El PSPV-PSOE de Oropesa del Mar ha presentado una propuesta en forma de moción que busca rendir HOMENAJE PÓSTUMO AL CRONISTA DE LA LOCALIDAD, PEDRO RUIZ PALOMERO. Coincidiendo con el primer aniversario de su fallecimiento prematuro, el 15 de diciembre, la agrupación socialista propone la dedicación de un espacio público en honor a Ruiz.
La portavoz socialista, Maria Jiménez, defiende esta condecoración por “el valioso tesoro escrito sobre Orpesa que nos ha dejado como legado” y subraya que “estamos en deuda con él por toda una vida dedicada a preservar la memoria de nuestro pueblo”.
PEDRO RUIZ PALOMERO nació en Orpesa 1953 y desempeñó su carrera militar y policial en cuarteles y puestos de mando de toda la geografía española. Tras su jubilación, dedicó su tiempo y esfuerzo a la preservación y divulgación de la historia y tradiciones orpesinas. Su herencia perdura en obras como los cuatro volúmenes de “Sucedió en Oropesa”, “Un castillo sin murallas ni torreones. Asedio y sitio de Oropesa en 1811” o “Virgen de la Paciencia”. Además, era colaborador habitual de la revista cultural L’Assalt e inspiró, a través de sus libros, las visitas teatralizadas que, durante el verano, se celebran en las calles del casco histórico.
Jiménez defenderá en el próximo pleno de noviembre el voto unánime a su propuesta para que Orpesa rinda tributo a quien fuera durante lustros su CRONISTA OFICIAL. Tal y como explica Maria Jiménez, la propuesta socialista busca no solo conmemorar la vida y obra de Pedro Ruiz, sino también resaltar la importancia de preservar y valorar el legado histórico de Orpesa. “Esperamos que pronto se materialice este reconocimiento y el nombre de Pedro Ruiz Palomero quede grabado en nuestro callejero e inmortalice su dedicación y entrega con la defensa de nuestra historia local”.
ALFONSO ROVIRA, CRONISTA OFICIAL GRÁFICO DE ALZIRA
El 29 de este mes de octubre, mi estimado amigo, Rubén Pastor, publicaba en este diario digital, temas sobre los camposantos de Alzira, citando mi crónica publicada en el diario Levante -el mercantil valenciano-, el 30 de octubre de 1998. Creo que no cuesta nada ponerla en circulación para nuestros lectores.
En estos días, cuando está finalizando el mes de Octubre, es costumbre girar visita a los cementerios, donde reposan nuestros familiares; depositar unas flores y recordarles con una oración, cuando se acerca la fecha de Todos los Santos y la conmemoración de los fieles difuntos. En este siguiente día, según la iglesia católica, nos lleva lógicamente a meditar en la muerte; este hecho misterioso y desconcertante, que conocemos todos bien, quizá a veces tratamos de apartar del horizonte de nuestra conciencia como un pensamiento inoportuno y molesto, creyendo que así se lleva una vida más serena.
En esta ocasión trataremos de hacer un poco de historia de los distintos cementerios, que hubieron en nuestra ciudad, antes de construirse el actual en 1885.
La palabra cementerio, viene del griego koimëtërio —para los cristianos quiere decir dormitorio, si no se le podría denominar simplemente, necrópolis—. Los árabes llamaban Rauda a los lugares sagrados donde enterraban a sus muertos. En la época medieval, en Alzira, donde convivían tres religiones, la musulmana, judía y cristiana, según la publicación, en 1933, por Don Vicente Pelufo Corts, sacerdote y archivero municipal hasta 1936, relata que en nuestra antigua isla del Xùquer, existían al menos tres cementerios. El musulmán, posiblemente en la barriada de alfareros, lugar de cota alta, donde las aguas del río no llegaban en sus desbordamientos. Era, quizás, el mayor de los cementerios, puesto que la densidad de población en aquella época era la más numerosa, que tenía por costumbre en este lugar sagrado plantar árboles en forma de alamedas y cercar las tumbas con las conocidas plantas olorosas, de una misma familia, como son la murta, el mirto y el arrayán.
