DE DETROIT A PEKÍN

FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA

En octubre de 1976, el rey Juan Carlos y Henry Ford se abrazaron a la puerta de la factoría de Almussafes como dos viejos amigos. Si se fijan en la famosa imagen, el presidente de la compañía del automóvil lleva un habano entre los dedos: al monarca español, que venía de inaugurar el primer tramo de la Autopista del Mediterráneo, se le complicó el horario y llegó tarde a la comida oficial dedicada a obsequiar al consejo mundial de Ford Motor, cuyos miembros tenían esperando en Manises aviones particulares.

En octubre de 1976 todos teníamos claro el panorama: un sindicalismo maleable y unos salarios más bajos que los del resto de Europa hacían posible la ubicación en Valencia de una factoría llamada a cambiar la historia industrial de esta tierra. Mientras hubiera buenas condiciones «ambientales», habría Ford. Porque, en el fondo, todos sabíamos que siempre había una sutil amenaza latente: la de un desplazamiento de la producción de esa factoría hacia el sur marroquí, con una mano de obra más barata y menos sindicada.

Ford nos ha costado mucho dinero, es verdad; pero a lo largo de medio siglo, además de dar trabajo a miles de obreros especialistas, ha aportado mucho al conocimiento, la destreza, el diseño, la experiencia y el espíritu emprendedor de nuestra sociedad. El primer factor que asombró a los directivos de Ford, en los setenta, fue la ductilidad, la adaptabilidad, con que un trabajador pasaba de la agricultura a una cadena de montaje. Los grandes cambios de la economía industrial siempre asombran. Los que en 1976 nos hacíamos cruces porque la cultura industrial española, con larga experiencia acumulada, no supiera hacer algo tan simple en apariencia como un automóvil fabricado en cadena, nos seguimos asombrando en el siglo XXI al ver cómo un imperio tecnológico como el de Henry Ford, que revolucionó en su día la industria mundial, se ha quedado perplejo, sin capacidad de reacción, ante la llegada del automóvil eléctrico.

Recurrir como salvavidas a la industria china es algo que puede parecer una humillación. Si han llegado a la Luna, si ya hacen coches voladores y sin conductor ¿qué les pasa ahora a estos americanos? Las respuestas son demasiado complejas para despacharlas en 500 palabras: vemos los efectos aberrantes de un mundo global y muy complejo. Por fortuna, un sindicalismo que al menos aquí ha sabido estar atento, ha defendido las condiciones laborales establecidas. Mundo asombroso: Ford y sus trabajadores suspiran aliviados al ver garantizado su futuro gracias a ¡un empresario chino!

Cincuenta años después, el complejo de Almussafes se va a salvar. El beneficio del trabajo no se va a perder y el conocimiento va a seguir fluyendo. Junto con los veteranos de los Setenta, junto a Juan Omeñaca, brindo por 50 años más…

Fuente: https://www.lasprovincias.es