El recién nombrado general de división José Riquelme y López-Bago (Tarragona, 1880-París, 1972) a su llegada a Capitanía General, en Valencia, el 16 de abril de 1931, recién nombrado capitán general de la III Región Militar por el gobierno provisional de la República.
GABRIEL SEGURA, CRONISTA OFICIAL DE ELDA
El mes de mayo de 1931 fue bastante agitado, tumultuoso e
incluso trágico en nuestra ciudad. La conflictividad laboral unida a la
agitación política de corte anarcosindicalista motivó que a la recién nombrada
autoridad militar de la Tercera Región Militar no le quedara más remedio que
proclamar el estado de guerra en Elda.
La pastoral promonárquica del cardenal Segura el 2 de mayo
de 1931 y los disturbios acaecidos en Madrid el domingo 10 de mayo durante la
inauguración del Circulo Monárquico de la calle Alcalá tuvieron una rápida
repercusión en ciudades del sur y el este peninsular. Madrid, Valencia,
Alicante, Murcia, Córdoba, Granada, Sevilla, Jerez, Cádiz, Málaga y Algeciras
vieron como entre los días 11 y 12 de mayo se desató una oleada anticlerical,
siendo asaltadas y quemadas iglesias, conventos y otros edificios religiosos.
En Elda durante la jornada del 10 de mayo de 1931 Francisco
Alonso Rico, concejal electo del ayuntamiento de Elda por la candidatura
monárquica, que había ostentado en varias ocasiones la alcaldía, y don Luis
Abad Navarro, cura párroco de la iglesia de Elda, fueron paseados violentamente
por las calles de Elda, siendo objeto de burlas, insultos y violencia física.
Hechos que tuvieron continuación en la jornada siguiente con el asalto y conato
de incendio de la iglesia de Santa Ana y que acabó con la expulsión de Elda del
cura párroco y el cierre del colegio de las Hermanas Carmelitas y su huida
nocturna por tejados y azoteas hasta poder escapar de Elda en tren.
A esta violencia anticlerical y antimonárquica se le sumó
una serie de huelgas en varias fábricas eldenses que elevaron la tensión social
entre obreros y empresarios, por un lado; y, por otro, entre las recién
nombradas autoridades republicanas y el movimiento anarcosindicalista que
amenazaba con declarar una huelga general.
Ante el incremento de la tensión social con los intentos del
sindicato cenetista de sublevar a los obreros de las fábricas y en previsión de
una mayor escalada de violencia generalizada con más asaltos e incendios, el
recién nombrado capitán general de la III región militar, general José Riquelme
y López-Bago, declara el estado de guerra en Elda y aplica la ley marcial en
toda la ciudad.
Tras su entrada en vigor a partir de las 17:30 h. del sábado
23 de mayo de 1931, la aplicación del toque de queda y la llegada de tropas del
ejército, más un considerable incremento de las fuerzas de la Guardia Civil, la
tranquilidad llegó a la ciudad. Pacificación manu militari que permitió a los
efectivos de la Benemérita practicar la detención de una veintena de líderes y
cuadros anarquistas.
Aquellos sucesos acaecidos en Elda, ahora hace 89 años,
tuvieron un amplio eco a nivel regional. Todas las fuerzas republicanas,
agrupadas en la conjunción republicano-radical-socialista victoriosa en las
elecciones de abril de 1931, los pusieron como ejemplo de lo que no se debía
consentir ni de lo que debía ser la República recién proclamada.
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
En la localidad de Vinalesa, en la Huerta del norte de la
ciudad de Valencia, hay una enorme instalación, antes industrial, dedicada
ahora a sede municipal y museo de la industria de la seda. Por uno de sus
costados discurre la poderosa acequia de Moncada; y en la pared de puede
encontrar fácilmente el lugar donde antiguamente instaba instalado el eje de
una enorme rueda de paletas que daba movimiento a todo el ingenio industrial
interno. En 1794, el botánico Cavanilles pasó por allí y se informó de todos
los detalles de una instalación fabril modelo.
Cavanilles, que escribe “Bilanesa” como entonces se llamaba,
dice que el pueblo “solamente tenía 35 casas a finales del siglo XVI, las que
hoy llegan a 129, y sus frutos con corta diferencia son los mismos que en
Bonrepós y Mirambell; pero la útil fábrica, introducida de unos 25 años a esta
parte, ha dado nueva vida al pueblo, y ocupación a mucha gente”. Trabajaban, en
efecto, cientos de mujeres de todas las edades. Y se ocupaban de atender a las
máquinas de hilar y devanar más modernas que había en Europa en aquellos
momentos. “Sirve aquella fábrica
–escribe– para hilar, devanar y torcer de diferentes modos la seda, y
prepararla para los usos correspondientes. Recibe el impulso general de las
aguas que corren por la acequia, las cuales mueven una rueda de 104 palmos de
diámetro, y ésta a varias máquinas distribuidas en salas espaciosas. Para el
torcido se han dispuesto 22 máquinas, y en ellas 48 ruedas, moviendo cada rueda
cuatro husos”.
