Guadalajara 20”, de Valencia.
1901 – 1967
Xátiva, que fue siempre cuna de artistas en el campo de la
pintura, la escritura, las letras y otras diversas expresiones del arte, no
podía escapar de serlo de músicos verdaderamente notables. El maestro Ismael
Granero Fayos, fallecido en agosto de 1967, ciertamente fue una de las glorias
de Xátiva en el ámbito musical. Su vocación se manifestó de manera acusada
desde los primeros años en que comenzó a recibir lecciones de su tía, Ramona
Fayos, profesora de piano. Toda la familia Fayos, sin excepción, cultivó la
música en distintas facetas.
Ismael Granero había nacido en Xátiva en agosto de 1901. Al
cumplir los 18 años se traslada a Valencia para seguir estudios superiores de
música en en Real Conservatorio. Desde entonces tuvo como padrino musical a su
tío, el también ilustre setabense Jaime Fayos Torres, que durante muchos años
dirigió la banda “Sociedad Musical Lira Castellonense”, de Castelló de la
Ribera -Villanueva de Castellón-, con notable éxito. Fue un gran pedagogo
musical que le valió el cariñoso título de “fabricante de músicos”.
Terminados los estudios en el Conservatorio valenciano,
Ismael Granero se traslada a Madrid para preparar oposiciones de Músico Mayor
del Ejército bajo la dirección del maestro Vega, que fue director de la Banda
de Alabarderos, que años más tarde, siendo Banda Real, dirigió el coronel
Francisco Grau Vegara. Tan concienzuda fue la preparación del nuevo alumno, así
como la aplicación demostrada, que en la primera oposición, en el año 1928,
consigue plaza como director de la banda del Regimiento de Infantería de Santa
Cruz de Tenerife. Poco tiempo después, en 1930, es trasladado a Girona, donde
dirige la banda militar y la Orquesta Sinfónica de la ciudad. Siguió su
traslado de Alicante, donde le sorprende en julio de 1936, el inicio de la más
incivil de las guerras, siendo detenido a escasos días, logrando escapar
embarcando en el puerto esta ciudad, en el crucero argentino “Tucumán”,
desembarcando en Marsella. Regresa a España donde termina en plena guerra,
dirigiendo la banda militar en Granada. Concluida el fraticida enfrentamiento
marcha como voluntario a la División Azul donde forma una banda de música con
soldados españoles. Termina la campaña en Alemania es ascendido a capitán en
1943, formando la Banda de Música en la Academia General Militar de Zaragoza,
donde permanece largos años hasta volver a Valencia, su tierra, para ocupar su
último destino como comandante director de la Banda del Regimiento “Guadalajara
20”, donde al llegar a la edad reglamentaria, sesenta años, pasa a la situación
de retirado.
Destaquemos de manera especial su actividad musical en
orquestas y bandas civiles. En su haber la organización de la Orquesta Sinfónica
de Zaragoza, durante sus años de permanencia en la capital aragonesa. Dando
conciertos en el Teatro Principal de la calle del Coso, con la pianista
zaragozana, Pilar Bayona. El 12 de octubre de 1949, dirige un concierto donde
participaba el famoso pianista valenciano, José Iturbi. Así mismo dirigió la
Orquesta de Radio Nacional de España. En diversas ocasiones dirigió la Orquesta
Municipal de Valencia, de manera especial en los conciertos organizados por el
capitán general de la III Región Militar, a beneficio de viudas y huérfanos
militares, una de cuyas audiciones tuvo lugar en el Gran Teatro de Xátiva,
donde el 27 de mayo de 1950 recibe un caluroso homenaje que le tributan sus
paisanos, dirigiendo la Banda Primitiva, de la que era director honorífico.
Ismael Granero también dirigió las banda de Llíria, de
Castelló de la Ribera y de otras numerosas agrupaciones musicales.
Aún a costa de haber sido un tanto prolijos en este esquema
de su vida artística, hemos pretendido dar al lector una somera idea de la vida
musical, de Ismael Granero, a quien tanto se le estimaba en Xátiva, su ciudad
natal, como bien se puso de relieve en el momento del sepelio, en el Cementerio
Municipal de Valencia, el 19 de agosto de 1967, al que concurrieron infinidad
de jefes y oficiales, así como una nutrida representación de diversos sectores
sociales setabenses, encabezados por la Junta directiva de la Banda Primitiva
Setabense, cuyos músicos había conducido en diversas ocasiones. La presencia de
la Banda Militar del “Guadalajara 20”, esta vez sin instrumentos y en mudo
desfile, fue el homenaje leal y sincero de los componentes de la agrupación
musical castrense que últimamente había dirigido.
