UNA MUJER DE PRENDAS

ANTONIO GASCÓ, CRONISTA OFICIAL DE CASTELLÓ

El otro día un muy querido amigo, aunque sea de la edad de mi hija mayor, me confesó que estaba saliendo con una muchacha que le estaba haciendo muy feliz. Todavía no había acabado de referirme la noticia, cuando le contesté, aseverando en mis preguntas:

— ¿Es una chica rubia de cabellos lacios muy guapa? ¿Tiene estilo y clase como para parar un tren? ¿Se llama Cristina ? –A todo, cada vez más estupefacto, me contestó que sí.

–Ya te lo ha contado mi hermano, –me argumentó con cierto mohín de disgusto por qué le había chafado la noticia–. Mi respuesta fue negativa, como lo fue también la que le di cuanto me hizo referencia a que lo había podido saber por sus padres. Muy desconcertado estaba, porque, después de su familia, yo era al primero a quien lo había referido.

–Me lo dijiste tú le alegué. Mejor aún me lo dijeron vuestros ojos, cuando me presentaste, hace un par de años, a una buena amiga tuya que, sin duda alguna, me pareció de prendas y, sobre todo, después de cambiar cuatro palabras con ella. En vuestras miradas había música y con título: ¡Fascinación!

–¿De prendas? Refirió no discerniendo bien la frase.

–Sí, de prendas, –respondí–. ¿No sabes lo que significa? Pues mira. Dejar algo en prenda, desde el medievo, significa entregar en manda, un legado, no pecuniario, de mucho valor. Así que tener muchas prendas equivalía a poseer un tesoro. En suma, vivir con una mujer de muchas prendas, es como acopiar una profusa riqueza.

Mi enhorabuena, –concluí–. Que te haga muy feliz, como yo lo fui. H

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