CINE: DE LA BARRACA DE FERIA A LAS SALAS MÚLTIPLES

FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA

El próximo Día de los Inocentes el cine va a cumplir 130 años. LAS PROVINCIAS se prepara para celebrar su 160º aniversario. Este periódico, en su momento, dio la noticia del primer teléfono y de la aviación, de la llegada de la radio y de un invento llamado televisión. Y en nuestras páginas podemos encontrar también el acta de la presentación del cine en Valencia. Desde entonces, un día tras otro, la historia del Séptimo Arte está en nuestras páginas: desde que apareció en barracones de feria hasta las grandiosas salas contemporáneas de proyección digital. No es posible trazar un resumen de tan larga y tan intensa historia; pero al menos dejemos constancia de que forma parte de nuestra vida.

Diez de septiembre de 1896. Teatro Apolo. Calle de don Juan de Austria. El empresario, señor Roig, ofrece al público dos juguetes cómicos –’Zaragüeta’ y ‘Los corridos’– y una gran novedad: el cinematógrafo. No han pasado ni diez meses de la presentación parisina del invento de los hermanos Lumière, y un ambulante llamado Charles Kall trae un «aparato que, como indica su nombre, da animación a la fotografía, reproduciendo con fidelidad escenas de la vida real». Pero ¿cómo es posible tal fantasía? El redactor de turno se esforzó en explicar el milagro: «En el centro del escenario se coloca una gran pantalla de tela blanca, sobre la que se proyectan los cuadros animados, y causa muy grata impresión ver todos los detalles y movimientos…».

Fue una curiosidad, una distracción que no amenazó –por el momento— a ninguno de los pilares del espectáculo en España: los toros y el teatro. Pero la batalla, cuestión de tiempo, llegó a ser crucial en la historia de la cultura del siglo XX. Charles Kall, que iba con su espectáculo de feria en feria, dejó Valencia y tres meses después ya había en la ciudad dos salas estables. El cine creaba «la ilusión de que las fotografías eran pasajes de la vida real que, con vertiginosa rapidez, ocurrían ante los ojos de los espectadores». Esa sencilla oferta de «pasajes de la vida» que al principio solo retrataba la salida de los obreros de una fábrica, construyó su propio lenguaje y se transformó en un fascinante creador de historias; en una fuente de emociones, aventuras y belleza de incalculable valor cultural.

El cine creció deprisa en Valencia y se consolidó con el siglo XX. Dejó los barracones de feria y tuvo salones, cada vez más amplios, donde una plantilla de músicos acompañaba las imágenes de historias que se hacían complejas y llenaban más minutos. El Trianon Palace, en la calle de Ruzafa, fue, desde el año 1914, una sala, de arquitectura modernista, que dio a un tiempo espectáculos musicales y cine. El Olympia llegó muy poco después a la calla de San Vicente. Llegaron a las pantallas los grandes creadores del lenguaje específico de un nuevo arte: Griffith, Lang, Eisenstein, Murnau… Y con ellos, Charles Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd, Mary Pickford… Hollywood se convirtió en una industria de producción de alcance internacional, que no dudó en asimilar historias escritas muy lejos: el caso de ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’ (1921. Rex Ingram, con Rodolfo Valentino), basada en la novela del valenciano Vicente Blasco Ibáñez, es ejemplar dentro del gran cine de los años veinte.

El 5 de septiembre de 1930, el Olympia se adelantó a sus competidores y ofreció, por primera vez, cine sonoro sincronizado. La proyección de ‘El arca de Noé’ fue acogida por el público valenciano con colas en las taquillas. Fue un cambio radical: los actores ya no tenían que gesticular sino modular bien una voz que en ocasiones les dejó fuera de su oficio. Los músicos fueron excluidos de las salas de proyección. En Valencia, el Lírico, el Coliseum y el Suizo anunciaron películas sonoras con modernos equipos de altavoces de patente americana; en 1931 se les unió un céntrico cine de nueva planta, el Capitol.