Iglesia de San Bartolomé Apóstol, principios del siglo XX.
Mª CARMEN RICO NAVARRO, CRONISTA OFICIAL DE PETRER
En Petrer por lo que se refiere a los patronazgos se conoce
desde antiguo el de San Bartolomé Apóstol, abogado contra los malos espíritus,
titular de la iglesia parroquial desde el siglo XV, mucho antes de la expulsión
de los moriscos.
Dentro del ciclo festivo de verano San Bartolomé es una de
las festividades más celebradas entre los pueblos de la Comunidad Valenciana,
registrándose más de veinte municipios que mantienen su patronazgo, sin
embargo, no sabemos cómo ni el porqué de su advocación en Petrer.
Tenemos constancia de la conmemoración de su fiesta desde
1616. En esta época se celebraban tres días de fiesta, asistiendo a ellas el
conde si se encontraba en su alcázar de Elda, se celebraba misa solemne con un
predicador traído de Alicante u otras ciudades de nuestro entorno, casi siempre
solía ser un fraile capuchino, franciscano o de la merced. Sirva como ejemplo
las cuatro libras pagada por acuerdo del consejo municipal al predicador Fray
Marcos de Petrer, en 1744.
En la Crónica de Josep Montesinos atestigua, en 1430, la
parroquia de San Bartolomé Apóstol, perteneciente al obispado de Cartagena y ya
contaba con “cura propio para la instrucción, cuidado y enseñanza de sus
feligreses”. La noticia más antigua referente a la celebración de la fiesta de
San Bartolomé data del 20 de agosto de 1616. Este día el consell particular
nombró los mayordomos de la fiesta de San Bartomeu, determinándose también “que
se gasten lo que la villa acostumbra donar per a la festa”, lo que indica que
esta festividad ya se celebraba con anterioridad. Además, tenemos noticias a
través de las actas municipales que en el año 1617 durante la fiesta de San
Bartolomé se celebró una corrida con una oveja. En el consejo del 16 de agosto
de 1626 se dictamina celebrar dicha fiesta que los consejeros de la villa
tienen obligación de hacer al patrón del pueblo, San Bartolomé, todos los años.
En 1783 se bendijo templo y la de la imagen del santo
titular. En muchas poblaciones de la Comunidad Valenciana es frecuente
encontrarnos con dos o más santos como patronos titulares de las ciudades o
villas, este sería el caso de Petrer. Junto al patronazgo de San Bartolomé nos
encontramos con el de San Bonifacio, a diferencia del primero que no conocemos
cómo fue nombrado, sabemos que en 1614, los jurados, el justicia, el cura
párroco y demás miembros de la comunidad hicieron voto de patronazgo y fiesta
de guardar a San Bonifacio Mártir el 14 de mayo, para que con sus oraciones
intercediera ante su “divina Majestad” preservando a la villa de granizos,
piedras, rayos y otras inclemencias del cielo (Navarro Poveda C., 1998).
Tras la Guerra Civil, a iniciativa del Ayuntamiento, se
recuperó la fiesta de San Bartolomé la cual, a los dos años, pasó a celebrarse
en día festivo. En la década de los años 50 y hasta mediados de los 60 del
siglo XX la víspera, tras los acordes de la Marcha Real, se disparaba una
alborada, desde la plaça de Baix, al igual que la de la víspera de la Virgen
del Remedio. Era típico que el día de San Bartolomé, tras la misa mayor, se
disparara una mascletà y que al finalizar la misma, el alcalde Nicolás Andreu
invitara a toda la corporación a un aperitivo en su casa. Por la tarde se
sacaba la imagen del santo en procesión y al paso de la imagen por el ensanche
del Derrocat, desde la actual plaza de Azorín, se disparaba una mascletà que
revestía gran espectacularidad.
La noche de San Bartolomé hasta hace unos años era típico
que los vecinos de Petrer se juntasen en la font del Pessic para degustar la
refrescante sandía. Era típico ir a comprar la sandía o el melón más grande
para comerlo este día, estos melones vacíos servían para hacer faroles o con
una vela dentro, que alegraban los patios de las casas en estas noches
veraniegas.
También coincidiendo con la fiesta del titular de la
parroquia de San Bartolomé se celebró durante varios años el popular baile de
la Miss que será objeto de otra crónica.
