FRANCISCO SALA ANIORTE, CRONISTA OFICIAL DE TORREVIEJA
Hay tres jueves en el año que
Relucen más que el Sol
Jueves Santo, Corpus Christi,
y el Día de la Ascensión.
Si se exceptúa el jueves santo, no tienen ya esas fechas la
celebración que enseña el cantar, sin embargo, va surgiendo del olvido el día
de Corpus, como rememorando épocas que parecen hacer buena la copla de Jorge
Manrique de «cualquier tiempo pasado fue mejor».
Los orígenes de la fiesta del Corpus en Europa hay que
buscarlos en 1230, cuando la monja Juliana de Monte Cornilon, en Lieja, tuvo
una revelación en la que Jesucristo le inspiró la celebración de una fiesta en
honor del Cuerpo de Dios. En 1264, Urbano VI, mediante su bula: Transiturus de
hoc Mundo, refrendaba la celebración de una fiesta en honor del Cuerpo de Dios
en toda la cristiandad. En España, dice Marcelino Menéndez Pelayo la introdujo
Berenguer de Palaciolo, que murió en 1314.
La Celebración se lleva a cabo el siguiente jueves al octavo
domingo después del Domingo de Pascua (es decir, 60 días después del Domingo de
Pascua).
Aquí en Torrevieja, no hubo costumbre como en otras
poblaciones, de recorrer las calles los «diablitos», extravagantes figuras de
pequeños endemoniados rojos, y los «gigantes». En otros lugares, a mediados del
siglo XVIII, iban delante de la procesión esas extrañas y ridículas figuras,
como la tarasca -figura de serpiente monstruosa desproporcionados y los
gigantes, muñecos de gran tamaño, pero no era posible que perdurara esa
costumbre; y, así, una Real Disposición del 10 de abril de 1772 los prohibió,
diciendo que: «Lejos de autorizar semejantes figurones, la procesión y culto
del Santísimo Sacramento, servían de befa para aumentar el desorden y distraer
o enfriar la devoción de su Majestad Divina».
Esta prohibición, expresamente, consta en el título de las
Leyes Recopiladas, tanto en lo referente a los gigantones como a las danzas y
otras prácticas profanas, contrarias al decoro y grandeza de las funciones
eclesiásticas. Tampoco en Torrevieja hubieron carros alegóricos o «rocas», como
entonces se les llamaba, alternando su ordenada marcha con chistosos
sainetillos, entremeses o pasillos burlescos representando las costumbres
populares, ni salían los «gigantes y cabezudos» representando las diferentes
etnias: turcos, gitanos, negros, rasgos indianos, el Cid, Doña Jimena, los
Reyes Católicos, el Rey Jaime I, Doña Violante, como sucedía en la vecina
Orihuela o Elche.
Si que hubo acompañamiento por charamiteros en Torrevieja
desde las primeras procesiones del Corpus que desfilaron en Torrevieja,
encargándose de su contratación la Cofradía del Santísimo, fundada en el año
1791, al tiempo que también costeaba la cera para el alumbrado y el junco para
esparcirlo por la iglesia y las calles por donde pasaba la procesión.
Sin duda, la celebración de la fiesta del Corpus Christi era
una de las manifestaciones cívico-religiosa más importantes de la Torrevieja en
los siglos XVIII y XIX ya que a su carácter religioso, que tenía como fin principal
rendir culto al misterio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, unida
a un sentido festivo, en el que participaban todos los estamentos de la Ciudad
y que hacían de la ceremonia litúrgica un auténtico espectáculo. Entre 1861 y
1866, ingresan en la Hermandad del Santísimo 38 nuevos miembros, entre ellos
Eduardo Dolón Balaguer, de padre ilicitano, cortador y carnicero que se afincó
en Torrevieja, viviendo en la calle Chapalangarra, hoy llamada Blasco Ibáñez,
hasta su muerte, a la edad de cincuenta años, en 1889. Sin duda un eslabón
genealógico del actual alcalde de Torrevieja,
La víspera del Día del Señor, toda la villa de Torrevieja se
preparaba, se barrían las calles del itinerario, se desecaban los charcos y se
llenaban los baches para hacer más fácil y decoroso el recorrido, se esparcían
por el suelo, tanto dentro de la iglesia como fuera de ella, por donde había de
pasar el cortejo, junco y otras plantas olorosas. El recorrido se adornaba con
tapices, colchas, mantones y otros ricos paños, prestados por los vecinos.
Como tradición durante esta fiesta religiosa, numerosos
vecinos, en las calles del centro inclusas en el recorrido procesional,
engalanaban sus rejas y fachadas con sus mejores mantos, y el Consistorio hacía
lo propio en todos los edificios públicos principales, fundamentalmente la casa
consistorial, adornando igualmente sus calles con junco. Se colocaban mástiles
con gallardetes por las calles principales.
En casi todas ellas, camino de la procesión, habitadas por
la gente más acomodada y piadosa se levantaban espléndidos altares, adornados
con ramos de flores y las más espléndidas macetas, empleando en la decoración
floreros, candelabros y otros artefactos valiosos, joyas de familias que se
sacaban a relucir en este memorable día. Se tendían lujosas y grandes alfombras,
que hacían tenues y apagados los pasos del enorme público, y juncos y flores
variadas tapizaban la acera. Estos tradicionales altares quedaban instalaban en
las principales cancelas, dando un toque colorista y fervoroso a esta
tradición.
No había una sola cuyas ventanas no se vieran vestidas de
hermosas colgaduras, ocupando, además, los espacios intermedios de ambas aceras
verdes ramas que producían el efecto de un bosque delicioso. Flameaban en las
mástiles y rejas de muchos edificios vistosísimas banderas de diversas
naciones. El suelo se hallaba regado juncos, haciendo más cómodo el tránsito
por donde no se respiraba otro ambiente que el exhalado por los aromas
exquisitos de jazmines y claveles. Rivalizaban los vecinos, haciendo patentes
demostraciones por contribuir al mejor lucimiento de esta función preparando
altares o puntos de descanso para, el Ministro del Señor,
¡Qué tardes, adornando los altares, esperando para
presenciar, de rodillas, el paso del Santísimo, entre cordones de fieles y
presidencia de autoridades religiosas, civiles y militares!
Las calles se llenaban de los aromas de los juncos, que
servían de alfombra al paso del cortejo que partía tras la misa desde la
iglesia y sobre una verde alfombra la procesión del Corpus Christi recorría las
principales calles. Debía de ser un gran placer pasear por las calles de
Torrevieja en ese día y sentir la frescura y el aroma del junco.
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