La industria de la población huertana llevaba 25 años
funcionando con privilegio real concedido en 1769. Aunque habitualmente no se
sabe, Guillermo Reboul implantó en aquella industria el torno inventado por el
francés Jacques de Vaucanson, una revolución tecnológica que hacía rico a quien
podía aplicarla. Asociado a Joseph Lapayese, otro industrial francés que
trabajaba en el círculo de innovadores de la Real Sociedad de Amigos del País
de Valencia, hicieron que la prosperidad fluyera por los pueblos de la huerta
en un trabajo que siendo penoso, era mil veces más confortable que el de las
minas inglesas de carbón, donde se empleaban miles de mujeres y niños en
aquellos tiempos industriales.
“Catorce de dichas máquinas sirven para torcer la seda a un
cabo o hilo solamente, siete para torcerla a dos, y la última para tramas. En
otra pieza hay también 22 máquinas, las 19 para devanar, y cada una pone en
movimiento 36 madejas, que cuida con comodidad una sola muchacha; las tres
restantes sirven para doblar, y ocupan seis mujeres, cuidando de treinta
rodetes cada una, cuando en las máquinas ordinarias, llamadas vulgarmente
rodines, una mujer no puede cuidar más que de un solo rodete”. Cavanilles quedó
admirado: los promotores tenían una Escuela de aprendizaje del oficio de la
hilatura, especial para niñas desde los once años.
En Vinalesa, millones de capullos de seda cultivados en las
alquerías y barracas de la huerta eran cocidos en perolas calentadas por
hornillos de carbón y leña. El hilo de seda se convertía en rodetes y madejas,
torcida a un cabo primero y luego a dos mediante calentado al vapor. Las
madejas eran la materia prima que alimentaba a los telares. La habilidad de
Lapayese, unida a los ingeniosos inventos de Vaucanson dio como resultado
calidad: los capullos eran perfectos y el hilo no salía tostado por el exceso
de calor; tampoco solía tener las imperfecciones de hollín que muchas ves
contagiaba a las perolas desde el hornillo que ardía debajo. Cuarenta mil
libras de seda torcida al año fue una producción que admiró a todos los especialistas.
“Cada torno de hilar se componía de 248 husos, de los cuales 168 estaban
destinados a la torsión de la seda a un cabo y los 72 restantes para torcerla a
dos cabos”, dice un estudio sobre la empresa que hizo Martínez Aloy.
Con todo, a esa industria modelo que se servía de la fuerza
generada por la acequia de Moncada, le faltaba añadir la fuerza motriz del
vapor. Y eso ocurrió muy pronto, según Pascual Madoz, gracias a los nuevos
propietarios de la industria. “Mejoraron sus condiciones, en 1821, los señores
Combe y Compañía, estableciendo en medio del hilador una caldera de vapor, para
comunicar a las 80 que contenía el calórico necesario para esta operación, con
lo que se perfeccionaron sus sedas extraordinariamente”. Las ochenta perolas de
cocer y devanar capullos de seda ya no tenían sucios hornillos debajo. El agua
caliente llegaba a ellas desde una caldera general, de modo que el hilo de seda
no recibía impurezas y las docenas de operarias respiraban, de paso, algo
mejor.
Alta y esbelta como un obelisco, la chimenea de ladrillo
todavía sobresale en el perfil del pueblo de Vinalesa. Pero hacía falta un
siguiente paso industrial: conseguir que el calor no solo calentara agua para
las perolas sino que fuerza capaz de mover toda los tornos y husos de la
hilatura.
Cartel cerámico en la Plaza del Mercado de Alicante.
BERNARDO GARRIGÓS SIRVENT, CRONISTA OFICIAL DE XIXONA
La Junta Local de Defensa Pasiva era entidad encargada de
coordinar las medidas de carácter organizativo y administrativo (gestión de
personal y búsqueda de recursos económicos) adoptadas para la construcción de
refugios contra aeronaves durante la Guerra Civil.
La composición era la siguiente: Victorino Mira Planelles,
presidente del Consejo Municipal; Juan López Selfa, médico titular; Sebastián
Mas Silvestre, farmacéutico titular; José González Moraga, militar en activo;
Miguel Vilaplana Colomer, maestro de obras; Federico Soler Masiá, representante
de la prensa y Rafael Cremades Cortes, interventor de los fondos municipales.
Este último ejerció como secretario en las primeras sesiones.
Algunos de los componentes de la Junta de Defensa Pasiva
fueron sustituidos de sus cargos conforme se incorporaban a filas.
El ataque indiscriminado y salvaje por parte de la aviación
fascista italiana contra el mercado central de Alicante el miércoles 25 de mayo
de 1938, que provocó la muerte de entre 250 y 300 ciudadanos y un número de
heridos superior a los 200, fue el detonante para que el Ayuntamiento de Xixona
se decidiera a crear la Junta Local de Defensa Pasiva: “Por la Presidencia se
manifestó que en vista de los continuos bombardeos realizados en Alicante por
la aviación facciosa, era del parecer debiera convocarse inmediatamente a la
Junta de Defensa Pasiva para la construcción inmediata de refugios y estudiar
la forma donde pudiera obtenerse alguna cantidad para poder sufragar los
primeros gastos, acordándose por unanimidad que dicha Junta empiece lo más
rápidamente posible su cometido ofreciendo el Consejo su ayuda incondicional
para cuanto redunde en beneficio de la seguridad personal contra los
(referentes)digo referidos bombardeos”[1].