La fiesta de San Bartolomé fue perdiendo entidad a medida
que la población empezaba a desarrollar tareas productivas del sector
industrial, rompiendo con ello la primacía del ciclo agrario. En los últimos
años ha sido la propia parroquia de San Bartolomé a través de su consejo
parroquial, la que organiza un pequeño refrigerio al finalizar la misa con
predicador, celebrada en honor del santo. También tras la misma se disparan
fuegos de artificio.
MIGUEL APARICI NAVARRO | CRONISTA OFICIAL DE CORTES DE
PALLÁS
No hace tanto que empezó a admitirse el atrincheramiento y
los nidos y los bunkers como ‘castellología’ militar; iniciando su aparición en
folletos excursionistas, como los de la línea XYZ republicana. También nos
sorprendió la primera ‘Ruta de los hornos de cal’; que vimos referida a las
tierras de Fontanars dels Alforins. Así que no se sorprendan si les propongo la
recuperación memorística de nuestro patrimonio viario; el valenciano, claro. Les
voy a exponer algunos hitos.
DE ÁRBOLES. Si revisamos películas en blanco y negro, de
nuestra postguerra, junto a las avenidas nuevas de un Madrid hoy irreconocibles
hallaremos imágenes de una Castilla plana y seca; en la que destacan líneas de
arboledas, flanqueando los caminos. Marcaban rutas en la distancia, fijaban
márgenes, daban sombra en los mediodías quemantes a los no raros caminantes o
arrieros entre pueblos vecinos y distantes.
Un día, alguien dijo que los ‘seiscientos’ se estrellaban
contra ellos y se mataba la gente. Más tarde, fueron las ampliaciones de
calzada los verdugos ecologistas, que no supieron o quisieron retranquear alamedas
y choperas. De aquello queda poco, pero algunos vestigios (porque ahora tienen
‘biondas’ por delante…) pueden hallarse. Y es un gozo, para la vista,
encontrarse esos tramitos sombrajeados por los caminos valencianos del
interior; aunque llevemos el aire acondicionado puesto.
DE HECTÓMETROS. De los hitos kilométricos mejor no hablar.
En el menos malo de los casos, los han amontonado en rotondas. Pero los
hectómetros… a algunos les resultarán entrañables; porque están,
prácticamente, desaparecidos. Queridos marcadores de nuestra juventud
dominguera, que nos indicaban los cien metros recorridos y que íbamos contando
por la ventanilla aireadora.
‘Ladrillazos’ enanos, redondeados por la cabeza e
incrustados en el suelo, pintados de blanco; con una grafía en negro de trapa,
dividida por línea horizontal, que montaba centenas cambiantes sobre el
kilómetro común denominador.
Es hoy una sorpresa buscarlos como setas en la carretera que
sube hacia el Marines viejo; donde una nueva inmatriculación metálica los ha
sustituido. Curioso y raro camino, con hectómetros repuestos. ¿Será un
experimento?. Pero si buscan reliquia casi secular: sigan el tramo
Alpera-Carcelén (Albacete), cuando se abomba entrando en el término de Ayora.
Allí sigue la ‘mano incorrupta de Franco’.
DE QUITAMIEDOS. Los de bloques acementados, claro. Las
bandas metálicas de ahora, y sus suplementos anti-cizalla moteros, tienen
escaso interés. Los sucesivos, decimos, con aperturas economizadoras de
material por las que no cabía a precipitarse un turismo al abismo. Los que
servían para sentarse, un momento, a los andariegos. Los que preservaban del
pánico a los alevines conductores, en las zigzagueantes cuestas barranqueras.
Les confieso que mi número ‘diez’ está en el tramo desde ‘Puente Alta’ (río Turia)
a Calles, donde el viejo asfalto terraplenero -cuasi abandonado- muestra el
ejemplar de museo que componen la hilera de pilares estrechos y altos que une
una vieja tela metálica, antaño, pintada.
DE PUENTES. Aquí sí que hay posibilidades de verdadero catálogo.
Arco o arcos. Pretil. Carenamientos de bases laterales. Sobre ríos, barrancos o
vaguadas. Cada curso con su salto o libramiento. Algunos, sin nada que envidiar
a la fama de los de Madison. Estos en piedra, picapedrada de maestro,
almohadillada de aspecto. En revueltas aparcadas por rectificaciones del
itinerario. En entradas de pueblos, sobre el barranco local de antaño lavar las
mujeres. En gargantas de ‘puenting’. ¿Han detenido alguna vez su vehículo, para
bajar a admirarlos?. Les recomiendo un ‘top ten’, entre Aras y la rinconada de
Ademuz. Arco volado sobre el Guadalaviar. Vale la pena ir al lugar, a almorzar
(con vino del ‘Alto Turia’).
