Arxiu diari: 9 d'octubre de 2026

LA TIZONA DE JAIME I, UNA ESPADA LEGENDARIA

FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA

Como ocurre tantas veces, el respeto hacia un objeto de nuestra historia, la admiración e incluso veneración que nos despierta, es más fruto de la pasión y las emociones que de una documentación que el tiempo ha barrido. Al igual que pasa con otras reliquias históricas respetadas y veneradas al hilo de la tradición, la espada del rey don Jaime el Conquistador, su Tizona, es un objeto al que se rinde tributo de veneración. Aunque Teodoro Llorente, que canto sus proezas, tuviera que admitir, a fuer de historiador escrupuloso, «su autenticidad no está comprobada».

Es una espada legendaria, un arma con nombre propio, a la que el rey alude en su «Chronica»: «Habíannos traído de Monzón una espada que tenía por nombre Tizona y era de muy gran ventura para los que la llevaban». El historiador Beuter asegura que fue tomada de la tumba de un caballero templario caído en combate en Monzón. Gaspar Escolano aún le puso más prestigio al contar cómo el rey se deshizo de no pocos musulmanes al empuñarla.

Teodoro Llorente, en su libro «Valencia», publicado en 1887, refiere (II, 502) que, en 1666, cuando el virrey marqués de Astorga visitó la Casa de la Ciudad, «llamóle la atención una espada clavada en el artesonado de la Casa de la Ciudad, y encorvada de modo que formaba un arco». Preguntó por ella, le dijeron que era de don Jaime y «parecióle que merecía mayores honras, y entonces se depositó en la capilla de la misma Casa, mandándose además que la sacase todos los años el racional en la procesión del día de San Dionisio».

Ese año de 1666 es el del Sermó de la Conquesta: la espada fue a la Catedral y recibió honores procesionales. El sermón pronunciado en su honor por Gaspar Blay está publicado y es bien conocido. Porque consagró una costumbre: la de venerar una espada, la que se guardaba clavada en el techo de la Casa de la Ciudad, que había servido para incorporar nuestras tierras a la civilización cristiana.

El marqués de Astorga fue quien decidió darle a la espada un papel más relevante para la memoria de la ciudad de Valencia

El protocolo que desde entonces se estableció en torno a las comparecencias y desfiles del noble hierro, es conocido. Las estrictas normas que fueron quedando reflejadas en los libros de Memorias de la Ciudad fueron transcritas y reunidas en 1696 por Félix Cebrián Aracil. Como el cronista Vicent Baydal tiene estudiado, la ciudad dio por muy cierto el origen de la espada y, dada su pertenencia, le concedió el mismo rango de representación de la ciudad que la propia Senyera. Hasta 1707, en que el Reino de Valencia perdió sus Fueros, la espada regia recibió honores procesionales y fue custodiada en lugar seguro.

Teodoro Llorente sigue diciendo en su libro que «hoy, la crítica exigente y escrutadora ha desvanecido el prestigio de aquel venerado acero: alega que ni sus dimensiones parecen propias de un guerreo casi atlético, como era don Jaime, ni abona su antigüedad la marca señalada en su recazo, igual a la de una espada de doña Isabel la Católica, existente en la Armería Real de Madrid. Por otra parte, no consta la cesión a Valencia de la espada del Conquistador, dádiva harto honrosa para pasar inadvertida», cita en su escrito.

Llorente, en las notas que completan estos párrafos, da no pocos detalles. Los que más nos interesan dicen que es una «espada de hoja recta y de un filo, lomo cuadrado y caña hasta los dos tercios, bigotera y espiga, de 91 centímetros de largo, y 33 milímetros de ancho junto a la empuñadura, esta es de hierro y pare haber estado dorada; pomo en forma de pera; puño labrado, de anillos, y arriaz de gavilán exterior, remangado en forma de guardamano y patilla inferior; los gavilanes terminan en un botón».

Da Teodoro Llorente otros detalles y podemos intuir algo parecido al desconsuelo al no poder inyectar certezas de documento y legajo en el historial de un acero real en el que los valencianos ponen afecto y admiración hoy. Sin embargo, en las fiestas de la Conquista de 1838, la espada «fue solemnemente exhibida, a la vez que la Senyera, y desde entonces es objeto de oficial veneración a pesar de las objeciones de la crítica».

En 1876, por el VI Centenario de la muerte del rey, el Cap i casal acogió unas celebraciones extraordinarias

En efecto, vamos a ver que, en 1867, con motivo del segundo centenario de la Basílica de la Virgen, valencia incorporó la Senyera y la Tizona a una cabalgata histórica de gran éxito popular. Desde entonces, el acero estuvo guardado en los archivos municipales en una caja especialmente construida para ello.

En el año 1876, al cumplirse el VI Centenario de la muerte del rey, Valencia celebró unas fiestas extraordinarias en las que Teodoro Llorente, ya propietario y director de LAS PROVINCIAS, comenzó a alentar el proyecto de un monumento a Jaime I que años después sería el que tenemos en el Parterre. El rey, en efecto, fue el eje de la recuperación de la Renaixença que desplegó por esos años sus alas poéticas y dio origen a Lo Rat Penat. El periodista-poeta acababa de traducir al castellano, en 1874, el libro del barón Charles de Tortoulón sobre nuestro rey, una biografía esencial que puso en pie la figura del monarca creador de reinos. El propio Tortoulón estuvo en la ciudad en los festejos de julio de 1876, donde Valencia supo alternar celebraciones populares con un certamen poético e histórico de alto nivel académico.