La legislación republicana sobre la Defensa Pasiva contra
aeronave data casi de un año antes, en concreto arranca en un decreto del
Ministerio de Defensa del 28 de junio de 1937. A pesar de ello, y hasta este
hecho luctuoso, los mandatarios jijonencos no creyeron necesario la
constitución de esta institución. Tras el acuerdo del pleno municipal del 10 de
junio la Junta de Defensa Pasiva se constituyó el 15 de junio.
El objetivo prioritario era: “la construcción urgente de
refugios en la localidad al objeto de evitar el mayor número posible de
víctimas a la población civil en caso de bombardeo aéreo”[2].
Dada esta necesidad urgente de construir refugios los
esfuerzos de esta institución irán encaminados a conseguir los recursos
materiales, humanos y económicos necesarios para cumplir con tal fin.
Inicialmente se pensó que la mejor forma de contribuir a
sufragar estos gastos era fijar una cuota mensual a todos los vecinos sirviendo
de base el repartimiento general de utilidades del presente año, debido a su
carácter igualitario. Mientras se fijaba esta cuota se decidió abrir una
suscripción voluntaria, puesto que el inicio de los trabajos era inminente.
La Junta de Defensa Pasiva no renunció a las aportaciones
voluntarias, aunque era bastante difícil que los contribuyentes las aceptaran
si ya pagaban una cuota obligatoria. A pesar de esto sabemos que los médicos,
enfermeros y pacientes de la clínica psiquiatrita instalada en el actual
colegio Eloy Coloma aportaron 750 ptas. y la Cooperativa de Vestir y Similares
acordó contribuir con 100 ptas. mensuales, aunque no sabemos si realmente lo
hicieron.
Las aportaciones voluntarias no debieron ser cuantiosas,
puesto que el 29 de junio, a la semana de iniciarse los primeros trabajos, ya
se indicaba que estaba a punto de agotarse. Durante esta primera semana de
trabajo se habían pagado 1.216 ptas. en gastos de jornales, dinamita y portes.
Así se fijó la aportación mensual individual en un 15% del repartimiento
general de utilidades.
Como era previsible, de nuevo los gastos sobrepasaron a los
ingresos y en la sesión del 7 de septiembre de 1938 se propuso; o bien crean un
nuevo impuesto; o bien aumentar el tanto por ciento que los jijonencos
satisfacían. Hasta agosto de 1937 se habían gastado 36.100 pesetas, suma
bastante importante. Finalmente se decidió aumentar en un 20% la cuota que
satisfacían aquellos propietarios que estaban inscritos en el padrón de
matrícula industrial. Es decir que los comerciantes e industriales pasarían a pagar
un 35% de la cantidad asignada en el repartimiento general de utilidades,
mientras que el resto de la población pagaría un 15%. Esta medida se adoptó
porque los munícipes entendieron que este sector gozaba de un mejor estatus
económico que el resto de la población.
Este sector pronto haría pública sus críticas. Ángel Blanes
Serra expuso ante la junta del 2 de noviembre que la nueva tributación había
dividido a los contribuyentes en dos categorías: “una de privilegio para los
ricos en fincas que pagan el 15 por 100, y otra de sacrificio para los
industriales y comerciantes cargados con el 35 por 100”[3]. Los componentes de
la Junta de Defensa Pasiva decidieron estudiar la cuestión. El asunto llegó
también hasta el pleno municipal quien decidió inhibirse; ya que las
competencias estaban delegadas en la Junta de Defensa Pasiva.
El posible aumento de la cuota a satisfacer por los
propietarios de fincas rústicas se había expandido como un rumor, ya que si
bien existían algunos terratenientes la mayoría de los propietarios poseían
pequeñas extensiones de tierra que apenas daban para vivir. La Colectividad
Unificada de Trabajadores de la Tierra manifestó su negativa a satisfacer la
cuota asignada. Finalmente se decidió trasladar el asunto al Comité Provincial
de Defensa Pasiva para que resolviera. Nueve días después, se encontró la
solución. Los propietarios de fincas rústicas y urbanas, cuyas utilidades
llegasen y pasasen de las 1.000 pesetas, por uno o ambos conceptos, deberán
satisfacer una cuota del 35%, equiparándolo con los comerciantes, industriales
y profesiones liberales. Con el establecimiento de esta cuota del 35% comenzaron
a florecer las solicitudes individuales de revisión de las cantidades
asignadas.Con el paso del tiempo y la llegada de 1939 con la acentuación de la
crisis económica y el agravamiento de
las carencias de los productos de primera necesidad el concejal Ángel Blanes
llevó al pleno la posibilidad de reducir la tasa impositiva. Los munícipes le
respondieron que la competencia sobre la financiación de la construcción de
refugios dependía de la Junta de Defensa Pasiva, y era a ella a quien debía
presentar su propuesta.