Lástima, como siempre, de ‘autoridades pertinentes’. Las que
no saben, o no quieren, explanar aparcaderos y poner carteles.
DE CASAS DE PEONES CAMINEROS. Merecerían mucho más espacio,
pero hasta estas líneas son finitas. Iguales, familiares, a tramos de seis
kilómetros y anunciadoras sobre paneles yeseros esquineros (altitud sobre el
mar, distancias a…). Y tapiadas y abandonadas. ¡Pobre patrimonio vial de la
Diputación Provincial!. Tomen un día su coche y empiecen desde Picassent.
Llegarán hasta Alborache, pasando por Turís, descubriéndolas y contándolas.
Diviertan a los niños. Háganles fotos, antes de que -pese a su recia
estructura- perezcan. Si…, vía Macastre y embalse de Forata y masía de
Quinete, quieren llegar hasta la última: tomen dirección a la Fuente de la
Chufa y al altiplano de El Oro. Lleven neverita, con cervecita fresca; ya que
el monumental manantial es, ahora, sólo un irreconocido patrimonio viario.
¡Al agua patos!. Portada de ‘Nuevo Mundo’ en el verano de 1910: obsérvese la indumentaria de baño. / LP
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
El balneario Las Arenas, en pocos años, vino a sustituir a
las instalaciones flotantes de un puerto que reclamaba más espacio. Y se
convirtió en la casa de baños más frecuentada por los valencianos, siempre con
el debido respeto a ‘les barraquetes’, el conjunto de casetas de baño de quita
y pon que nacía cada verano en la playa del Cabañal. El Ostrero, el restaurante
Miramar y la ya más aristocrática instalación de la sociedad del Tiro de Pichón
habrían de ser, durante más de medio siglo, las atracciones de playa más
frecuentadas durante el veraneo de los valencianos.
Los ‘adinerados’, entre los que había algún conde con fecha
de caducidad y no pocas ‘viudas de…’, hicieron de la calle de la Reina, en el
Grao, un influyente núcleo de vacaciones que se quejaba en la prensa y lograba
del Ayuntamiento mejoras y soluciones. En 1901, cuando se pusieron las primeras
luces eléctricas para sus fiestas de agosto, un reportaje de LAS PROVINCIAS
hizo hablar a un personaje mayor que rememoraba los días felices -siempre «hace
cuarenta años»- en que proliferaban verbenas, excursiones, bromas, bailes y la
horchata corría a raudales. «Ahora, el veraneo, especialmente en la calle de la
Reina, se reduce a tomar el fresco en una butaca», decía el veterano
entrevistado, algo alicaído. Los perfiles iban cambiando y el tranvía eléctrico
hacía posible ir y venir en el mismo día de la ciudad al mar.
El antiguo veraneo de alquiler era otra cosa y las casas se
convertían en viviendas estables. El barrio marinero se modificó a impulsos del
puerto y con el nuevo siglo menudearon almacenes y fábricas, talleres de
tonelería y material náutico. Los encantos de antes estaban ahora en otros
lugares. En La Arenas, desde luego, con el tranvía a pie de taquilla, la
clientela era fija. Pero también lo era, con mucha menos etiqueta, en ‘les
barraquetes’, las instalaciones de tablones y cañizo que se montaban cada año
en primavera, cuando los temporales de invierno ya no eran amenaza. Un reportaje
del día de San Juan de 1901 nos dice que ese año fueron 40 las construidas, 26
para mujeres y 14 para hombres; y que los merenderos llegaban ya a 46.
La familia en la playa
Con tranvías eléctricos, el día de playa, ocio y almuerzo
familiar se hizo posible por poco dinero. Con la ventaja de que se toleraba la
modalidad modesta de llevar la comida de casa y solo consumir las bebidas. El
periódico anotó los nombres: La Guitarra y la Mari Blanca, El Sol y El Tranvía,
El Nano Fart, Les Devanaores, Rosaura, El Ferrocarril, El Miriñaque, Delicias
del Mar, El Amonquilí… En ese caldo de cultivo, no es raro que las mujeres de
los marineros de la «peixca de bou» se pusieran a los fogones y abrieran brecha
en el turismo local; así nacieron La Marcelina y la Pepica, La Muñeca y La
Rosa, que han llegado hasta nuestros días. Sus edificios estables, negocios de
larga tradición, se levantaron sobre el suelo que ocuparon los barracones de
los bisabuelos.
