
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
El jardín que cambió una ciudad
En el principio hubo un río con dos brazos que abrazaban, por el norte y el sur, una ciudad romana asentada sobre una suave colina. En el principio hubo una ciudad en la que los arqueólogos han aprendido a leer, como en los troncos de los árboles, las suaves capas de limo de las avenidas de su río. Hablamos de Valencia. Donde el río, que abraza con amor pero también ahoga, que fecunda y arrasa con la misma intensidad, es quien, siglo tras siglo, ha hecho y deshecho, ha configurado esta ciudad.
Es una ancestral relación de amor y odio. La riada de 1358 causó más de cuatrocientos muertos y destruyó un millar de casas. Tan grave fue el golpe que el rey Pedro el Ceremonioso autorizó la creación de un organismo específico -la Fábrica de Murs i Valls- que durante siglos se encargó de gestionar con impuestos especiales la obra pública local: los fosos, murallas y baluartes de la defensa convencional; pero también los puentes, pretiles y valladares de la lucha cotidiana contra el río y el barro.
Esa lucha dejó una ciudad de imagen insólita: la de un enorme cajero de piedra, de apariencia ciclópea, destinado a conducir un regato de agua sin interés. El Turia histórico, sin embargo, no faltó a su cita: dos, tres, cuatro veces por siglo recordó con daños y víctimas su terrible poder. Hasta que en octubre de 1957 fue víctima propiciatoria de una riada especialmente terrible y sufrió la pena máxima que se reserva a un rio: el destierro.
El desvío del Turia es una de las pocas grandes obras públicas que en Valencia se han hecho casi de un tirón y se han podido concluir como el proyecto ordenaba. Entre 1965 y 1969 se desarrollaron unos trabajos colosales que terminaron mostrando un canal de grandes proporciones sobre las huertas del sur de la ciudad.
«¿Qué destino final tendrá el viejo cauce del Turia?». El 27 de julio de 1970, esta pregunta, en forma de titular, empezó a abrir espacio de reflexión en un tema que muy pronto fue una polémica palpitante. En 1972, cuando LAS PROVINCIAS editó en facsímil el viejo libro de ordenanzas de la Fábrica de Murs i Valls, se empezó a vislumbrar que los caminos de la cultura bien podrían ser la avanzadilla de una transformación. Que llegó en cuanto el ministerio de Obras Públicas decidió construir el by-pass y se hizo patente que el acceso por carretera desde Madrid ya no era preciso que atravesara la ciudad por el viejo cauce del Turia como pretendían algunos visionarios del cemento a toda costa.
La Transición, en la ciudad de Valencia, se hizo sobre el colchón verde de dos campañas que el periódico abanderó abiertamente, para dar fe de su indiscutible liderazgo en el mercado y en la opinión: una se dedicó a frenar los daños de una incipiente urbanización en la Dehesa y la Albufera; la otra puso la intención en lograr que el viejo cauce del Turia se declarara zona verde y fuera donado a la ciudad para su conversión en parque urbano. En diciembre de 1976, durante su primer viaje oficial a Valencia, don Juan Carlos firmó el decreto de cesión a la ciudad, por el Estado, de la propiedad del viejo cauce del Turia. En ese 2026 en que el periódico va a celebrar 160 años, se cumplirá medio siglo de una firma de trascendencia histórica.
Once años más tarde, en 1987, la ciudad, después de no pocas dudas y demoras, inauguró el primer tramo del jardín del Turia, liberado dos años antes de la servidumbre de encauzar aguas residuales. Ricardo Bofill fue el autor de ese primer tramo, el del Palau de la Música, y de un proyecto global, de rasgos academicistas, que nunca pudo realizarse. Las dificultades presupuestarias, la necesidad de dar entrada a arquitectos jóvenes y de la tierra y otros cien factores y coyunturas más, impidieron que el proyecto fuera unitario. Pero la variedad de escenarios del jardín, su continuada polémica, la entrada en sus opciones visuales de la arquitectura de Santiago Calatrava y la llegada de otros profesionales y paisajistas dio como resultado un parque con una sola unanimidad que incluso los políticos respetan: hemos de terminarlo, hemos de hacerlo llegar hasta el mar.
Lo decimos medio siglo después de que la reivindicación, el viejo ensueño, empezara a hacerse posible. Lo decimos pese a que sabemos que las dificultades del tramo final del jardín -sobre todo el enterramiento de las vías férreas- son más serias que las que nunca se han soportado antes. Pero ocurre que en este tema hay, sostenida durante medio siglo, una rara unanimidad: la de transformar en parque un río. El río que construyó la ciudad. El parque que cambió Valencia.
En los años sesenta, como consecuencia de las múltiples riadas acontecidas, se aprueba desviar el camino natural del río hacia zonas menos peligrosas para la capital damnificada. Más tarde, en 1973, de acuerdo con las tendencias desarrollistas de la época, se presenta una propuesta donde una enorme autopista de coches ocuparía el vacío que el río había dejado.
Tras años de movilización y sensibilización ciudadana, utilizando el antiguo cauce como espacio de activismo y celebración y bajo el lema «El llit del Túria és nostre i el volem verd», en 1979 se consigue cambiar el plan urbanístico; el cauce es designado zona verde, haciendo posible el gran parque que es hoy.
Esta ilustración quiere poner en valor aquel momento histórico en que se consiguió una mejora para la vida de los habitantes de la ciudad que afecta y afectará a generaciones. Porque el «llit» no sólo es sólo un inmenso pulmón verde que oxigena la ciudad, sino que está lleno de vida. Es un lugar abierto, integrador, donde cada persona encuentra su lugar para jugar, celebrar, hacer deporte, culturizarse… Un lugar donde nos cruzamos, nos reunimos, nos refugiamos.
Fuente: https://www.lasprovincias.es