La Junta de Defensa Pasiva se reunió el 1 de febrero y
acordó rebajar los tantos por cientos a aplicar a los contribuyentes. Se
estableció un tipo más alto del 20% y otro del 10% Los industriales,
comerciales y propietarios, que tributaban con un 35%, pasarán a hacerlo con un
20 %. Los propietarios cuyas utilidades de rústica y urbana en el Repartimiento
de Utilidades no llegasen a mil pesetas y los trabajadores que tributaban con
un 15 % verán reducida su aportación al 10%, exceptuándose de esta rebaja
aquellos contribuyentes que ya satisfacían la cuota mínima de 1,30 pesetas
mensuales.
Esta bajada de cuotas directas hizo que los ingresos
disminuyeran y que se tuvieran que buscar aportaciones indirectas, por lo que
se decidió gravar el consumo de algunos
productos y servicios que podríamos considerar como no fundamentales:
los espectáculos públicos en veinticinco céntimos de pesetas por cada
espectador o entrada en cada sesión o función y gravar en 5 pesetas por litro
las bebidas alcohólicas (excepto el vino) que se vendían en las sociedades y
establecimientos públicos de esta población.
Para controlar el número de entradas que se vendían en los
espectáculos públicos se autorizó al presidente para nombrar un representante
de esta Junta con la finalidad de que se personara en la taquilla para retirar
el importe resultante de cada función.
Las medidas impositivas nunca son del agrado del ciudadano
por lo que a las solicitudes de estudio de las cantidades a algunos
contribuyentes se unieron en ocasiones el retraso o el impago directamente de
la cuota asignada. El 2 de noviembre de 1938 ya se adoptaron medidas para
solucionar este problema que lastraba las recaudaciones. Se decidió exponer al
público la relación de los deudores y enviar una carta al sindicato de comercio
de Jijona para que los comerciantes actúen como controladores del pago de este
impuesto: “todo comerciante que venda géneros a los vecinos que presenten el
carnet sin el sello acreditativo de haber efectuado el pago de la cuota para la
construcción de refugios”[4].
La Sociedad Filatélica de Madrid ha detectado la emisión de
sellos con valores de 5 cts. y 25 cts. a nombre del Comité Popular de Defensa.
En los sellos de cinco céntimos el texto es de color azul; pero el fondo varía en
diferentes colores: naranja, violeta lila, rosa lila, azul rojo, verde. En el
valor de 25 cts. el texto es rojo y el fondo de color verde.
[1] AHMX, Libro de Actas Capitulares 1935 a 1942,
sesión ordinaria del 10 de junio de 1938, sig. 479. Esta es la sesión posterior
al ataque del Mercado Central de Alicante. Éste fue el primer punto del orden
del día.
[2] AHMX, Libro de actas de la Junta de Defensa Pasiva
1938-1954, sesión del 15 de junio de 1938, sig. 587.
[3] AHMX, Libro de actas de la Junta de Defensa Pasiva
1938-1954, sesión del 2 de noviembre de 1938, sig. 587.
[4] AHMX, Libro de actas de la Junta de Defensa Pasiva
1938-1954, sesión del 2 de noviembre de 1938, sig. 587.
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
En casa, confinado, me he hecho diestro en el combate contra
esas bolitas de pelusa que se forman en los rincones, al abrigo del rodapié. El
miedo al virus ayuda a entender por qué se encalaban las barracas, las virtudes
del color almagra y también la utilidad de la ceniza de barrilla, madre del
bendito jabón. Mientras pasaba la aspiradora me decía, para animarme, que el
secreto de la supervivencia humana frente a los bichos de todos los tamaños
estuvo en el invento de barrer y alumbrar la cueva: dejar el fusil y volver a
tomar la escoba es el futuro de la humanidad.
El color de las ciudades está directamente ligado a las
epidemias que ha sufrido. Seguro que cada mortandad producía una capa nueva de
cal en las capillas de los conventos y las fachadas de los palacios. Más que
las riadas, las epidemias fueron causa del abandono de muchas casas y, a fin de
cuentas, piezas decisivas en la transformación de las ciudades. El urbanismo,
que tanto emboba ahora con la mal llamada «reforma» de la plaza del
Ayuntamiento, se inventó para lo que se inventó: luchar contra la mugre
derribando barrios enteros de casas viejas, sucias e insalubres. Reformar la
ciudad en serio fue abrir la calle de la Paz y la avenida del Oeste; y derribar
el Barrio de Pescadores, lleno de prostitución y miseria. Lo demás es poner
macetas.
En el Marítimo se quiso pero no se pudo. A la izquierda le
cuesta asimilar esa misión higiénica del urbanismo en la lucha contra la mugre,
endémica en una parte no pequeña del distrito. Ahora, cuando el periódico
informa de que se ha llegado a un pacto para poder derribar el Bloque
Portuarios, se ve que no todo está perdido y que Sandra Gómez ha aprendido a
usar, finalmente, las herramientas progresistas del urbanismo: se derriban
edificios viejos sin interés alguno y en su lugar se construyen edificios nuevos.
La gracia de la izquierda consistirá, si sabe hacerlo, en conseguir que los
habitantes de lo derribado no tengan que emigrar… Y que algunos dejen de
hacer hogueras en la calle.