Por la tarde, en una enorme explanada de arena, las traseras
de los barracones de baño se convertían en tendedero de los trajes de baño y
las toallas usados por la mañana. Los ambulantes vendían barquillos, gaseosa
fresca y agua de cebada; galletas de aceite y azúcar y «aigua fresqueta de la
Font del Gas». En otras parcelas de la enorme playa, los sogueros daban las
últimas vueltas a las ruedas de torcer cabos y los calafates recogían las
herramientas. «Les peixcateres», con sus grandes cestos, se aproximaban a la
orilla en espera de las barcas; el viaje de las tartanas cargadas con los
frutos del mar tenía como destino el mercado.
El pintor y el escritor
¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Se inventó Sorolla
un mundo plástico palpitante de sol o fue ese escenario el que le capturó y le
hizo esclavo de una pintura exultante de colores? Se podría decir que el
artista fue el instrumento de un mundo existente que necesitaba saltar al mundo
y convertirse en tópico. Lo que está claro es que el joven Joaquín ya pintó a
la ‘otra Margarita’, detenida por la guardia civil, dentro de un vagón
ferroviario que alquiló en los apartaderos del Grao. Luego buscó niños y
pescadoras con pañuelos a la cabeza, abuelas y marineros que quisieran posar,
tanto para sus reflexiones sociales como para sus vibrantes escenas de mar.
«Las Provincias» le entrevistó entre lonas, pintando, un día de 1898: «Açí
estic, fent cosetes», mientras sus brazos y el rostro tomaban el color del
bronce.
Por aquellos años, otro joven valenciano, Vicente Blasco
Ibáñez, se tropezó con él en la arena mientras tomaba apuntes para ‘Flor de
Mayo’, editada en 1895. «Fuimos como hermanos», confesaría el autor años
después al recordar una amistad en la que la evocación de la playa valenciana
era mucho más, y más honda, que el simple aprovechamiento de un escenario plástico
o social. El jolgorio de ‘les peixcateres’, su descaro en la tartana, camino
del mercado, se unió a la angustiosa espera de las mujeres a que las barcas
regresaran capeando el temporal.
Los sombreros de la Exposición
El rey Alfonso participó en una regata dentro de la dársena
en su viaje para inaugurar la Exposición Regional de 1909. Corrió a toda mecha
conduciendo su coche por una avenida del Puerto festoneada de baches, y pisó la
arena de Valencia aunque en las instalaciones aristocráticas del Tiro de Pichón.
Era mayo, y «les barraquetes» estaban empezando a montarse; seguro que las pudo
ver, cigarrillo en mano, entre el mar de sombreros elegantes de las damas de la
buena sociedad. La playa, donde poco antes habían dormido aquellos viejos que
esperaban ver llegar de Cuba el barco donde volvía el hijo soldado, se
preparaba para un verano lleno de alegría y ganas de vivir. Ni los más cenizos
soñaron que meses después, en agosto, volvería a sonar el tambor de la guerra
de África y España se desencajaría en la Semana Trágica de Barcelona.
Valencia, la de la playa extensa, trabaja y sueña sin cesar.
En la Exposición tuvo por primera vez un himno que dice lo que dice. Ocio y
negocio en apenas una milla de territorio: el puerto, siempre esperando la
oportunidad de crecer, y la playa, nacida para pescadores y marinos que
comparten el disfrute con un pueblo que se explaya y pierde el sentido del
tiempo cuando llega la brisa de la tarde.
Botijo popular y pamela elegante, tranvía de rippert y
vermut con sifón. Hay un sillón de mimbre que han puesto mirando al mar y velas
anaranjadas que regresan despacio al atardecer. Los bueyes colorados chapotean
en exclusiva para un pintor y hay un boyero que fuma una pipa de aromático
tabaco de Alboraia.
Una casa junto al mar
El escritor, en 1904, se dejó retratar en familia para
‘Blanco y Negro’. Se había construido una casa junto al mar, en una playa que
se acababa de bautizar como la Malvarrosa. Robillard, el perfumista, plantó
junto al mar una extensión de lavanda y flores de mil aromas. Blasco escribió
que las gaviotas golpeaban los cristales del miramar de su estudio. Lienzos y
páginas, estampas de sol y sombra, se dieron la mano para configurar un ideario
local con valores universales: «¡Y aún dicen que el pescado es caro!», fue la
denuncia del accidente del pintor, pero también la última frase de la novela
del escritor. «¡Triste herencia!», la estampa de los niños escrofulosos al
borde del mar, subrayó la labor de los hermanos de San Juan de Dios en el
sanatorio. Allí, en el Asilo del Carmen, en otros establecimientos, niños y
mayores, desheredados y enfermos buscaron el alivio del yodo y la brisa marina;
pintarlos, escribir de ellos, era el contraste necesario de esas puestas de sol
que se cuelan por las rendijas de la caseta y buscan la carne morena de las
bañistas.
