
MIGUEL APARICI NAVARRO, CRONISTA OFICIAL DE CORTES DE PALLÁS
Dentro de poco estará aquí, de nuevo, el otoño y volverán a aparecer docenas de noticias en prensa sobre las riadas valencianas; este año con más razón.
Volverá a plantearse, seguramente, el tema de los plazos de retorno de nuestras endémicas catástrofes hidrológicas; sacando a relucir tramos cronológicos de cien años o más.
Así que regresaremos, nuevamente, a la ingenuidad de pensar que cualquier nuevo episodio de inundación terrorífica ha quedado postergado a la posteridad.
Pero sobre mi persona, que sólo cubre tres cuartos de siglo, pesan ya tres riadas sucesivas: la del 57, la del 82 y la del 24.
La de 1957, sobre la capital; en la ruta del río Turia. Tenía cuatro años de edad y quedé envuelto -en la alquería de mis padres- por las aguas y los lodos en el camino de El Valladar; de la pedanía de La Punta y frente al conocido Bar Martinot.
Durante la de 1982 me metí voluntariamente con los lodos y las aguas, al mando de cien soldados artilleros del acuartelamiento de Paterna, durante un mes; en la ruta del río Júcar por la Ribera.
Y en la del 2024 he vivido como espectador, desde Picassent, el ímpetu trágico del Barranco del Poyo y del río Magro; después de haber corrido la Pista de Silla momentos antes, en una ida y una vuelta, por gestiones en Valencia.
Así que el primer ‘retorno’ fue de 25 años y el segundo de 42. Alguien hace los cálculos mal.
La clave está en que se utiliza el valor tiempo sobre el mismo punto de emplazamiento. Que la realidad exige de una nueva fórmula de consideración: desde distintos puntos espaciales y no necesariamente muy distantes entre sí.
Riada por el norte (Turia), riada por el sur (Júcar) y riada por el centro (Poyo y Magro), en un espacio lineal en el que cada una de ellas ha estado separada por sólo unos pocos kilómetros. Cuyas fechas pueden agruparse, en un haz, a nivel del sufrimiento de la población valenciana, sus bienes y las estructuras.
Al llegar a la adolescencia, en mi afán excursionista de visitas a castillos, realicé una al de Corbera (de Alzira) y desde la cumbre contemplé horrorizado -por mi experiencia de ‘joven agricultor’- el trazado ya marcado y en construcción de la nueva autopista del Mediterráneo; pues ya se adivinaba, perfectamente, que en un futuro podría suponer un ‘regolfadero’ de las avenidas del Júcar.
Cuando modernizaron la carretera de Alicante por el interior y la convirtieron también en autovía, en mis viajes a Játiva me percaté del peligro que suponía elevar la medianera con un muro de hormigón que rondaba el metro de altura; algo que ha venido a cumplirse en la Pista de Silla (V-31), donde los que en su día no pensaron lo suficiente están dedicándose ahora a sustituirlo por bandas biondas sobre estacas metálicas.
Mi última angustia la tengo centrada en la más reciente auto ruta que une Sollana con Cullera (A-38), pasando por Sueca. Si era problemático el terraplén terrero y gravoso del ferrocarril de cercanías a Gandía, que había que volar para dejar a las riadas sucronenses derivarse sobre el hondón de La Albufera, ahora vamos a interceptar caudales con una inconsciencia estructural increíble.
No discurre dicha autovía al ras de los campos de arroz, cual aeropuerto de Gibraltar con sus viales de cruce, sino que va bastante elevada y sobre unos desaguaderos que nunca serán suficientes para el tránsito de los muchos objetos voluminosos que se arrastran y que taponan en las riadas. Además de que también muestra, por su mismo centro, el mencionado caballón de cemento divisor. Pero, por si fuera poco, se han plantado a ambos lados de la autopista ribereña sendas tupidas ‘empalizadas’ de recias arboledas choperas.
El colmo de los despropósitos ingenieriles, sin embargo, lo hallaremos al final costero de la Ribera Baja; si transitamos en coche desde Cullera a Favareta. Allí, el terraplén viario que se ha levantado perpendicular al curso de desagüe de una riada futura del Júcar alcanza un altura descomunal. Fiados de que los ‘grandes’ vanos dejados en el centro serán suficientes.
Volverán las riadas a las tierras valencianas y, en concreto, a las zonas más pobladas, industrializadas y comunicadas. No es que «no estamos preparados»…, es que nos hemos preparado muy mal.
En no demasiados años, la propia capital del Turia cerrará su retorno de los cien (2057) y aún no hemos levantado la presa de laminación de Vilamarxant y ya estamos pensando en sobrecargar al desaguador Plan Sur.
Ignoramos, incluso, que La Ribera tiene ahora más riesgos que antaño. Tous sigue siendo una presa de materiales y la posterior de Cortes de Pallás es una colmatada ‘espada de Damocles’, que se alarga kilómetros hasta Cofrentes; con miles de millones de litros siempre almacenados…
Fuente: https://www.lasprovincias.es