La bayeta y la escoba vuelve a pasar sobre los prejuicios de
la ciudad, dolida tras la epidemia. El progreso no consiste en volver a la
nostálgica tortada de Goerlich sino en hacer uso inteligente de la lejía.
Urbanismo e higiene han ido siempre de la mano. Esas casitas abandonadas, tan
adorables, encierran ratas que han vuelto tan campantes. Un Ayuntamiento
progresista está urgentemente obligado a combatir la plaga de cucarachas,
gatos, palomas y roedores. Y a dar un escarmiento especial a nuestros enemigos,
los mosquitos.
Edificio del Sindicato Agrícola y Caja Rural de Ahorros y Préstamos de Petrer en la calle Gabriel Payá. La Ley de Cooperación de 1942 provocó el cambio de Sindicato por el de Cooperativa.
Mª CARMEN RICO NAVARRO, CRONISTA OFICIAL DE PETRER
Fue un 21 de mayo de 1908, hace ahora 112 años, cuando un
grupo de labradores se reunió en el número 15 de la calle Mayor, bajo la
presidencia de Joaquín Verdú Poveda, iniciando con este gesto la manifestación
solidaria más importante habida hasta entonces en el pueblo de Petrer.
Estos campesinos propietarios agruparon sus escasos
capitales bajo un ideal, la ayuda mutua, y fundaron el Sindicato Agrícola y
Caja Rural de Ahorros y Préstamos de Petrel. Éste fue también el origen de
Caixapetrer una entidad crediticia convertida hoy en un símbolo tanto en Petrer
como en Elda. Los inicios no fueron fáciles; ilusión y economía se daban la
espalda. Tampoco acompañaban las imposiciones legales, ni la sequía, ni las
plagas. Pero el auxilio común es una estrategia ganadora, y el sindicalismo
pronto alcanzó resultados en Petrer. La entidad se consolidó en acciones de
crédito y financiación, a la par que confirió a la clase agrícola las
herramientas de producción óptimas para obtener un fruto con garantías,
reputado en los mercados comarcanos.
La industrialización y el éxodo rural no afligieron a la
entidad, que supo adaptarse, ahora, bajo el calificativo de Cooperativa por la
Ley de Cooperación de 1942 por la que el conocido por todos como el Sindicato
pasaba a ser a partir de este momento Cooperativa. La calidad de los vinos,
aceites y frutos secos atesoran el saber hacer de los socios cooperativistas a
lo largo de su historia secular.
Durante su primera centuria, el espíritu cooperativo ha sido
la mejor herencia que los socios han legado a sus hijos, nietos y biznietos. La
protección recíproca y la afirmación de lo local, han sido los pilares del
cooperativismo agrario en Petrer, conformando un patrimonio colectivo que todo
el pueblo tiene la oportunidad de servir y de valer.
Hoy, más que nunca, la Cooperativa Agrícola enfoca su futuro
desde perspectivas que le permiten mantenerse y seguir creciendo, con el apoyo
de la agricultura pero también de la agroindustria y del comercio.
Las personas que han pasado por esta entidad, desde siempre,
han puesto todo su esfuerzo en levantarla y consolidarla, deseamos que
continúen desarrollando su labor y que el cooperativismo se mantenga siempre
vivo y presente en nuestro pueblo.
El petrerense Xavier Amat Montesinos, doctor y profesor de
Geografía Humana en la Universidad de Alicante, coordinó, en 2008, un magnífico
libro sobre el cooperativismo agrario en Petrer en el que recoge la historia de
esta emblemática y más que centenaria institución. Todas las personas que
dieron vida e hicieron grande esta institución aparecen en este estudio
fundamental para conocer los orígenes agrícolas de Petrer y el respeto que
todavía hoy tenemos por esta actividad primaria que dio vida y trabajo a todo
un pueblo. Su título “Tierra, créditos y agua”, una publicación que habla de lo
nuestro y de los nuestros y que está a vuestra disposición en las dos
bibliotecas de Petrer.
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
Qué bonitas las escenas de las lavanderas en el arroyo. Qué
románticas y populares. En el río se aderezaba una zona especial para ellas. Y
se canalizaba una acequia para construir un lavadero de grandes losas
inclinadas. Era el punto de cita de las comadres; el lugar de los cotilleos y
las confidencias. Novelas, cuentos y películas han usado y abusado del lavadero
como referente de una España ancestral en la que la mujer llevaba la pesadísima
carga de lavar, tender, secar y planchar la ropa de toda la familia. Desde muy
antiguo. Como suele decirse, desde la noche de los tiempos…
En las ciudades grandes había lavanderas que se llevaban la
ropa de las casas burguesas. Pero eso tenía problemas lógicos de aprensión en
tiempos de epidemias y contagios: ¿nuestra ropa se lavará mezclada con otras de
personas que hayan podido estar enfermas? Primaban los lavaderos domésticos
donde se trabajaba con la famosa tabla de
madera ondulada. Los tendederos estaban en los balcones, en los patios
de vecindad o en las azoteas. El escenario era diferente del de los pueblos –en
ocasiones era mucho peor– pero la obligación femenina seguía siendo idéntica. Y
conocía una sola excepción: la de los soldados, que solían lavarse su propia ropa
cuando estaban en campaña.