Pero hubo otros pintores. Emilio Sala acudía a Las Arenas cada verano, con su cámara y su chambergo, huyendo de los calores de Madrid. Músicos, políticos, periodistas y actores hicieron el camino de la capital en busca del éxito pero regresaron en verano a la playa como si cumplieran en un santuario su devoción. Y luego estuvo Ignacio Pinazo, el que nunca viajó, que nos dejó una serie de tablillas mínimas, esbozos y apuntes impresionistas: una vela y una sombrilla, una ola y la mancha blanca de un sombrero que deja una cinta volando al viento. La playa siempre se ofrecía como nueva aunque el faro empezaba a destellar siempre a la misma hora.
El siglo XX había llegado. Elda ya gozaba del rango de
ciudad desde agosto de 1904. Mas rápido que lento, la pujante industria del
calzado iba proliferando creándose empresa tras empresa y construyendo fábrica
tras fábrica. Elda iniciaba un crecimiento industrial y demográfico. Los 6.166
habitantes de 1905 se tornaron en 8.028 en 1910. Incremento de población que
pronto tendría consecuencias en el urbanismo eldense con la creación de nuevas
barriadas obreras. Elda dejaba atrás su pasado de pueblo agrícola y se iniciaba
un más que interesante proceso de transformación en ciudad industrial.
Y la industria trajo la modernización, propiciando que los
adelantos técnicos y la última tecnología del momento fuera llegando a Elda,
caso de la electricidad en septiembre del año 1900.
La administración municipal tuvo que “ponerse las pilas”
para adecuar el aparato administrativo a una realidad económica y social
cambiante. Y si los empresarios propiciaron la electrificación de la ciudad,
fue el ayuntamiento quien introdujo otros adelantos de la época, caso del
teléfono en junio de 1905, ante las reiteradas peticiones del Juzgado Municipal
y del puesto de la Guardia Civil. Por su parte, la Secretaría Municipal también
se sumó a los nuevos tiempos del recién estrenado siglo XX. Y aquel cambio
llegó de la mano de un invento revolucionario en las cuestiones administrativas:
la máquina de escribir.
Hace 109 años. Agosto de 1911. Desde hacía un año el
gobierno municipal de la ciudad estaba presidido por José Joaquín González
Payá, hijo del que también fuera alcalde José Joaquín González Amat, ambos
adscritos a las filas conservadoras. A propuesta de la Secretaría Municipal el
ayuntamiento adquirió una máquina de escribir. Sería el 27 de agosto de 1911
cuando la primera máquina de escribir entró en la ciudad. Se trataba de un
máquina “Smith Premier, nº 10, con carro C” y fue adquirida por el precio de
1.250 pesetas; siendo pagada en varios plazos.
Años más tarde, encontramos que el Ayuntamiento ya contaba
con un parque más amplio de máquinas de escribir. Así en 1930 el Ayuntamiento
disponía de tres máquinas, de las marcas Mollet, Royal y Underwood. Aún pasarán
muchas décadas hasta que la máquina de escribir eléctrica llegue a la
administración municipal eldense, para ser pronto sustituida por los
ordenadores personales. Pero con el permiso del lector, esas crónicas las
dejaremos para el siguiente cronista oficial.
FRANCISCO SALA ANIORTE, CRONISTA OFICIAL DE TORREVIEJA
Mañana 31 de agosto en el día de San Ramón nonato, por lo
que me vienen a la memoria algunos nombres de personajes torrevejenses: Ramón
«el Minin», Ramón Céspedes, Ramón «el Mortero», Ramón «el Sartenes», Ramonico
«el Rabioso», «la Ramonita», Ramón «del Estanco» y otros tantos muchos que
celebran o celebrarían su onomástica. Torrevieja también tiene una calle
dedicada a esta santo, aunque popularmente es conocida como el callejón del
Salmonete. Pero por lo que más se conoce en los últimos años es por la especial
fiesta que celebran algunas gentes de esta ciudad que se jactan de haber nacido
aquí ellos y sus ancestros, presumiendo ampulosamente como ciudadanos de «pata
negra». Llegaron a editar estampitas con la imagen del santo con la leyenda:
«San Ramón Nonato, os desea feliz regreso» o «¡Qué la fuerza os acompañe, hasta
más payá de Albasete…!», entre otras «lindezas» distribuyéndolas entre el
turismo «encadenado», sujeto sin aparente remedio que volver a Torrevieja en
verano porque compró su segunda vivienda en este lugar. Muy mal estuvo aquello,
aun peor en una ciudad como Torrevieja que vive de la hostelería, el comercio y
los servicios.