Muy cerca del barranco de La Casella, a la entrada del Camí de Vilella, con una extensión de más de diez hanegadas, tenía el cementerio la comunidad judía. Los cristianos, por su parte, realizaban los enterramientos en las iglesias o en lugares próximos a ellas, como se hacía en el convento de San Agustín, fundado en el siglo XIII —donde se ubicaron las oficinas de Bancaixa— en el inicio de la partida de l’Alquenencia, donde comienza la Calle Benito Pérez Galdós, conocida popularmente por los alcireños, como el carrer Fossar.
La iglesia de Santa Catalina también tuvo cementerio propio, enterrándose en la ermita de Nuestra Señora del Sufragio, en la plaza del mismo nombre, edificio que fue construido en 1753 y demolido en 1967, cuando amenazaba ruina.
No tenemos constancia de cuando fue construido el cementerio de Tulell, que funcionó hasta unos años antes de que finalizara el siglo XIX. Lo cierto es que las autoridades locales comenzaron a hacer proyectos en 1847 para la construcción de un camposanto, cuya ubicación estuviera alejada de la población, donde no recibiera los vientos del norte que hacían penetrar malos olores en la población distante 242 metros de las cercanas casas del Arrabal de San Agustín y 240 de la calle Nueva —Santa Teresa— separada por el lecho del riu Xùquer y Barxeta y al mismo tiempo los peligros de contaminación por las constantes inundaciones del propio río.
Por todo ello, las autoridades locales formaron una comisión que se encargara de localizar terrenos donde ubicar el nuevo cementerio e iniciaron gestiones en terrenos de la partida de Tisneres y Cementerio, en el lugar conocido por “Rincón del resbaladero”.
El arquitecto Antonio Martorell Trilles, elaboró y presento un proyecto, con memoria descriptiva en 1884, en el que señalaba “…a la construcción del muro cerca del recinto en el plazo más breve posible, dado que de un momento a otro puede hacer aparición en la ciudad la epidemia colérica, que por desgracia ha invadido ya nuestra patria. Si esta calamidad ocurriese, sería una locura pensar que hubiera de hacerse enterramientos en el cementerio antiguo. Esto hizo que la corporación municipal acelerara las gestiones y dieran comienzo mas obras del nuevo camposanto.
Los terrenos localizados fueron expropiados a sus dueños, Carmen Llópis, Francisco Ferrer y Matilde Catalá, que tenían una extensión de siete hanegadas cada uno de los dos primeros y tres y media de la última por los que el ayuntamiento pagó 5.753,75 pesetas y la obra del cerramiento del muro fue otorgada al albañil Juan Bernia Bria, en subasta pública por 19.000 pesetas.
El día 19 de Octubre de 1884 se colocó la primera piedra del nuevo cementerio en la partida del Plá de Corbera, en un acto que presidió el alcalde Don Bernardo Sanz Aliño, siendo amenizado el mismo por la banda de música que dirigía el maestro Enrique García Balanzá.
Con la premura de tiempo, acelerando los trabajos, el nuevo cementerio fue inaugurado al siguiente año en que el primer alcireño que recibió tierra fue el joven de 17 años de edad Francisco Coves Daries, el día 11 de Junio de 1885, según inscripción en su lápida del muro de la parte izquierda, número 59
Pocos días antes del primer enterramiento, el 20 de Mayo de aquel año 1885, comenzarían las obras para la construcción de la capilla, terminándose el 3 de Septiembre de 1889, obra que sufragó José Peris Ortells, abogado alcireño y su esposa, Genoveva Hernándis Garrido.
La aparición de clubes, sociedades recreativas y agrupaciones sociales a lo largo del siglo del romanticismo, motivaron, en Castelló, la construcción y remodelación de locales, sobre todo en la zona centro para albergarlos. Sin duda, el edificio de más solera y prestigio fue el conocido como Casino Antiguo. Este establecimiento se fundó a tenor de declararse en las Cortes de Cádiz la libertad de asociación, abriendo sus puertas el día 19 de marzo de 1814 en una casa del número 12 de la calle de Caballeros, sobre cuya adintelada puerta dieciochesca destacaba un escudo blasonado en piedra del que fuera su presidente: Francisco Giner Feliu, Barón de Benicàssim.