Entre los sueños de progreso siempre ha estado el de un
artefacto que lavara ropa. El primero, el más elemental fue un tonel con un
tornillo interior de paletas accionado con manubrio. Algo así es lo que creó,
hacia 1780, el inglés Henry Sidgier. Toneles, barricas, artesas, cajones de
madera de pino… Todo se fue ensayando, con paletas o mazos para inventar un
sistema que reprodujera la tarea de estrujar y golpear la ropa como hacían las
mujeres en la orilla del río.
La ropa resultaba muy maltratada por aquellos inventos.
Incluso el que se desarrolló en Estadios Unidos hacia 1850, un tambor
giratorio, era útil para sábanas y camisas pero no para prendas finas y
elegantes. Un tal mister Smith, mejoró el invento dotándolo de un sistema que
hacia girar el tambor en uno y otro sentido, pero tampoco fue la panacea. Ni
siquiera logró imponerse un artefacto ucraniano que es citado como el primero
que, además de lavar la ropa de un hospital consiguió, hacia 1880, secarla sin
destruirla.
Lo que sí está considerado como un avance de importancia es
la patente de una máquina de lavar ropa movida por corriente eléctrica. Se debe
a Alva J. Fisher, un norteamericano que registró su modelo en 1901. Es el
sistema del que derivan todos los avances en lavado de ropa que hemos visto en
el siglo XX: un tambor giratorio donde se mete la ropa con agua y jabón.
Después vendría todo lo demás: la fase de lavado y la de escurrido, la
programación, las velocidades, el agua fría y la caliente, los depósitos de
detergente o suavizante… todo son añadidos al principio elemental de 1901. Que
se hizo una máquina popular conforme la gente tuvo electricidad en casa y el
recibo se fue haciendo soportable.
En España se detecta, en 1902, un anuncio la “Lavadora del
Siglo XX” que funcionó bastante bien por su comodidad y sencillez. La había
patentado por cinco años Luis Miller, en 1901 y la anunciaron diciendo que
hasta un niño podía manejarla. Pero no era eléctrica ni mucho menos: era un
tambor que giraba horizontalmente impulsado por un manubrio; se sujetaba con
patas, era rudimentario y en Valencia lo podemos ver anunciado en 1903, de
venta en un almacén de suministro de maquinaria agrícola, y ya en 1904 (“Las
Provincias”, 25 de julio) a la venta en la ferretería de la calle de Tránsits.
Higiene, limpieza, comodidad y economía eran sus virtudes. Y
se hacía mucho hincapié en el principio de que “La ropa se lava en casa”, con
el fin de evitar aprensiones y contagios de gente que pudiera haber estado
enferma. Estaba fabricada en Estados Unidos, donde ya estaban en uso unas
140.000 máquinas y costaba 140 pesetas, que era bastante dinero; pero se vendía
a cómodos plazos de 15 pesetas mensuales.
El principio del tambor que giraba hacia ambos lados de
forma alternativa se introdujo hacia 1910. La puerta frontal estanca que
evitaba fugas de agua vino algo más tarde. pero lo bien cierto es que las
lavadoras de ropa de tracción eléctrica por motor solo se hicieron populares y
asequibles, incluso en Estados Unidos, después de la guerra Europea, en los
años veinte y treinta. Los primeros anuncios de lavadoras eléctricas los
podemos encontrar en la prensa española en los años treinta; eran máquinas
construidas en Alemania.
Hubo que esperar a que pasara la catástrofe dela II Guerra
Mundial para que la máquina de lavar ropa con motor eléctrico empezará a difundirse
en Estados Unidos y en Europa. En el año 1958 alemana lanzó su modelo Lavamat,
considerada la primera lavadora automática del mundo que programaba velocidades
y funciones. Antes, en España, los anuncios nos muestran el modelo Pingüino, de
1954, a la venta en la Ferretería la Cadena del Molino de Na Robella; en 1955,
en establecimientos Mercé y en Viuda de Miguel Roca, se vendió mucho el modelo
Regina, y en 1959 empezó a introducirse la lavadora de la AEG alemana. La
empresa Balay de Zaragoza fue pionera nacional en 1966 al lanzar su primer
modelo, que se fue perfeccionando en los años siguientes, a base de velocidades
y programas diversos. Y que llevaba un rodillo escurridor movido por manubrio
como complemento.
Antiguo Grupo Escolar “Emilio Castelar”, hoy en día colegio Padre Manjón, de Elda, donde el 25 de febrero de 1939 fue instalada la Subsecretaria del Ejército de Tierra.