Creían saber que el mes de agosto es para los que se
encuentran de vacaciones para el bronceado, para los niños rebozados en arena y
jóvenes retirándose al amanecer tras una noche bebiendo «litronas». Descubrían
en los puestos del paseo alguna baratija de feria. Eran veranos cenas de
hamburguesa, pizza o la fritura de pescado en chiringuito, bar de barrio o en
el centro de la ciudad, en chanclas y bermudas. Pero como todas las historias
de verano no tuvo un principio y el final se resume en un bajo número de
veraneantes y los poco con poca liquidez. Las causas ya se saben: confinamiento
por miedo a contagiarse del Covi-19, un aumento de paro laboral, ERTES que a
estas fechas hasta ha afectado a los trabajadores del chaco de las Salinas.
Este año no concluye el estío con la alegría de, por un lado haber disfrutado
la estancia con plenitud, bienestar y asueto; y por parte de la hostelería y el
comercio con una caída grande en las ventas. Me temo que las gentes que se
alegraban de llegar al final de agosto cansados de tanto trabajar, pero con los
bolsillos mucho menos llenos no se alegren de que acabe esa otros años mal
llamada «vorágine del verano».
Bien es verdad que otros pueblos alicantinos San Ramón se
celebra de diferentes modos. Así, en Polop, en su honor, a lo largo de cinco
días, se hace la «despertà» con dulzaina y pirotecnia dando la salida a
programa de actos en el que no fallaban actuaciones, cabalgatas y verbenas
nocturnas; además de las tradicionales procesiones de la Virgen del Rosario, el
Santísimo y el Santo Patrón, al cual muchos recién nacidos y embarazadas de la
Comarca acompañan por las calles de Xirles, en busca de su tradicional
bendición y en las que no faltarán las tejas y mantillas como indumentaria de
las mujeres; celebraciones que este año no podrán celebrarse por el maldito
coronavirus. En la vecina Elche, como final de sus fiestas se lanza la Palmera
de Fin de Mes el día de San Ramón.
Se le llama Nonato (no-nacido) porque nació después de morir
su madre. Ella murió al dar a luz. Después de la muerte le hicieron cesárea
para que el niño pudiera nacer. Ramón significa: «protegido por la divinidad»
(Ra=divinidad. Mon=protegido). Nació en Portell, comarca de La Segarra
(Cataluña) en 1204, desde muy joven ingresó a la orden Mercedaria o de la
Virgen de la Merced fundada por San Pedro Nolasco para rescatar a los cristianos
que habían sido hecho prisioneros por los moros del Norte de África. Los moros
le abrieron agujeros a hierro candente, en sus labios, para colocarle un
cerrojo en su boca para impedir predicara el cristianismo, el cual sólo abrían
para darle de comer. San Pedro Nolasco envío a algunos religiosos que pagaron
su rescate y así pudo volver en 1239 a España. Por su martirio que le hizo
mantener la boca cerrada, es considerado como protector que libra de chismes,
rumores, falsos testimonios y malas intenciones. También es invocado por las
personas que quieren guardar secretos, dejar de blasfemar, mentir y decir
chismes. Es costumbre de las personas colocar un candado cerrado cerca de su
imagen y depositar la llave dentro de la alcancía para que nadie lo abra. Solo
hay dejar un candado cerrado entre toda la maraña e introducir la llave en el
cercano buzón para escapar de toda murmuración o calumnia que pueda recaer
sobre uno mismo.
En Torrevieja no, no se ponen candados en la boca de algunos
que llegan hasta herir los sentimientos de quien nos visitan en verano. Con la
boca literalmente bien abierta, y nunca mejor dicho, recuerdo las muchas noches
del 31 de agosto que nos reuníamos algunos torrevejenses en el chalet de Ramón
Ortega, en el Palangre, cantando hasta altas horas de la madrugada habaneras
serenatas lanzadas al aire en las voces del mismo Ramón, Fonete, Emilio Patiño,
Antonio «el Caballico», Paco «el Sueque», Quinín, Manolo García y algunos
otros.
Este año con mascarilla, hemos cantado «Resisteré» del Dúo
Dinámico’, y en su canción, «?el final del verano llegó y tu partirás, yo no sé
hasta cuando este amor recordarás».