En 1831, siendo cabecilla de la sociedad el brigadier Francisco Villalón, la sede cambió a un casalicio propiedad de su esposa, emplazado en las cuatro esquinas, conocido como «La casa del Bayle», por haber pertenecido a Cosme Martí, representante regio en el siglo XVIII. Esta mansión, años más tarde, fue sede del colegio de las madres carmelitas y hoy, tras su demolición, alberga las dependencias de la Fundación Caja Castellón.
En 1865, dado el incremento de socios y de actividades sociales, en particular fiestas y bailes, el casino se trasladó a la casa del insigne Francisco Tirado, de imponentes proporciones y amplio patio que ocupaba la totalidad del frontal sur de la calle de la Salina hasta la calle Mayor. En este señorial edificio se dieron los más mundanos saraos, así como recitales de destacados intérpretes, entre ellos el celebérrimo guitarrista Francisco Tárrega, que actuó el 29 de mayo de 1901, tras una década de ausencia. Por acabar de referir otras actuaciones en nuestra ciudad del glorioso autor del Capricho árabe. Señalaremos otros dos conciertos suyos, uno en el salón de sesiones del ayuntamiento en octubre de 1904 y otro en compañía de sus discípulos Mateu y Fortea al mes siguiente.
En el año 1912 apareció por estos lares la insigne hermana de Alfonso XII, Maria de las Mercedes, conocida popularmente como La chata. Para quedar bien, se la obsequió con una comida en el Casino Antiguo, que fue amenizada por la soprano almazorense Herminia (Quiteria) Gómez-que el año anterior había triunfado en Milán en Il barbiere a la vera del eximio Titta Ruffo- tras cuyo recreativo ágape, nuevamente en automóvil, marchó hacia Benicàssim. Sin duda, la jacarandosa infanta de los romances se hizo apreciar de nuestros paisanos de ayer, porque no escatimó sonrisas y no hubo mano que no estrechara en una muestra de la campechanía popular que la había hecho ganarse tantas simpatías.
La reforma más notable
La Puerta del Sol, en la que concluían seis vías públicas, era el eje social de la ciudad de Castelló, con el Hotel Suizo, de tres plantas, en su banda norte, lindando con la calle de Enmedio a cuyo lado derecho se encontraba el Casino Antiguo. Este imponente centro recreativo conoció una importante reforma en el bienio 1922-23, debida al arquitecto Francisco Maristany Casajuana, que con un estilo historicista rememoró aspectos del plateresco salmantino del palacio de Monterrey, en su amplia fachada sur con una torre que le concede su mejor personalidad. En el interior el hermoso salón de baile contaba con tapices de Manuel Sorribas, de cierta intención goyesca. Era sin duda el edificio más aristocrático de la localidad, y el que acogía las fiestas más señoriales y de mayor rumbo social en aquel pueblo grande que quería darse aires de gran capital, por lo menos por cuanto se refería a la burguesía pudiente, muchos de cuyos miembros se reunían a diario en sus salones en áticas tertulias, cuando no a entablar reñidas partidas de naipes, que llegaron a crear una novelesca comidilla local de romántica destemplanza.
Posiblemente, la persona de más alcurnia que bailó en el Casino, fue el rey Amadeo I quien visitó la ciudad el 7 de septiembre de 1871. Para satisfacerle el ayuntamiento, pese a estar regido por el PRCS de González Chermá, que, obviamente, no podía mirar con simpatía a la institución monárquica, le celebró un baile, al que asistió lo más opulento de la sociedad local y en el que el joven, y sin duda apuesto rey, invitó a bailar a Concha Herrero, hija del presidente de la entidad recreativa, el catedrático del instituto Domingo Herrero, siendo la envidia de todas sus amigas y paisanas.
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