
J.M. BORT
Hay que subir al Puig de Santa María y mirar hacia el sur. Desde el promontorio donde hoy se excava la tierra para sacar a la luz el viejo castillo, se entiende buena parte de lo que ocurrió aquí hace casi ocho siglos. València queda a unos 14 kilómetros. Entre ambos puntos, la huerta. En el siglo XIII, una despensa que alimentaba a la ciudad y que, en manos de quien controlara sus caminos y sus alquerías, podía convertirse también en un arma.
Jaume I no se lo pensó dos veces. Tenía una meta entre ceja y ceja. Después de conquistar Mallorca, el rey puso sus ojos en Valencia. La decisión empezó a tomar forma en Alcañiz en 1233 en una reunión con el noble Blasco de Alagón y Hugo de Folcalquier, maestre de la Orden del Hospital. Allí se habló de la conquista del reino musulmán de Valencia. TODO ESTO Y MUCHO MÁS CUENTA JULIO BADENES, CRONISTA DEL PUIG, además de filósofo y maestro, con una pasión contagiosa sobre la persona más influyente de nuestra historia, el padre de (casi) todo lo que somos los valencianos. «Él lo tenía muy claro y siguió los pasos del Cid. El Puig está muy cerca de Valencia, controla el paso por la Vía Augusta y permite dominar las poblaciones musulmanas que hay entre la población y Valencia», EXPLICA BADENES en la larga escalinata del Real Monasterio de Santa María de El Puig, frente a portada de la iglesia tardorrománica que ordenó construir el conquistador. Solo falta música de fondo para completar la escena.
Para entender aquel empeño hay que detenerse en el personaje, escrudiñarlo, «entenderlo en el contexto de su época». Nacido en Montpellier en 1208, Jaume I perdió a sus padres siendo niño y creció entre disputas nobiliarias y amenazas contra su propia vida. Los templarios se encargaron de su educación en el castillo de Monzón. Aquella formación ultracristiana y rígida dejó una huella profunda.
«Jaime I no es un personaje fácil. Lo miramos desde una perspectiva nuestra y eso es injusto», ADVIERTE BADENES. «Hay que entender al personaje desde su época, un tipo hecho a sí mismo, fuerte, valiente, decicido, rodeado de un montón de depredadores que solo quieren aislarle, dejarle fuera o incluso asesinarle». «Es un rey increíblemente religioso. Lo educan los templarios, los monjes guerreros que están dispuestos incluso a quedarse hasta la muerte luchando por Cristo». El resultado fue un monarca curtido desde niño en la adversidad, con una autoridad construida a golpes y una idea fija: Valencia debía caer.
La Batalla del Puig
En abril de 1237, Jaume I envió a su tío Bernat Guillem d’Entença al Puig para hacerse cargo del castillo y preparar la conquista. «A su alrededor había alquerías musulmanas, protegidas por vallados y torres de vigilancia, que Bernat comenzó a atacar. El Puig era una posición avanzada y peligrosa, pero aun así, decidió colocar allí a uno de sus hombres de confianza. ‘Si vives, vas a ser el hombre más rico después de mí. Y si mueres, vas a tener el paraíso’, le vino a decir a su tío». «Bernat viene con veinte pares de tapiales, cargados en acémilas, mulos y burras», RELATA BADENES. Quería tener la defensa lista en 15 días. Tardó 2 meses.
ENTRE LA NARRACIÓN, BADENES ha llamado al comendador del monasterio, Manuel Anglés, (de la orden de la Merced, la misma que lo sigue custodiando desde 1.238), que nos abre las puertas y participa en la elaboración del reportaje. La tarde nos regala un guiño, una coincidencia misteriosa, de las que surgen preguntas. Manuel es de Alcañiz, allí donde empezó todo. Ahora, junto al viejo sepulcro esculpido en mármol de Bernat Guillem, Badenes continúa: «La actitud de Jaume I retrata su talante. Esa forma de entender la conquista mezclaba estrategia, autoridad y una fe absoluta, la del hombre educado por los templarios, convencido de que aquella guerra tenía también una dimensión religiosa».
Pese a su inferioridad numérica, los cristianos derrotaron al ejército de Zayyan, el último rey moro de Balansiya que terminaría entregando la llave de la ciudad. Entença moriría meses después de la Batalla del Puig y las dudas volverían entre los nobles aragoneses, insuficientes para sembrar las dudas en Jaume I, que al volver al Puig se encontró con la posibilidad real de perderlo todo: la posición, a sus hombres y el proyecto que había comenzado en Alcañiz, EXPLICA.
Llega un momento clave en la historia de la reconquista. Jaume I hizo su famoso juramento ante la Virgen del Puig: no iría más allá de Teruel ni del Ebro hasta conquistar Valencia. «Eso hace llorar a los guerreros porque se ven avergonzados de querer traicionar a su rey», CUENTA EL CRONISTA.
El 21 de abril de 1238 salió del Puig «por aquel camino», SEÑALA EL CRONISTA en dirección al Camí de la Cebolla. El ejército atravesó los marjales hasta el Grau, donde comenzó el asedio. «Durante los combates, una flecha alcanzó la frente de Jaume I. El casco le salvó la vida, pero se hundió unos centímetros en su frente. Sobrevivió, aunque sufrió una fuerte inflamación «que le provocó la sensación de que se le salían las órbitas de los ojos durante los días siguientes», otra señal del perfil psicológico del conquistador.
La capitulación llegó después y es ahí donde Jaume I, con la estrecha colaboración de su mujer, demuestra su lado más racional y negociador al permitir la salida de los musulmanes con sus pertenencias, un hecho que no gustó a los nobles, «que preferían una batalla cuerpo a cuerpo para repartirse el botín». «Ese es otro rasgo del rey: no entendió la conquista únicamente como destrucción. También aprovechó caminos y estructuras heredadas de la sociedad musulmana y comenzó a repartir y organizar el territorio conquistado», tal como está registrado en el ‘Llibre del Repartiment’.
Cuando finalmente entró en Valencia, Jaume I bajó del caballo y se arrodilló ante la torre de Alí Bufat, en la actual Plaça del Temple, junto al Pont del Reial. Tenía treinta años. Habían pasado cinco desde aquella reunión de Alcañiz. En ese tiempo, había levantado el castillo del Puig, enviado y perdido allí a su tío, afrontado la deserción de sus hombres, jurado no detenerse hasta conquistar Valencia y recibido una flecha en la frente.
Frente a la torre, REEDITA BADENES, el nuevo Rey de Valencia bajó del caballo, se arrodilló ante la torre y lloró. Ese final dice también mucho del personaje: no solo era un hombre frío, sino alguien profundamente emocional y religioso, que interpreta la victoria como la culminación de una empresa que le ha exigido años de sacrificios. «Jaime I consigue conquistar Valencia porque es una persona muy decidida y que tiene muy claro lo que quiere: ‘la terra plus bella del món’», RESUME BADENES.
Fuente: https://www.levante-emv.com