El Ayuntamiento, que alentó las celebraciones y la cabalgata histórica de ese y otros años, pidió a la Armería Real piezas de museo que vinieron a Valencia y desfilaron en un carro fúnebre, tirado por ocho caballos y cuajado de flores, que honró la memoria del rey en su trayecto desde el Ayuntamiento hasta la Catedral. Entre esas piezas viajeras, expuestas también en la Lonja, cabe señalar una espada; que no era la que la ciudad conservaba y atesora, sino otra diferente. Se trataba de una «espada de manos, o montante», que viajó a Valencia junto con un peto de hierro. Según publicó LAS PROVINCIAS, ambos «proceden de Mallorca y fueron llevados a Madrid en 1831». Su descripción es esta:

«La espada es de gran tamaño: tiene una vara y siete pulgadas de largo. Su empuñadura, en forma de cruz, es muy grande y muy sencilla. Sus tres brazos terminan en botones de cobre y se ve que estuvieron dorados El pomo esta cubierto de ropa de seda roja. La hoja es ancha, fuerte, de dos filos, y en ambas caras se ve una marca, en forma de escudito con seis puntos».

Después de 1876, esa gran espada, reintegrada a la Armería Real tras las fiestas, no volvió a Valencia. Tampoco consta que la ciudad exhibiera el arma del rey en las celebraciones que se fueron sucediendo a lo largo del tiempo: en los viajes que la Senyera hizo no estuvo acompañada de la Tizona hasta el año 1951.

Ese año, en efecto, salió en la procesión del 9 d’Octubre y fue llevada por el alcalde Baltasar Rull. Al año siguiente, 1952, consta que viajó al monasterio de Poblet, junto a la Senyera y el Penó de la Conquesta, para unirse al Ayuntamiento y la Diputación en los actos en los que el Jefe del Estado reintegró los restos de los reyes de la Corona de Aragón a las nuevas tumbas reales labradas en el restaurado monasterio.

Veinte años después, en 1972, el alcalde Vicente López Rsat portó la real espada en la procesión del 9 d’Octubre. Un gesto que repitió el alcalde Miguel Ramón Izquierdo cuando se cumplieron siete siglos de la muerte del rey, en 1976.

¿Cómo se lleva la espada de un rey?

Los ceremoniales antiguos recopilados por Cebrián señalan cómo se tenía que descender la Senyera por la fachada de la Casa Consistorial y quién debería llevar la espada del monarca. El profesor Narbona, que estudió esos documentos indica que era el racional quien bajaba a la calle la espada y la dejaba en una bandeja de plata cubierta de un lienzo o damasco mientras regresaba a bajar la bandera de la ciudad. También se dejaba la espada en la bandeja durante el solemne sermón de la Catedral. Por el camino, la costumbre era llevar el arma apoyada en el hombro del portador.

El alcalde Baltasar Rull, que la llevó en 1951 y 1952, en Valencia y en Poblet, respectivamente, utilizó un almohadón de damasco, con borlas, según dejan entrever las fotos que la prensa publicó. También el alcalde López Rosat usó el mismo formato para la procesión cívica de 1972. En el caso de 1976, el alcalde, más los diputados y senadores valencianos, fueron portadores del antiguo hierro en un cojín de damasco, instalado sobre una plataforma expositora y dotado de unas asas especiales.

Fuente: https://www.lasprovincias.es

DEFENDRE A CAPA I ESPASA EN UN 9 D’OCTUBRE

LLUÍS MESA, CRONISTA OFICIAL D’ESTIVELLA

Estem en un temps en el qual la sensibilitat és especialment intensa. Ens sentim atacats i atacades amb raons o sense elles. A voltes, molesta que diguen qualsevol cosa i botem. Altres vegades, és de justícia que la gent reivindique o es queixe del que passa. Siga per eixa raó o perquè este 9 d’Octubre eixirà de manera excepcional l’espasa de Jaume I al carrer, em ve al cap l’expressió ‘defendre a capa i espasa’. Significa protegir un objecte o persona amb tots els mitjans possibles, mostrant una obstinació gran i utilitzant qualsevol mitjà possible. L’origen de la locució es relaciona amb el fet que estos dos elements els gastaven els individus que actuaven en duel per a defendre ideals o dames.

En vespra del 9 d’Octubre, hauríem de ser conscients que per damunt d’interessos particulars caldria que ‘defensàrem a capa i espasa’ la nostra identitat. Des del pluralisme, creient que l’estima pel territori i les persones ha de ser pacífica, hem de reivindicar allò que és just i digne. Pense en la recuperació del dret civil valencià i en el finançament just. Els dos temes han estat defesos per quasi totes les forces polítiques. Curiosament, el representant del partit que no defén la recuperació de la llei foral serà demà el portador de la bandera pròpia en la processó cívica.

En dies com estos, ens mostrem prop de la cultura i les tradicions. Potser és moment per a entendre què implica ‘defendre a capa i espasa’ el valencià. No comporta discutir estèrilment l’origen o la naturalea de l’idioma. Representa estimar-lo pronunciant-lo i compartir-lo. Suposa escoltar-lo amb naturalitat, encara que no el parlem, i fer l’impossible per no dir que no l’entenem. Cap valencià ni valenciana, independentment de la seua comarca de residència, ha de considerar desconeguda la llengua valenciana. També és seua.

Torne a esmentar el tema de la vivenda. Ha costat assumir que és un dret constitucional. Hem de ‘defendre a capa i espasa’ que els espanyols i les espanyoles tenen dret a una vivenda. No s’ha de reivindicar des de l’oportunisme sinó pensant que cap persona ha de viure al carrer sense sostre. Allò que es consensuà en 1978 toca fer-ho real.

No deixem de ‘defendre a capa i espasa’ allò que és legítim. La reivindicació no és una manifestació d’armes sinó una mostra de raons justes.

Fuente: https://www.levante-emv.com