LA NAVIDAD DE ANTAÑO EN ORIHUELA

ANTONIO LUIS GALIANO PÉREZ, CRONISTA OFICIAL DE ORIHUELA

A veces, a pesar de que tengan siempre la misma génesis las costumbres cambian condicionadas por el motivo y el ambiente en que viven. Siempre la Navidad ha estado ahí en la fecha que le corresponde, sin embargo, todo lo que se mueve alrededor de la misma se ha ido anticipando. Me estoy refiriendo a que casi al final del mes de octubre, o más bien en los primeros días del siguiente mes, una vez superado el «Halloween» importado desde otras latitudes exclusivamente por motivos comerciales; ya se empieza a hablar de la Navidad cuando todavía falta más de un mes para que llegue. Así se produce una carrera entre las instituciones y los comercios de los pueblos para ser los primeros en colgar e inaugurar las guirnaldas con luces en las calles o en ofrecer rebajas como tres por dos y otras. A este paso, puede ser que dentro de unos años nos veamos que se comienza a hablar de Navidad en el mes de agosto, con lo cual le será rentable a los ayuntamientos mantener durante todo el año los adornos navideños. Creo que lo mejor es que no ocurra.

Sin embargo, en la Orihuela de antaño de nuestros bisabuelos y abuelos, de alguna manera sólo se anticipaba en un mes, estando justificado probablemente porque los medios de transporte no eran como ahora y se efectuaba de forma diferente la adquisición de alimentos. Recordamos que en aquellos años del último cuarto del siglo XIX, al hablar de los tres últimos mercados semanales de los martes del mes de diciembre en nuestra ciudad, se les denominaba como de Navidad. Así. el del martes día 21 de dicho mes de 1886, era considerado como el último de los llamados «de Navidad». A pesar del tiempo desapacible estuvo muy animado. Sin embargo, los productos tuvieron unos precios no conocidos hasta entonces, como «los huevos en particular se hallan a tal altura que ningún pobre puede comprarlos», culpando de ello al agio o beneficio de los recoveros.

En ese año, además de los tres mercados de Navidad de los martes, el mismo día 24 (viernes) se celebró mercado al que acudieron vecinos de la huerta y del campo para proveerse de turrón y cascaruja. La bajada del Puente Viejo o de Poniente la llenaron los confiteros, siendo tal el número de puestos que dificultaron el tránsito por dicho lugar. Días antes arribaban a Orihuela los turroneros de Jijona, Filomena Sirvent y Antonio García que se alojaban respectivamente en una posada de la calle del Río y en el Hospedaje Buena Vista (mismo lugar en que en los años veinte del pasado siglo se encontraba el Hotel Palas), ya que acostumbraba a alojarse en la Posada de Pizana propiedad de Juan Lidón, que había sido derribada para la construcción del nuevo Puente de Levante. Antes de acudir a los mercados, ambos ofrecían sus productos en los mismos lugares de hospedaje, no faltando los turrones de Jijona, de nieve, de yema y el duro de Alicante, ni los pastelitos y las “peladillas roñosas y blancas”.

El 13 de diciembre de 1887, martes, el mercado de Navidad estuvo muy concurrido con abundancia de productos navideños que, además de los turrones, se ofrecía miel, castañas, bellotas y piñones. Y por supuesto gran cantidad de otros productos comestibles. En esas fechas tenían protagonismo los pavos, capones, pollos, gallinas, conejos y los huevos. De tal manera que tanto las aves como los huevos alcanzaban tal precio que era imposible que estuvieran al alcance de las economías más débiles. La culpa de ello volvía a recaer en los recoveros, los cuales madrugaban y compraban a un precio accesible y poco después revendían los productos en el mismo lugar a un importe desorbitado. El martes de la semana siguiente el mercado se emplazó en las calles Arzobispo Loazez, Hostales, Vallet, Colegio, Santa Lucía, Nueva y Carretería. Así como en las Plazas de la Soledad, de la Merced y de la Pía, en la que se llevaban a cabo las transacciones de las aves y los huevos. Las fechas navideñas no debieron de ser muy alegres en las familias sencillas ya que se vieron afectadas por la crisis agrícola por la que atravesaba Orihuela. Por el contrario los más pudientes pudieron adquirir el pavo con su negro plumaje y su roja cabecita y disfrutar de «montes de turrón, cascada de champagne y pirámides de golosinas», haciéndoles olvidar las posibles penas con las golosas exigencias del estómago. Otros, para sobrellevarlo recurrían al aguinaldo, costumbre que era denostada por la prensa local, y a pesar de que el Ayuntamiento prohibía a sus dependientes pedirlo, el tesorero municipal, como era costumbre hacía entrega del «aguinaldo del pavo» a los maceros.

Otros, para olvidar las penas, acudían a otros medios, lo que daba lugar que el alcalde ordenase a los guardias municipales que multaran a los dueños de las tabernas que tuvieran abiertas las puertas de su establecimiento después de las ocho de la noche; que detuvieran a todo borracho que transitara por las calles después del toque de oración y que registrasen a aquellas personas sospechosas y le recogieran las armas si llevaban.

En las familias en Nochebuena se cenaría mejor o peor según su situación económica. Habría pavo o no, y turrón según se pudiera. Al final, en las Iglesias se les acogería para la Misa de Gallo, en la que no faltaron los villancicos.

Ha transcurrido poco más de veintisiete lustros. Así que, Feliz Navidad y pensemos en aquellos, que aún los hay, que no tienen ni pavo ni turrón.

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