Mientras España se debatía en guerra, otro cambio estaba llamando a las puertas del cine: el color. ‘El Mago de Oz’ y ‘Lo que el viento se llevó’ están entre las películas pioneras que empezaron a dejar atrás un mundo, el de la fotografía en blanco y negro, que llegó a cotas sublimes de expresión y calidad.

La historia de las salas de proyección va muy ligada a las exigencias de la tecnología, que, desde la extraordinaria calidad del Technicolor quiso evolucionar más y más, con el fin de competir con la televisión. ‘La túnica sagrada’, del año 1954, implantó la técnica conocida como Cinemascope, que reclamaba pantallas de proyección de formato muy ancho y salas especialmente diseñadas. El cine Lys fue pionero en Valencia al estrenar esa cinta, seguida de ‘Como casarse con un millonario’. Poco después aún habría de llegar el Cinerama y el Todd-AO, que utilizaban cintas de 70 milímetros y equipos de sonido especialmente diseñados para el contagio de sensaciones emocionantes entre los espectadores. El dine Oeste, de la cadena Pechuán, estuvo largos años vinculado a estos novedosos modelos de proyección. No es menos interesante el momento en que el cine experimentó el relieve, que se lograba con el uso de gafas especiales.

Durante los años clásicos de concurrencia a los cines, Valencia tuvo más de treinta salas activas: algunas eran de estreno, de gran capacidad, superior a las 1.500 localidades. Que se alternaron, en los años setenta, con salas menores, en ocasiones dedicadas al cine específico y minoritario, de arte y ensayo. Todo ese panorama vino a cambiar a finales del siglo XX, cuando se modificaron las tendencias y surgió el negocio de las multisalas.

Esta forma de concebir el cine supone la gestión unificada de varias salas, por regla general de aforo pequeño o mediano. Algunas están situadas al amparo de los grandes centros comerciales que les garantizan concurrencia; así es el caso de las salas situadas en los complejos Turia, Aqua, Saler, MN 4, Kinépolis o Bonaire. Otras, como ABC o Lys, quedaron en el centro de la ciudad, donde siguen encontrando el calor del público.

Como curiosidad y ejemplo, es preciso citar aquí el Cinestudio D’Or, que lleva abierto, con su formato clásico de sala única y programa doble, desde el año 1952, sin interrupciones.

Cifesa, «la antorcha de los éxitos»

Si se habla de Valencia y del cine, es preciso evocar a la compañía Cifesa, la mayor productora que ha tenido el cine español en el siglo XX.

Nació en nuestra ciudad y utilizó el perfil del Miguelete como símbolo. Creada en 1932 por la familia Trenor, inició sus actividades, vinculada a los productos de la Columbia, en el año 1933 y de la mano de la familia Casanova.

En 1934, la que se hizo llamar «Antorcha de los Éxitos», rodó ‘La Hermana San Sulpicio’ y puso en pie un sistema de trabajo y un concepto empresarial, netamente tomado de Hollywood, que fue capaz de sostenerse durante los años cuarenta y cincuenta, hasta su caída, en el año 1961. En esas dos difíciles décadas de la vida española, Cifesa produjo docenas de cintas de las que hay que destacar al menos diez títulos clave para la historia de nuestro cine.

Actores y actrices, directores, guionistas, camarógrafos, iluminadores, decoradores y otros muchos profesionales, encontraron en Cifesa una escuela de alta calidad y de trabajo intenso donde se produjeron éxitos como ‘Locura de amor’, ‘Pequeñeces’, ‘Alba de América’, ‘La leona de Castilla’, ‘Jeromín’ o ‘Malvaloca’. En 1957, ‘El último cuplé’ consagró a Sara Montiel como favorita del público y se mantuvo en la cartelera meses.

Fuente: https://www.lasprovincias.es