URDA, ANÓNIMA Y SOLIDARIA

FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA

  • Los muertos y la buena gente viva vuelven a humillar el orgullo estúpido de ministros petulantes.

Como ya pasó en enero con Adamuz, el horror de un accidente permite saber que existe un pueblo llamado Urda. No es grande ni pequeño. Tiene unos 2.500 vecinos; menos que hace veinte años, pero no para que hablemos de la España Vaciada. Pero es un pueblo bonito, un adorno con encanto en medio de ese paisaje lejano que vemos discurrir, adormilados, mientras apuramos un café cortado camino del sur. La Sagra, Ablates, Mora, Los Yébenes… La taza tiembla un poquito cuando el tren pasa de 250 por hora. Urda aparece en el kilómetro 119,7 y desaparece enseguida. El tren vuela y nadie se percata de que la villa tiene una iglesia y una torre, un ayuntamiento con balcón como en las películas de los sesenta y una fuente de diez chorros en medio de una plaza serena.

La tristemente famosa borrasca Adam, antes de cebarse en Oliva, inundó primero, el 18 de octubre, varias calles y plantas bajas de Urda. En hora y media cayeron 140 litros por metro cuadrado, el alcantarillado no dio abasto y los bomberos tuvieron que evacuar a siete personas en apuros. De modo que Manuel Galán, el alcalde, más allá de enfadarse porque le habían trasladado un simple aviso amarillo de 20 litros, andaba esta semana preparando los papeles para pedir la declaración de zona catastrófica.

Un tren AVE, ya saben, embistió por detrás, el miércoles de mañana, a un tren Iryo Flecha Roja. Y aunque los telediarios no habían hablado de la inundación de Urda, este pueblo de Toledo, hasta ahora anónimo, se hizo enseguida famoso. Por una catástrofe ferroviaria aún más terrible y vergonzosa que la de Adamuz, pero sobre todo por la espontánea solidaridad de sus vecinos, que se lanzaron a ayudar a las víctimas con el corazón y las manos: agricultores, farmacéuticos, hosteleros, amas de casa, curas, taxistas, camioneros en ayuda de los heridos. Sin más armas que la generosidad, entre muertos, chatarra, grasa, maletas, despojos humanos, asientos y juguetes… En la vía férrea más fatigada de España, en esa línea por la que pasa diez veces más circulación que cuando se inauguró, se ha dado cita el fallo informático, el error humano y la humanidad sin desmayo.

Los muertos y la buena gente viva vuelven a humillar el orgullo estúpido de ministros petulantes. La debilidad vuelve a sacudir el prestigio de una red de transporte esencial, de la que el público desconfía. Y España, una vez más, se divide en dos: la que viaja de una gran ciudad a otra cruzando somnolienta la España Anónima; y la que ve pasar trenes desde que se quedó sin tren. Porque Urda tiene una estación preciosa, cerrada desde 1988, que se usa para fines particulares. Para tomar el tren, los vecinos de Urda, en el siglo XXI, tienen que hacer 50 kilómetros por carretera hasta la estación de Tembleque.

Fuente: https://www.lasprovincias.es