
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
- La Dehesa y la Albufera fueron bienes privativos de la Corona hasta la revolución de 1868, cuando pasaron al Estado, que los cedió a la ciudad de Valencia en 1911, aunque no se hizo efectivo hasta 1927.
El incendio que ha sufrido la pinada del Saler se configura como un duro golpe tanto para los vecinos de la ciudad de Valencia como para su corporación municipal, precisamente cuando ya se está preparando, para el próximo año, el Centenario de la donación definitiva a la ciudad de la propiedad de la Dehesa y la Albufera. Con todo, si atendemos a las palabras de la alcaldesa, el fuego puede ser también un acicate para reforzar los medios de control y vigilancia del bosque ahora dañado, y para regenerarlo como parque natural protegido que es.
El Saler y la Albufera fueron bienes privativos de la Corona, bienes personales de los reyes, que los guardaron para sí o para sus parientes y favoritos, en función de las rentas que dejaban los aprovechamientos del pontazgo, la sal, la leña, la caza y la pesca en el lago. Eso fue así hasta la revolución de 1868, año en que esos bienes pasaron de la Corona al Estado. En 1911, el Estado cedió a la ciudad el pinar y el lago, con la condición de no enajenarlo; pero esa donación no se hizo firme hasta el año 1927, cuyo Centenario se va a conmemorar.
Desde antes de esa fecha hay en el Ayuntamiento anhelos de usar el pinar y el paisaje con fines turísticos. Si Blasco Ibáñez ya soñó, en 1901, con un uso popular del bosque para el disfrute de los obreros, más tarde han sido diversos los intentos de urbanización o de construcción de un Balcón al Mar que fuera desde Nazaret hasta el bosque festoneado de chalés. Se pensó poner el aeropuerto en la playa de la Dehesa, pero se decantaron las autoridades por Manises. Y fue en los años sesenta cuando se cambió la ley de 1911, se cedió al Estado suelo del monte para ubicar el campo de golf y el parador del Saler y nació la idea de una urbanización, mediante la subasta de parcelas.
La creciente ola de protección de la naturaleza, en los años 70 dio cuerpo a una campaña proteccionista nacida en estas páginas de LAS PROVINCIAS, que logró al menos moderar, primero, y luego detener, el proceso urbanístico. También su puso el foco en el mal estado de las aguas de la Albufera, un lago que se contamina y se colmata de año en año. Necesitada de aguas limpias y frescas, la Albufera es fuente de una rica flora y fauna, que peligra por su fragilidad. Para protegerla nació, en 1986, un Parque Natural cuyo 40º aniversario acabamos de celebrar.
Con todo, no se pudo evitar la construcción de torres de apartamentos y núcleos de urbanización, que gozan de la misma consideración y derechos que cualquier otra calle de la ciudad de Valencia. Parte de los estacionamientos, viales e infraestructuras, además del paseo marítimo, fueron desmontados, al tiempo que se reconstruían y repoblaban las dunas naturales y «les mallaes» que eran propios de la barra arenosa de la Dehesa. En esa tarea, que ha durado décadas, se han mostrado acordes todas las administraciones municipales, tanto la socialista como la popular. En la medida que la economía lo ha permitido, todos han reforzado los medios de vigilancia y control del bosque.
El cultivo del arroz, que a principios del siglo XX redujo la superficie del lago, depende del delicado equilibrio natural del parque. Y reclama un flujo de aguas de calidad. Por otra parte, hay que señalar que el parador del Saler se inauguró en 1966 y sigue funcionando, ampliado; pero no ha corrido igual suerte el hotel Sidi Saler, que quebró y está cerrado. En el centro del bosque, hay que recordarlo, nació un primitivo camping, uno de los primeros de España, que fue erradicado más tarde por el Ayuntamiento ante los peligros de la masificación. También se desmanteló el conjunto de corrales de toros y la plaza taurina que funcionó en el bosque.
Hay que señalar que la primera decisión de frenar la urbanización, gracias a la presión de este periódico, fue tomada, ahora hace medio siglo, por la corporación de Miguel Ramón Izquierdo, último alcalde del franquismo. De esa época fue la actividad de un hipódromo que tuvo vida efímera y el control de la contaminación que podía haber aportado la Ford, una de las primeras empresas que procuró tener instalaciones adecuadas a las exigencias del lago. Esa corporación fue la primera que decidió no subastar puestos de caza en temporada; la actividad cinegética que se sigue practicando en algunos municipios de la ribera oeste del lago.
El fuego intencionado, un peligro constante
El fuego ha sido y es un peligro constante para el pinar de la Dehesa. Con frecuencia, los descuidos humanos, o la mala intención de los pirómanos, han prendido incendios en una zona privilegiada que no es fácil ni barato proteger.
Históricamente consta que se produjeron incendios pese a la existencia de una guardería al servicio del administrador de los bienes de la Corona. Si los años de descuido fueron la causa de que las golas naturales se cerraran y la Albufera pasara de tener aguas saladas a dulces, los fuegos fueron, por desgracia, frecuentes. Una de las primeras decisiones del Ayuntamiento, cuando tuvo la propiedad del monte, fue precisamente la de crear una Casa Forestal para la guardería del bosque. En la zona existe un parque de bomberos que responde a una iniciativa de los años ochenta.
Fue en 1980, precisamente, cuando se registró un incendio grave. Se produjo el 11 de octubre, en coincidencia con los días tensos de la llamada «Batalla de Valencia», y pocas horas después de un 9 de Octubre de tensiones. Nuestro periódico informo que el fuego se inició hacia mediodía y quedó controlado sobre las cuatro de la tarde; también dimos cuenta de la detención de un presunto causante y del hallazgo cerca de la carretera de siete latas de gasolina, alguna de ellas con restos de líquido inflamable.
El detenido, con ropas sucias de hollín y portador de bengalas, era vecino de Pinedo y dijo a la policía que estaba haciendo footing. El concejal Fernando Millán desveló que el 9 de Octubre, durante la procesión cívica, ya se había registrado un intento de incendio en la pinada, que la policía abortó a tiempo.
No menos intencionalidad se dio al fuego de junio de 1986, coincidente con unas elecciones generales. Fue atajado en pocas horas, pero dejó un rastro de temor e inseguridad. Después, ha habido otros conatos de incendio, o siniestros más graves, en otras oportunidades, como la de abril de 1992, en época primaveral y de mayor concurrencia en el bosque. Conocidos son los episodios que se han desarrollado en los últimos diez años, pues han sido ya refrescados por la redacción. En agosto de 2015 hubo un fuego grave, cerca de los apartamentos, el tiempo que se abría el episodio de un pirómano, juzgado y puesto en libertad, sobre el que el Ayuntamiento fijó muy especialmente sus recelos.
Es sabido que una instalación de cañones de agua protege en la actualidad al bosque y que se activa en los días de mucho calor. Pero está claro que no todo el parque puede ser protegido de igual manera, razón por la que hay que usar otros medios de vigilancia y, sobre todo, apelar a la conciencia cívica de los vecinos y visitantes.
Fuente: https://www.lasprovincias.es