GABRIEL SEGURA, CRONISTA OFICIAL DE ELDA
Hoy martes, 25 de febrero, se cumplen 81 años de un
acontecimiento desarrollado en Elda, pero que por su trascendencia forma parte
de la historia de España: la llegada del gobierno de la República a Elda. Pocos
documentos hay tan clarificadores sobre este hecho y los sucesivos
acontecimientos desarrollados entre finales de febrero y el 6 de marzo de 1939
como el acta del Consejo Municipal eldense celebrado el día 27 de febrero de
1939 en la que el alcalde Manuel Alberola Castelló participa a los consejeros
municipales presentes que…
“… el sábado último, veinticinco del corriente, se presentó
en su despacho una comisión enviada por el Gobierno para ordenarle que fuera
desalojado el edificio de las Escuelas Castelar con el fin de instalar en el
mismo las dependencias de la Subsecretaria del Ejército de // Tierra. Con tal
fin los muebles y material escolar que había en dicho edificios, fueron
instalados en la fábrica de “Industria Española del Calzado”.
El Consejero Iñíguez se lamenta de que se haya obligado a
algunas familias a desalojar las viviendas, en el plazo de seis horas, para
instalarse en ellas personal de las dependencias ministeriales. “
Estas breves líneas se convierten en el único documento
oficial conservado, no solo a nivel de Elda, Petrer y Monóvar, sino a nivel
nacional sobre el llamado “gobierno de Elda”. Testimonio oficial, fidedigno e
incuestionable que viene ratificado por las afirmaciones que en el mismo
sentido quedan recogidas en las diversas obras y/o memorias autobiográficas de
los protagonistas principales de aquellos días del finales mes de febrero y
principios de marzo del año 1939, caso de Rafael Alberti, Ignacio Hidalgo de
Cisneros, Antonio Cordón, Palmiro Togliatti, Irene Falcón, Dolores Ibárruri
“Pasionaria” y Manuel Tagüeña.
Del estudio de estos testimonios, del “unicum documental”
conservado en el Archivo Municipal de Elda y ante la ausencia de mas
documentación oficial cabe suponer que la llegada del gobierno de la República
a Elda lo fue con cierta discreción pública; al tiempo que la llegada de Juan
Negrín, como presidente del gobierno y máxima magistratura de la República en
suelo español, de algunos de sus ministros y de altos cargos militares, así
como de destacados cargos del Partido Comunista lo fue dentro de la más
estricta cautela y discreción pública. Circunstancias que explican la
utilización de nombres en clave, caso de la Posición Yuste o la Posición Dakar,
amén de que la población de Elda y los ayuntamientos de Petrer y Monóvar
permanecieran ajenos por completo a la presencia en nuestro valle de los
últimos representantes legítimos del poder civil y militar de la República.
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
Cuando Escolano describió las bondades de Valencia llegó a
decir que la limpieza era en la ciudad «atributo, y como propiedad en ella».
Aseados en el vestir, los valencianos del XVII exigían «que se sirva limpia la
comida, que se guise en vasos limpios, y que la mesa y ornato della luzga de
manera, que todo parezca un espejo de cristal». Tan escrupuloso era el
vecindario, tan grande el «aliño y curiosidad» en «tablas, boticas y tiendas de
vianderos», que el Consell, en 1389, ordenó que el verdugo viviera apartado de
todos; y que fuera al Mercado «con guantes calçados, y una varilla en las
manos», para señalar lo que necesitaba comprar.
Siglos después de las ‘Décadas’, la ciudad empezó ayer a
abrir puertas y ventanas; levantó persianas y extendió toldos. Y un picante
aroma de lejía empezó a mezclarse con ráfagas de azahar y briznas de césped
recién cortado. Puesta en limpio, acicalada después de dos meses, Valencia ha
empezado a abrir museos y capillas, ultramarinos y tintorerías, tiendas de ropa
y calzado y las pocas librerías que iban quedando. Ayer fue día de retirar los
encargos congelados y empezar a hacer que la máquina de la economía, tan
maltratada, volviera a rodar. Mientras tanto, espontáneamente, se produjo una
doble romería hacia dos santuarios inevitables: la basílica de la Virgen de los
Desamparados, donde hay tanto que pedir y agradecer; y la plaza del
Ayuntamiento, donde si soy sincero ya no sé lo que escribir.
Había curiosidad, eso sí. Una gran dosis de morbo por ver la
distribución de los espacios, los lugares libres de coches y los reservados a
peatones; el aspecto que tienen, en fin, los maceteros más famosos del mundo.
Pero más allá de la plaza y su polémica lo que había en los paseantes era el
deseo de recobrar los parajes habituales, los escenarios de siempre, vueltos a
ver ahora, revisitados tras la ausencia, casi con ojos de turista llegado por
primera vez. ¿Ese toldo estaba ahí antes? ¿Esa perfumería es nueva o me lo
imagino yo?
Valencia parece nueva, como recién estrenada. Le han pasado
la bayeta mil veces y todo aparece limpio y resplandeciente. Huele a plástico y
a Cristasol. Pero las sombrillas contrastan con el arbolado, de intenso verde
tras las lluvias y todo parece distinto: rótulos y toldos, escaparates y
servilleteros, hasta esos alcorques con flores inesperadas… Miles de
comerciantes y hosteleros, y sus familias, enmascarados por cortesía, se
esfuerzan ahora por sonreír más aún que antes: lo hace con la mirada, o con un
gesto reverencial a la japonesa. Con prudencia, con paciencia, empieza el
reencuentro.
