MEMORIA LEJANA DEL DUQUE DE LA ALBUFERA

FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA

Se han cumplido doscientos años, pero no se ha recordado apenas aquella mañana fría en la que un excepcional cortejo fúnebre acompañó por las calles de París el cadáver de un gran soldado de Francia, el mariscal Luis Gabriel Suchet, duque de la Albufera. El hombre que rindió para Napoleón y su hermano José la ciudad de Valencia, un héroe cuyo nombre figura en el Arco de Triunfo, fue enterrado el 23 de enero de 1826 en el cementerio del Pere Lachaise, donde reposan los mejores guerreros de Napoleón.

El mariscal Suchet nació en Lyon en 1770 y murió a los 55 años, el 3 de enero de 1826, en Marsella, en casa de su suegro, que había sido alcalde de la ciudad. Pero siguiendo su deseo, el cadáver fue embalsamado y trasladado a París: el sexto mariscal napoleónico que moría tras la derrota de Waterloo quería reposar junto a sus compañeros de armas y ya estaba previsto que un arquitecto italiano hiciera un túmulo adecuado a la gloria y el renombre de un gran soldado, predilecto del emperador.

Valencia, la ciudad dos veces leal, resistió en 1808 la embestida y el asedio del mariscal Moncey, que anotó para Napoleón uno de los primeros fracasos. Después, la ciudad se fortificó, derribó el palacio Real y redobló su armamento; pero no pudo resistir, en 1812, el cerco del mariscal Suchet, uno de los más prestigiosos militares de Francia, un hombre devoto de la Revolución y del emperador del que se ha escrito que «la libertad lo convirtió en guerrero y la victoria en general».

Suchet nació en Lyon, en la familia burguesa de un notable comerciante en sedas. Valencia y Lyon han sido ciudades históricamente competidoras en el ramo de la seda; las dos han vivido de los telares, las dos han tenido en las máquinas de Jacquard y en las manos de artesanos hábiles el cimiento de su economía sedera. Quizá todo eso influyó en que Suchet se encontrara especialmente a gusto aquí al frente del Ejército de Aragón. Es más, pese a que estamos hablando de una guerra y una ocupación militar, no se le atribuyen estragos ni crueldades: se cita que su primera orden fue reconocer la jurisdicción del Tribunal de las Aguas en tanto que era vital que, en una ciudad ocupada, no cesara la producción de alimentos en la huerta.

Al mariscal Suchet, más allá de grandes virtudes militares que le forjaron una carrera llena de éxitos, se le atribuye una especial sagacidad política y una habilidad rara en el trato de situaciones delicadas. Por ejemplo, se cita el equilibrio que supo guardar al manejar y al mismo tiempo obedecer a Napoléon Bonaparte, su líder indiscutible, y a su hermano José, rey de España (Pepe Botella en Madrid y el Rey Pepet, aquí), incómodo siempre; y quejoso de su triste destino, tanto porque no recibía recursos del emperador como por la falta de afecto de los madrileños.

Gabriel Suchet, que ocupó Valencia en enero de 1812, se vio siempre obligado a guardar equilibrios, pero logró entenderse bien con los notables valencianos -Iglesia, nobles y propietarios-a los que se atrajo sin gran dificultad. Una veintena de estos valencianos viajaron a la corte, en visita de cortesía y para ver si lograban aminorar los impuestos establecidos por el régimen ocupante. El mariscal estaba al mando del Cuerpo de Ejército de Aragón, el más fuerte y mejor preparado de los franceses, miles de soldados que ocupaban todo el Este español, excepción hecha del norte de Cataluña.

Reformas en la ciudad

Suchet reunió obras de arte procedentes de los conventos y se le atribuye la intención de formar con ellas un museo. Tanto por estética y dignidad urbana como por establecer zonas despejadas en las ciudades, el mariscal inició en Valencia obras de reforma. La más destacable fue el derribo de casas de ínfima calidad en una zona situada entre Santo Domingo y la Aduana, obras que continuó el general Elio y dieron paso a la actual Glorieta. Es de señalar que, al haberse derribado el palacio Real, el palacio de Cervellón, en la plaza de Tetuán, tomó protagonismo como residencia para dignatarios durante la primera mitad del siglo XIX.

El momento más intenso de la estancia de Suchet en Valencia fue el de la llegada del rey José I, en agosto de 1812, procedente de un Madrid donde ya se le hacía imposible vivir, sobre todo tras la derrota de la batalla de los Arapiles. Con una comitiva de cientos de carros y toda la impedimenta de la casa real, administrativa, militar y cortesana, el hermano de Napoleón se instaló en el palacio de Parcent (plaza de don Juan de Vilarrasa) una enorme propiedad de los condes de Parcent, también enriquecidos en el negocio de las sedas. Si Valencia es famosa porque fue capital de la República en el año 1937, también fue capital del Reino de José Bonaparte durante 49 días, en 1812.

El mariscal Gabriel Suchet, que recibió al rey José en Moixent y le acompañó en los homenajes de Xàtiva y Alzira, garantizó el orden en una ciudad ya ocupada por sus tropas y estado mayor, que además se vio obligada a albergar a la corte de Madrid, a los soldados que acompañaban al rey francés y a miles de refugiados; algunos estudiosos han llegado a fijar en 40.000 personas y unas 10.000 caballerías las que aumentaron el censo de la ciudad y tuvieron que ser alimentadas y albergadas siguiendo las órdenes del mariscal.

Pero el declive francés llegó con bastante rapidez. Reconocido con el título de duque de Albufera, Gabriel Suchet apenas tuvo tiempo de disfrutar de las vistas del lago del que fue propietario. Las cosas fueron de mal en peor para la causa francesa y el rey José, de retirada, sufrió la crucial derrota de Vitoria en junio de 1813. El 4 de julio, el mariscal Suchet firmó un decreto de despedida de Valencia. Dejaba un gobierno provisional en manos del marqués de Dos Aguas para «proporcionar la seguridad de la ciudad de Valencia, proteger a las personas y propiedades y dar un testimonio evidente de la satisfacción que han merecido los habitantes por su buen proceder durante la permanencia del Ejército Imperial».

El 5 de julio, ya en Sagunto, escribió: «Durante 19 meses me he enorgullecido del buen espíritu de los habitantes de Valencia. Todo el tiempo que hemos ocupado esa capital no se ha cometido ni un solo asesinato, siendo que antes de la llegada del ejército imperial eran muy frecuentes».

Fuente: https://www.lasprovincias.es