¡Felicidades a todos los Ramones y Ramonas! Y que sean
bienvenidos los veraneantes en 2021.
MIGUEL APARICI NAVARRO, CRONISTA OFICIAL DE CORTES DE PALLÁS
Mi pueblo es Cortes de Pallás. Bueno, es el pueblo de mi
mujer. Pues…, ya se sabe: uno es siempre del pueblo de su esposa. Este lugar
tiene una plaza principal, no muy grande y triangular, donde está situada la
iglesia; así que dicho espacio llano se llama: Plaza de la Iglesia.
Alrededor del templo parroquial hay calle, en los lados que
no son fachada; es decir, que el peatón puede andar formando como una ‘U’. Y a
todo ese recorrido, que permite darle la vuelta completa a la fábrica eclesial,
lo llaman: Calle de la Iglesia. Sólo en la parte más honda o en desnivel, por
pasar -pegada al muro- la ‘acequia del lugar’ y haber tenido siempre abrevadero
de caballerías, comparte el tramo el nombre de: Calle del Balsón.
Y en la parte trasera del todo un apéndice, por ser callejón
sin salida (árabe, de ‘cul-de-sac’ o ‘açucac’) y haber servido cómodamente para
practicar juegos, aún recibe el nombre de: Calle de la Talega.
He de añadir que en el extremo contrario de la plaza, donde
la casi punta de triángulo, como fue una de las últimas expansiones urbanas pone
el nombre de: Calle Nueva.
Desde ese mismo punto asciende, para comunicar con
callejones longitudinales de la ladera del monte, la Calle del Reloj. En la
que, como no hay ninguna maquinaria homónima (sino en la torre del campanario),
deduzco que tuvo -muy antaño- que ostentar uno de sol; pues luce un paredón que
parece despejado y orientado adrede.
Esta ‘calle de la hora’ va a dar a la que circula por todo
el centro de la población y que recibe el nombre de: Calle Enmedio. Y también da
acceso a otra, paralela, que va más arriba y que siempre se ha denominado:
Calle Alta.
También hay bastantes ‘calles-escaleras’, cortas, que
entrelazan las principales -llaneantes- y que forman cuestas en zigzags porque
no tienen escalones. Y, quizás por ello, tampoco tienen nombre. Menos una: la
calle (callizo) de San Juan; curiosa excepción a la norma. De tal nomenclatura
que no queda claro si los que la rotularon quisieron referirse al Bautista o al
Evangelista.
El extremo contrario de Cortes, el que lleva hacia las
huertas, es un único vial -larguísimo y estrecho- y comienza formando una
pronunciada esquina; de ahí que se llame: Calle del Cantón. La cual acaba en
dos ensanchamientos que reciben el nombre, respectivamente, de dos partidas del
término municipal: Plaza de Chirel y Plaza de Ruaya.
Otros enclaves, adscritos a la zona inmediata del callejero,
tienen los nombres de: las Eras, el Centro Social, el parque de ‘La Chirri’, la
subida del Cementerio, la fuente del Chapole, el Lavadero, la carretera del
Barranco, la calle del Cuartel, la Repunchela, la Cooperativa, las casas de la
Pileta y el Molino del Chorrador.
Y si ya tomamos direcciones, que nos lleven hacia alguna
parte, sus denominaciones indican hacia: la Cruz del Collado, el Alto de Ayora,
el subidor de Huesca, la senda del Gollerón de La Cortada, el camino de Bugete
y… en una zona donde se cruzan, perpendiculares, dos caminos: Cuatro Caminos.
Nada recuerda al Barón de Cortes, Pascual, tan conocido y
famoso en la capital y hasta en Madrid. Ni a sus hijos, ilustres ‘Frígola’.
Pero tampoco a los ‘Pallás’; bien la María Josefa del XVIII (que levantó «la
catedral del Cañón del Júcar», bien el Juan que dio sobrenombre, en el XVI, al
núcleo urbano y al vastísimo término municipal y que sufrió la ruina con la
expulsión de los moriscos, de 1609.
Sólo… un único ejemplo es patronímico. Se trata del
ensanche, sobre la carretera provincial de acceso al pueblo, donde se ubica el
Consultorio Médico; en cuya fachada blanca hay una lápida de mármol gris que
eterniza la memoria del Doctor Sánchez Urzáiz. Digo que eterniza porque dudo
que los bandazos de la Memoria Histórica le afecten.
Pues todos coinciden en que su pronunciamiento máximo era
responder a quienes se le quejaban usando el consabido «Doctor, tengo mucha
tos…», con un clarificador: .- «¡Desgraciado el que no tose!».
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