Leí completos los Episodios Nacionales de Benito Pérez
Galdós en tiempos de mi estudiantada universitaria. Lo hice en una publicación
que compró mi padre de la editorial Aguilar, encuadernada en escarlata piel de
oveja, con estampados en oro y papel biblia. Dejando aparte lo primoroso de la
edición, he de reconocer que los textos me fascinaron por el intenso impacto
novelesco. A esa fascinación ayudó el estilo literario preciso en el afán de
historiar y la descripción de ambientes, situaciones y personajes. Es más, me
dejó impronta.
La otra tarde volví con uno de ellos, concretamente el
dedicado al general Prim. El militar y político reusense es un personaje que
siempre ha llamado mi atención por su valor temerario y por su talante político
vehemente y empecinado, capaz, por ejemplo, de vomitar discursos de tres días
en el parlamento. Vamos, que también los aguantarían hoy los diputados que se pasan
las sesiones con el móvil.
Pues bien, en el texto de Galdós hay un fragmento en el que
Don José Chaves arroja a Doña Manuela de su casa «a cajas destempladas». Es una
de esas frases de expresión castiza, tan utilizadas por el autor, que
significan de mala manera o de forma trágica. La razón de su origen, habría que
buscarla en una costumbre del ejército español. En efecto, cuando se expulsaba,
con deshonor, a un soldado, los tamborileros destensaban los parches de sus
cajas y los hacían sonar con un sonido agrio, grotesco y desafinado. Así nos lo
significa el Diccionario de Autoridades de 1739. El procedimiento también era
habitual en los redobles que acompañaban a las ejecuciones de los reos en las
plazas públicas, o en las procesiones de Semana Santa, en las que participaba
el ejército, que aún ha conocido este cronista. Hoy la expresión, está en
desuso. Vieja la frase y viejo yo. En fin.
El capitán de los Flamencos, Francisco Chico de Guzmán López Ortiz, abriendo la comparsa | Calle Gabriel Payá, año 1935.
Mª CARMEN RICO NAVARRO, CRONISTA OFICIAL DE PETRER
La Unión de Festejos San Bonifacio Mártir decidió el día 23
del pasado mes de abril suspender las Fiestas de Moros y Cristianos de este
año. La decisión fue adoptada por unanimidad en la reunión telemática de la
Junta Central Directiva de la que forman parte la directiva de la entidad
festera, la Mayordomía de San Bonifacio Mártir y los presidentes de las diez
comparsas, reunión en la que también participó el Ayuntamiento de Petrer
representado por su alcaldesa y la concejala de Fiestas
Pero ésta no es la primera vez que nos quedamos sin fiesta.
Entre 1909 y 1913 no se celebraron por la situación de penuria económica que
atravesó Petrer durante esos años. Unos años más tarde también se suspendieron
y ello fue debido a cuestiones muy diferentes a las de ahora. La proclamación
de la II República, en abril de 1931, y las nuevas consignas políticas hicieron
que el pueblo se quedase sin fiestas de Moros y Cristianos hasta 1934. A pesar
que las fiestas fueran un motivo de alegría y diversión el que se dedicaran a
San Bonifacio las dotaba de un cariz religioso que no encuadraba dentro del recién
estrenado escenario político.
La entrada de los republicanos radicales y socialistas en el
gobierno municipal supuso la aprobación en agosto de 1931 de la eliminación de
consignaciones para fiestas religiosas, el mantenimiento de la iglesia y la
prohibición de todos los actos religiosos en las calles. En 1932 el
Ayuntamiento renovó su prohibición. Las luchas sobre la cuestión religiosa
entre los republicanos radicales y socialistas se mantuvieron en 1933 con la
anulación de las fiestas de mayo. En abril de 1934 los republicanos radicales
volvieron a controlar la alcaldía y la junta municipal, y éstos eran más
moderados y tradicionales que los socialistas en asuntos religiosos por lo que
volvió la fiesta.
En 1935 las fiestas de Moros y Cristianos recuperaron
pasados esplendores, pese a que no se hizo procesión, pero sí se bajó el santo
de la ermita para iniciar las fiesta y se subió desde el templo parroquial el
último día, aunque sin sacerdote y acompañado por disparos de alardo. Todos los
actos religiosos quedaban restringidos al interior de la Iglesia de San
Bartolomé y de la ermita. En él destacan las dos Entradas en las que desfilaron
las tres comparsas que había en ese momento: Estudiantes, Caballeros de Flandes
(Flamencos) y Moros.
En 1936 se celebró el V aniversario de la proclamación de la
República Española con festejos populares los días 12, 13, 14 y 30 de abril y
la Fiesta del Trabajo el 1º de mayo con cargo al presupuesto municipal pero el
tenso ambiente político local motivó que se anularan las fiestas en honor de
San Bonifacio. El estallido de la Guerra Civil hizo que éstas no se retomaran
hasta 1940.
Desde 1940 hasta hoy hemos tenido 79 años ininterrumpidos de
fiesta. Este año no las vamos a celebrar pero estamos seguros que el año que
viene las disfrutaremos más y mejor. Ayer, hoy y siempre: “San Bonifaci que
fora”.
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