LA LIBERACIÓN DE CAUTIVOS DE ARGEL EN 1654

JULIO BADENES, CRONISTA OFICIAL DEL PUIG DE SANTA MARÍA

¿Por qué es tan importante la Historia?, ¿por qué es esencial que los alumnos la estudien y la conozcan a la perfección?, ¿por qué debe conocerla la ciudadanía, tenga la edad que tenga? Porque en ella se encuentran, las claves de lo que somos en la actualidad, los orígenes de nuestro comportamiento. Por ejemplo, sería imposible explicar y entender la festividad de Sant Pere Nolasc, que se celebra en el emblemático pueblo valenciano del Puig de Santa María, sin conocer cuáles son las raíces históricas medievales que la impulsaron.

 Ya en el lejano año de 1591, fray Felipe de Guimerán, en su obra «Breve historia de la Orden de Nuestra Señora de la Merced», al hablar de lo que se acostumbra a hacer en el monasterio del Puig de Santa María «en lo tocante a las limosnas», afirma que «para quantos pobres a ella vienen ay perpetua limosna sin exempcion; que no pueden ser pocos por su mucha fama y devoción, a cuya causa acuden a ella» (Guimerán, 1591, p. 100). Esa solidaridad mercedaria con los pobres y cautivos a los que liberaban, iniciada por Sant Pere Nolasc en la Edad Media al fundar la Orden de la Merced en 1218, fue calando en los habitantes del Puig de Santa María, y se hizo muy evidente en la redención llevada a cabo en 1654, en la ciudad de Argel, por los redentores mercedarios Ignacio Vidondo y Gaspar Esteve.

Desembarcaron en la playa del Puig de Santa María a mediados de septiembre de 1654, e Ignacio Vidondo nos describe: “Llegamos a las puertas de la Villa del Puch, en donde fuimos recibidos por todo el Convento en Procesion General, con Cruz alta, y Capa, asistiéndonos el Gobierno, y Jurados de dicha Villa, y todos sus fieles con sumo gozo de vernos, y entonando el Te Deum Laudamus los cantores, fuimos en Procesion a la Iglesia del Convento, y en ella postrados en tierra dimos gracias a aquella soberana Reyna de los Angeles, de avernos llevado a su presencia, libres de tantos peligros de nueva esclavitud, y borrascas del mar» (Vidondo, Espejo católico, p. 420).

Imaginemos aquel acontecimiento histórico, los vecinos del Puig de Santa María viendo en procesión a 84 cautivos harapientos y hambrientos, cuatro menores de cinco años, ocho niños entre 10 y 19 años, veinte entre 20 y 29 años, treinta y un redimidos entre 30 y 49 años, y diecinueve cautivos entre 40 y 75 años. Todos eran varones, excepto una niña de tres años, dos mujeres de 40 y 45 años, una mujer de 50 y una de 60 años. Ante tal espectáculo tan descorazonador, «aquella noche los vecinos, y vezinas de aquella Villa, a porfia nos pidieron, que alojarían a las mujeres, y niños que venían, y el Padre Comendador con gran providencia, y regalo nos asistió a todos aquella noche, y los dos días siguientes» (Ibídem, p. 420).

Los mercedarios, tal como les obligaban sus estatutos, atendieron en todo lo necesario, en el monasterio, a los redimidos varones adultos. Pero los habitantes del Puig de Santa María ofrecieron cariño y comida a las mujeres, niñas y niños que fueron liberados del cruel cautiverio. Y esa solidaridad con pobres y cautivos, ese talante tan necesario en nuestra sociedad democrática del siglo XXI, la ha heredado la ciudadanía pugenca (del Puig) siglo tras siglo, haciéndola presente cada año en la festividad de les «Calderes de Sant Pere Nolasc».

Una herencia ético-moral-festiva que no debemos olvidar los valencianos y que tiene su origen en la baja Edad Media, en definitiva, un puente histórico-cultural entre el Medievo y el siglo XXI, que recordamos el último domingo de enero de cada año. Un regalo para las generaciones futuras.

Dedicamos este artículo a Vicente Pascual Tomás Hernández, estimado y querido clavario que nos ha dejado este año, pero su solidario y entregado trabajo en la cofradía de Sant Pere Nolasc permanece porque es todo un ejemplo a seguir.

Fuente: https://www.levante-emv.com