Arxiu diari: 1 d'abril de 2020

HOY COMO AYER

ANTONIO GASCÓ, CRONISTA OFICIAL DE CASTELLÓ

N o hay nada nuevo bajo el sol. Al releer viejos documentos de nuestra historia, uno toma cuenta de que esta situación de horror que estamos viviendo a causa de una pandemia, no es nueva.

En noviembre de 1647, con la peste bubónica rondando la villa de Castelló, se acuerda tapiar todas las puertas de la muralla, a fin de aislarla del contagio, a excepción de la del Agua, donde se pusieron vigilantes que hicieran sobrellevar, a cualquier sospechoso de infección, un periodo de aislamiento en la ermita de la Magdalena. Pero pese a las prevenciones, el mal cruzó las defensas de la localidad, por lo que hubieron de extremarse las medidas sanitarias con la construcción de un hospital de apestados, conocido como la Casa Blanca, que se emplazó bien lejano de la muralla norte, en el área del Pla, donde dos años más tarde, se levantaría una ermita dedicada a San Roque, el Santo pestífugo por excelencia.

Hoy no se conserva este pequeño templo ubicado entonces donde hoy se encuentra la plaza de Teodoro Izquierdo. Allí ejercían su labor, los médicos Miguel Mur y Miguel Birlo, quienes se vieron desbordados en su labor, al extremo de solicitar del consistorio la compra de algunas casas aledañas del Pla, para destinarlas a hospital de convalecientes, a fin de que éstos no estuvieran en contacto con los apestados y pudieran recuperarse mejor. Dos galenos beneméritos de los que la historia se ha olvidado, pero que fueron cardinales para vencer la epidemia, como hoy lo son, asimismo, los heroicos sanitarios que combaten, a riesgo de sus vidas, el malhadado coronavirus. Quede en los anales el reconocimiento a todos por su valerosa entrega.

Fuente: https://www.elperiodicomediterraneo.com

MIÉRCOLES, 1 DE ABRIL. DECIMOCTAVO DÍA. LA GIMNASIA DE ESCRIBIR

FRANCISCO PÉREZ PUCHE, CRONISTA OFICIAL DE VALENCIA

Escribo cuando no tengo otra cosa mejor que hacer. O sea que me paso casi todo el día escribiendo. Es una forma de hacer gimnasia como otra cualquiera. Lo que ocurre es que no sé de qué escribir. Sin embargo, ahí afuera está en marcha una guerra, con demasiados muertos, en la que batallamos contra una curva estadística. Nos hemos hecho especialistas en “el pico”, en “la meseta” y “la bajada”. Nos hemos hecho expertos en interpretar una contabilidad de asombro, a sabiendas de que cuando hay una guerra la primera que muere es la señora Verdad y luego aparece el juego de manos de la estadística.

Tengo una suerte que no conviene olvidar: tengo enfrente el parque del Turia que ahora, tras los chaparrones, está limpio y brillante. Solo se oye a las palomas, un arrullo rítmico y repetido, una llamada no sé si desesperada pero bastante exasperante desde fuera. Dicen los periódicos que esto que pasa es bueno para el asunto de las palomas; que cuando escasee la comida que les da la gente cada día, la comida que se nos cae de las manos por descuido, los animalitos irán a los comederos oficiales — que no sabíamos que existían– donde les estará esperando una dosis de esterilización.

Es posible, no lo sé. En todo caso me pregunto si a los humanos encerrados no nos pasa algo parecido: que vamos a los comederos oficiales, picoteamos lo que nos cuentan y acabamos un poco más adormecidos e incautos, algo más dóciles también.

Ahora hay calma en el parque. No hace viento aunque se esperan nuevas lluvias. Así es que intento imaginar cómo estarán, en este preciso instante, algunos sitios que he visto. La bandera imponente en medio de aquella plaza de ciudad de México, o el café de la Ópera de Viena; la estación Gran Central de Nueva York o las calles empinadas de Albarracín. Todo, me temo, son ahora paisajes vacíos, lugares sin sentido. Vacíos de gente, solitarios, los espacios de las ciudades van siendo tomados por los animales de la vecindad: hay vídeos de piaras de jabalíes, de pumas con cara de apetito, de ciervos mucho menos huidizos…

El periódico dice hoy que el Gobierno está pensando en usar la geolocalización de nuestros teléfonos móviles para comprobar que estamos quietos y tranquilos, en casa como se ha ordenado. Era lo previsible, el primer paso dentro del proceso de pérdida de autonomía y libertades que esta crisis nos va a traer en cuanto nos descuidemos, o sea ya. Con todo, hay un país, no me pregunten cuál, uno que antes estuvo en la Unión Soviética, donde el gobierno ha prohibido la palabra “coronavirus” para dejar las cosas claras desde el primer momento.

Y nada, a continuar. De las ofertas que he recibido en las últimas horas, selecciono unas pocas… No se pierde nada probando.

Fuente: https://fppuche.wordpress.com