CAMPANA SOBRE CAMPANA

FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA

Mañana, domingo, a mediodía, es la cita musical que Ayuntamiento y Gremio de Campaneros han programado para celebrar los 600 años de vida que el Micalet nos viene regalando como campanario y símbolo de valencianía. Es momento, pues, de hablar de las campanas del Micalet, que han acompañado a los valencianos con sus toques. Desde la alegre celebración del nacimiento del que ha de ser rey hasta la triste hora de recordar a las víctimas de una tragedia como la inundación de 2024, «els campaners de la Seu» han acompañado a los vecinos a través de unos instrumentos de bronce, las campanas, que tienen historia y están protegidas como patrimonio cultural que son.

Del conjunto de campanas del Micalet, El Miquel, que da nombre a la torre, es la más antigua. La ubicada en los inicios (300 quintales, unas 16 toneladas) se rompió en 1458 y fue repuesta en 1465, con un tamaño y peso menor. Pero se volvió a romper en 1481. Las reposiciones se hacían instalando al pie de la torre un taller de fundición que quemaba toneladas de leña; cientos de obreros de varios oficios se movilizaban cada vez para la colosal tarea de fundir y subir la singular pieza. Pero en febrero de 1519, en el curso de una tormenta, un rayo dio en la casamata de madera de lo alto de la torre, incendiándola y tirando al suelo la enorme campana.

Hubo que empezar de nuevo y en 1521 se hizo una nueva, que fue subida de un modo ingenioso: con un ascensor montado a base de cuerdas y poleas. Para ello se puso en un lado de la torre tanto plomo como pesaba la campana, con lo que esta subió… Aunque el plomo tocó el suelo cuando a la campana le faltaban aun unos palmos para ganar su nivel de trabajo. Para ello, imaginen el espectáculo, fue preciso abrir una «piscina» en la calle, un agujero por donde los plomos descendieron unos palmos más y la campana pudo llegar hasta su emplazamiento final. Todo eso no impidió una nueva ruptura del Miquel, en 1532: por un exceso de uso: «fent alegries per una victoria que tingue Lemperador contra lo turch… en una ciutat que ha nom de Viena», dicen las crónicas.

Sanchis Sivera relata otros muchos incidentes: cuando Miquel cayó a la terraza, en 1625, tocando de noche. O cuando los fuegos artificiales por el natalicio del príncipe Felipe, en 1657, quemaron todo el entramado de madera y la campaña cayó… pero lentamente y sin gran desastre. En todo caso está allí arriba, sirviendo a la ciudad, desde 1539. Pesa 7.514 kilos y tiene un diámetro de 2’35 metros, solo superado por la María de la catedral de Pamplona y la gran campana agrietada de la catedral de Toledo que mide tres metros de diámetro.

El asno del mestre Baldomar en lo alto de la torre

La historia del maestro Pere Baldomar es, seguramente, la más famosa de las que envuelven los 600 años de vida del Micalet. Porque cuenta lo que unos desalmados hicieron, hacia 1462, con el hombre que había recibido el encargo de ampliar la Catedral uniendo su edificio con la torre del Micalet, que hasta ese momento se erguía exento y sin remate, como había quedado desde 1429.

Baldomar, lo dicen todos, era un santo varón, un hombre muy trabajador pero escaso de genio; de esos que parecen hechos para el abuso de los demás. Baldomar, para su trabajo, había instalado el taller a los pies de la torre, donde tenía también cobijo para dormir y mudarse. Y dicen los maledicentes que una mañana al levantarse, hizo lo primero que hacía, que era echar mano de sus lentes, para encontrarse con la desgraciada novedad de que los cristales estaban cubiertos de una pasta, de pésimo olor y peor tacto, que no podía ser otra cosa… que la peor cosa.

Se indignó. Protestó ante el juez del cabildo. Pero no logró que se averiguara qué picapedrero, o qué sacristán, había sido capaz de tamaña felonía. Y es que el cabildo, que desde el año anterior estaba en las manos del obispo Rodrigo Borja, futuro papa Alejandro VI y persona ya de gran influencia en la corte papal de Roma, donde era cardenal y vicecanciller. De modo que lo único que parecía preocuparles era invertir bien los recursos destinados a la obra de ampliación del templo, para la que había mucha prisa: menos quejas y más trabajar.

Baldomar calló y lo que vino después fue peor. Porque una mañana se oyeron gritos y rebuznos que provenían de la torre de la Catedral. ¡El dimoni, el dimoni!, decían a voz en cuello los sacristanes, que había encontrado en lo más alto un asno llegado nadie sabía de dónde; y rebuznos del pobre animal, que estaba más espantado que sus descubridores. Pero no, no era cosa del diablo como decían. Aquello era un asno de verdad, era el jumento del mestre Baldomar, que sus crueles burladores habían subido hasta la torre.

Lo que vino después no fue poca cosa: Baldomar protestó, pero el cabildo lo que le dijo es que desalojara el animal cuanto antes de la torre. Así es que se armó el espectáculo: marineros llegados del Grao con sogas y poleas se subieron hasta lo más alto, embridaron el jumento y lo descolgaron por la baranda, en el curso de una operación que reunió a cientos de vecinos en el dédalo de calles del pie de la torre. Todos, público, marineros en tierra y el propio Baldomar, tuvieron premio: porque en cuanto el burro se vio en las alturas se le aflojaron los esfínteres y, a unos cuarenta metros del suelo, empezó a mear una benéfica lluvia fina para todos los congregados.

Fuente: https://www.lasprovincias.es