
FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA
La Albufera, y la barra arenosa de la Dehesa, ha sido un conjunto de excepcional valor paisajístico, y económico, apreciado desde la Conquista. Pero fue a partir de su donación a la ciudad cuando empezaron a brotar los sueños de un aprovechamiento del paraje para fines de esparcimiento y de ocio popular. Era un sueño, una especie de anhelo frustrado que, cuando el turismo se convirtió en fenómeno de masas, se quiso convertir en urbanización de campanillas. Hasta el punto de que el sueño tomó todas las trazas de una pesadilla. Fue entonces cuando la campaña de prensa de LAS PROVINCIAS frenó el alcance del peligroso proceso urbanizador.
Cuando Jaime I se reservó para sí y sus descendientes la Albufera y la Dehesa lo hizo porque el paraje daba buenos rendimientos económicos a través de la caza, la pesca, la leña, el pastoreo y las salinas. En manos de la Corona, y de sus protegidos, el lago y el bosque pasaron tiempos buenos y malos: las aguas dejaron de ser salobres, cambió la fauna, se redujo el área inundada, aumentaron los arrozales… Fue en 1865 cuando la reina Isabel II cedió al Estado parte del patrimonio real mediante una ley que permitía enajenar algunas propiedades; pero el lago no entró en la categoría de los «vendibles» y siguió en manos del Estado, no siempre tan cuidado como su fragilidad requería. Fue en mayo de 1905 cuando el Ayuntamiento tomó la determinación de pedir la cesión, demanda que, seis años más tarde, cristalizó con la ley de 23 de junio de 1911, una norma que donaba a la ciudad la titularidad, aunque con justiprecio. Esa ley, dados los pagos que requería, terminó por demorarse 16 años más, hasta 1927. El 3 de junio, en los Viveros, en una tarde lluviosa, el rey Alfonso XIII firmó el documento de cesión, un pergamino decorado por el pintor Benedito, que se conserva en el Ayuntamiento.
Hablando de los bienes cedidos, el alcalde, marqués de Sotelo, dijo al rey, en la ceremonia, que el «Ayuntamiento se dispone a convertirlos en un gran parque». El alcalde general Avilés, un año atrás, había dicho en una conferencia: «El día que la ciudad se acerque a la Dehesa y se pueda ir a esta cómoda y rápidamente, la afluencia de forasteros será enorme y no pocas familias vendrán a vivir aquí». Sucedió que, en los años veinte, a tenor de los primeros brotes de turismo, Valencia comenzó a difundir una imagen de costa soleada y cálida en la que el lago y el bosque jugaban un papel preponderante. De ahí que nacieran proyectos para mejorar la comunicación por la costa. La carretera Nazaret-Oliva responde a esas ideas; como también las que se acogieron al concepto de ciudad-jardín: una vía paralela al mar –Nazaret, La Punta, Pinedo, Saler– festoneada de chalés y jardines que, en alguna oportunidad ya recibió el nombre de ‘Balcón al Mar’.
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